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Opinión

Embusteros por vínculo epidemiológico

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Manuel Huerta

05-06-2020

No voy a relatar las inmensa cantidad de mentiras y embustes, sobre todo embustes que no es lo msmo que mentir, del actual gobierno de España porque son motivo a diario de la viralidad de las redes y de los medios independientes, y de todos conocidas. Del Gobierno de España y del autonómico, porque una vez más se demuestran las mentiras de la consellera Barceló, esta vez sacadas a la luz de forma exquisitamente correcta por las Sociedades Científicas (SSCC) que engloba a la Asociación de Profesionales de Atención Continuada-Urgencias C.V. (APACU), la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN) y la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG),, y en la que le recuerdan a la consellera, insisto, con una corrección inmerecida, que falta personal sanitario a pesar que desde hace un mes la titular autonómica de la sanidad valenciana mantiene lo contrario.

Pero el caso de Pedro Sánchez es muy similar al del virus SARS.CoV-2 (COVID-19). Su presencia contagia a todo aquel que tiene alrededor con una virulencia nunca vista en un grupo político, a su vez contaminado ya por miles de ignorantes con anticuerpos de la mentira que les apoyan en las urnas. Porque, aunque el mago de las encuestas del CIS manipule los muestreos siempre en beneficio de su amo, no es menos cierto que el chulapo Sánchez arrastra a una cantidad muy importante de personas, muchas inoculadas del rencor expandido en su día por Zapatero, otras sin un nivel de instrucción mínimo y otras que aceptan el subsidio como sistema de una vida sin metas y sin futuro para sus hijos, pero en la que juegan el papel de sujetos pasivos sin más aspiraciones que la algarada callejera y la caña con aceitunas después.

La pandemia Sánchez afecta de manera especial a todos aquellos que cobran por estar, que no por pensar y trabajar. Mentir es su bandera, un modo de vida al que quieren acostumbrar a cuantos más mejor para perpetuarse en el poder. Es lo primero que aprendemos de pequeños de nuestros padres, a no mentir, algo tremendamente grave cuando se normaliza en un gobierno con ese seguimiento de votos porque conduce a largo plazo al país a convertirse en un estado fallido, generando cada vez más división social. Hay ejemplos tan cercanos como Cuba, Venezuela, Bolivia o Ecuador, con sociedades enfrentadas entre sí, en algunos casos como el de Venezuela, difícilmente reconciliables amistosamente, porque los años de mentiras van dejando un poso muy complicado de limpiar.

España camina en ese sentido y algunos, más embusteros todavía que el jefe, mantienen ensoñaciones de estalinizar la vida de todos los españoles, aprovechando su experiencia universitaria y su verborrea de manual en el adoctrinamiento de personalidades tan inmaduras como son las de jóvenes de entre 17 y 22 años. Claro, por fortuna, el porcentaje ideológico de sus trolas no alcanza siquiera ni a la mitad de ese sesgo de población. Porque esos jóvenes tienen familias que les aclaran los embustes y les provocan el razonamiento.

En una ocasión, con motivo de la inauguración de El Mundo-Valencia, Pedro J. Ramírez les dijo a Eduardo Zaplana y a Rita Barberá que los medios de comunicación deben de llevarse “naturalmente mal” con los gobernantes, máxima aplicable a todo el entramado de poder de hoy en España. Mentir es algo natural, estrategia vendida como propaganda de progreso e igualdad cuando la realidad es que se utiliza como la única posibilidad de permanecer en el Gobierno, precisamente a costa de los ciudadanos, su vida y su futuro, lo que supone un regresismo, que no progresismo, a las peores dictaduras basadas en la dependencia de papá Estado, que te da hoy lo que no puede pagar mañana y lo sabe, aunque entonces la culpa será de Europa, como Castro vendió durante 60 años y sigue vendiendo su hermano hoy respecto de Estados Unidos.

Y esta pandilla de embusteros patológicos, de psicópatas como dice mi amigo y colaborador Vicente Torres, mantiene el foco de la infección en el famoso colchón de la Moncloa y cada día infecta a más y más dirigentes que rechazan la mascarilla de la dignidad. Y si no, que se lo pregunten a Ximo Puig o a la consellera Ana Barceló, que ya juegan con los muertos por coronavirus como el inefable Simón. Cuatro días sin fallecidos en busca de solicitar el cambio de fase hasta que desde el foco de contagio les recetan complicidad para que Madrid no quede aislado en esa fase dos para justificar así el mantenimeinto del estado de alarma y entonces, sin pudor alguno florecen los residentes difuntos de días anteriores, como argumento de “prudencia”. A ver, que eran cinco personas, no sabemos cuantas por día ¿tan díficil era de contabilizar el fallecimeinto de cinco personas en cuatro días? Y encima, víctimas del vínculo epidemiológico de la mentira, defienden su “pulcra” gestión de los datos, cuando ni ellos mismos saben el drama acontecido en las UCI hospitalarias valencianas o en las propias residencias de mayores, cifras que les deberían sonrojar cuanto menos.

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