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Todo incertidumbre en docentes, padres y alumnos para el nuevo curso de septiembre

Colegios cerrados hasta septiembre./Img. twitter
Colegios cerrados hasta septiembre./Img. twitter

Si se consolida lo de “días alternos” como propone Celaá, la medida tendrá consecuencias negativas en el aprendizaje, la conciliación y la organización de los centros 

Lunes, 11 de mayo de 2020

informaValencia.com (A.C./M.H.).-  En su ya habitual “Aló Presidente” del pasado sábado, Sánchez anunció la vuelta a clase en septiembre, aunque en la Fase 2 habrá posibilidad de clase presencial para los alumnos de Bachillerato o FP o para los niños menores de 6 años cuyos padres deban trabajar de forma presencial. Sin embargo y fuera del mensaje vacío de propaganda, no hay plan específico ni consensuado por parte del Ministerio de Educación para el regreso a las aulas en el nuevo curso 20/21.

Algunos pedagogos, docentes y asociaciones de padres consultados por este diario, coinciden en que la declaración de la ministra Celaá respecto a la ocupación al 50 por ciento de las aulas “si no hay más remedio”, obligaría a que una parte de alumnos esté trabajando presencialmente y, otra parte, telemáticamente, lo que representaría una selección de alumnos en toda regla, “algo totalmente ilegal e inviable; no creo que quisiera decir eso, la ministra debería dar la impresión de que se lo está tomando en serio”, apuntaba el filósofo, escritor y experto en Educación, José Antonio Marina en las páginas de ABC.

Consecuencias negativas para los alumnos

Hay estudios y opiniones en las dos direcciones. Un informe de la Universidad de Stanford liderado por el profesor Eric Bettinger señala que combinar la enseñanza presencial y telemática puede redundar en mejores resultados, permite mantener a los estudiantes interesados y les expone a métodos de aprendizaje más beneficiosos.

Sin embargo, otras opiniones de diferentes asociaciones profesionales de la enseñanza dudan de la eficacia de la enseñanza telemática, pero no por sí misma, sino en el caso de que no se plantee de forma correcta. «Hay que hacer una buena programación para dividir la enseñanza presencial y online, no se puede improvisar. He visto lecciones telemáticas de sonrojo, porque no vale con dar una clase y retransmitirla por internet, ya que la velocidad con que se daba la lección en algunos casos era excesiva y sin comprobar que se había entendido», apunta Marina.

En la misma línea se muestra Juan Carlos Jiménez Redondo, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales en la Universidad San Pablo CEU. «Para hacerlo bien telemáticamente hay que tener material, tiene que haber un equipo de diseñadores detrás que determinen cuáles son los mejores materiales a utilizar; hay que construir un sistema que no tenemos posibilidad de montar porque el plazo es solo de dos meses. Si de por sí dar clase de forma presencial es complicado, imagina por la ventanita de un ordenador: han expulsado a una profesora de una plataforma en mitad de una sesión porque en el fondo no dejan de ser niños».

Otra circunstancia importante es el nivel socioeconómico de los estudiantes: «Para aquellos con buenos resultados la formación online les funciona tan bien como la educación presencial. Pero para los rezagados es significativamente peor», apunta Ismael Sanz, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos y exdirector del Instituto Nacional de Evaluación Educativa del Ministerio de Educación, citando un artículo de la revista American Economic Review publicado por docentes de las Universidades de Stanford y Harvard.

Lo mismo apunta otro informe de la Universidad de Michigan, liderado por la profesora Susan Dynarski. «Los de menos recursos sufrirán más. Quien verdaderamente necesita de la escuela no son los buenos estudiantes sino los malos. Cuando los buenos estudios miden el “efecto escuela” concluyen que el porcentaje de éxito o fracaso que se le puede atribuir estrictamente a esta no llega al 40 por ciento, lo que influye es la procedencia socioeconómica», agrega Marina.

El catedrático de Sociología de la Universidad Complutense –y también experto en educación– Mariano Fernández Enguita es menos escéptico respecto a las consecuencias pedagógicas de la vuelta al cole que plantea Celaá: «Hay muchas formas de aprender que no son alinear a los alumnos en veinte pupitres». Por otro lado, la idea de la asistencia escalonada (ir a clase un día sí y un día no) «puede conducir a la imposibilidad de generar hábitos en los alumnos, y que se interesen solo los días que están en clase», apunta Jiménez Redondo.

Los expertos advierten también de la necesidad de la presencia del profesor, sobre todo en las edades tempranas como en Primaria y primer ciclo de la ESO. «En los primeros años necesitan una tutela más cercana. Una cosa es educar cuando se cuenta con la capacidad del niño para tomar decisiones y otra es cuando hay que enseñarles a organizarse; los de Primaria que están en casa van a necesitar la ayuda de los padres y muchos no van a poder», señala Marina.

«Nuestros hijos pequeños ya hacen un esfuerzo increíble para estar una hora delante del ordenador, pero a la hora y media han perdido cualquier contacto, porque tener a una persona hablando o ponerlos a hacer ejercicios mecánicos no deja de ser un juego donde el aprendizaje está ausente», advierte el catedrático Jiménez Redondo. Algo que no comparte Fernández Enguita: «No todo aprendizaje necesita un profesor encima constantemente. Los niños no dejan de aprender aunque no sean dirigidos en el aula, otra cosa es que no sea acompañado».

Aprender por necesidad, no por una decisión administrativa

Además, no augura una generación perdida. «Los niños de la posguerra aprendieron cosas que no aprendió el resto, ¿van a aprender los mismos ríos de España? Probablemente no, pero aprenderán de autonomía, de ayuda mutua, de asumir una realidad». En cualquier caso, Ismael Sanz concluye: «El modelo presencial es irreemplazable, no hay sustituto tecnológico para los docentes. Como señalaba hace unos días el profesor David Deming, de la Universidad de Harvard, el trabajo importante de la enseñanza implica la personalización. La formación online está amortiguando el cierre de los centros, pero no podría sustituir la calidad de la educación presencial, las dos deben complementarse». Sanz insiste, además, en que «sería conveniente que los alumnos se encontrasen a la vuelta de las clases a los mismos profesores, porque son los que mejor saben dónde se encontraba la competencia de cada alumno. La rotación de profesores tiene un efecto negativo», añade citando un estudio de la London School of Economics.

Tanto Marina como Sanz apuestan por una reducción de curriculum: «Japón lo redujo en los últimos años al 30% y Singapur un 33%. Los alumnos de ambos países lideran las pruebas internacionales de competencias», señala Sanz. «El curso que viene tiene que ser especial e irrepetible, debemos integrar a todos los alumnos aunque hayan sacado malas evaluaciones, dedicar los dos primeros meses al repaso, a la adaptación de los retrasos y a ver a quién se puede repescar; una vez pasados esos dos meses se tendrá que decidir quién repite y quién no, y para el resto del curso se deberá reducir el curriculum y refundir los programas», apunta Marina.

Consecuencias negativas para las familias

La conciliación será la primera tarea para la familia. En un escenario en el que haya días en que los niños se queden en casa la pregunta clave es qué harán los padres cuando tengan que ir a trabajar. «Esto tiene muchas connotaciones económicas, los niños solos no pueden estar y los padres no podemos estar en el trabajo y en casa a la vez; habrá familias que no puedan contratar a nadie, o para las que pedir reducciones de jornada no sea posible y ya no podamos trabajar y, por ende, alimentar a nuestros hijos» señala Begoña Ladrón de Guevara, presidenta de la Confederación de Padres de Alumnos (Cofapa), quien es consciente de que «la escuela no es una guardería, pero el proceso de aprendizaje no es lo mismo en una casa que en el colegio con un profesional, que es el docente». «Los problemas de conciliación son absolutos, no podemos llevarlos con los abuelos, tampoco dejarlos solos en casa, ¿qué hacemos? ¿los días alternos que estén en casa nosotros trabajamos de forma alterna y ese día a la empresa se lo paga el Gobierno? No le encuentro una lógica», critica Jiménez Redondo.

Consecuencias para los centros

Fernández Enguita parte de la base de que para llevar adelante los planes de Celaá hay dos imposibles: duplicar plantillas y edificios. «Hay que organizar una enseñanza trimodal: una parte en clase, otra en casa si tiene condiciones y un tercer grupo al que habrá que atender siguiendo la función de custodia y cuidado propia de la escuela y aprovechando comedores, gimnasios… Eso lo tiene que arbitrar cada centro, es tarea de ellos, no tiene que decidirlo la ministra». Así, entran en juego, a juicio de Enguita, voluntarios o personal no docente.

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