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El Fausto de Marlowe

Fausto/JC
Fausto/JC

Marlowe fue asesinado con 29 años. Aunque Goethe no hubiera existido, su Fausto habría alcanzado igualmente la fama que el tiempo no ha sabido ensombrecer

Domingo, 03 de mayo de 2020

Javier Caravaca (@Caravacajavi).-  En 1587, en Alemania se publicó el Faustbuch, anónimo, tan exitoso que llegó a producir veintidós ediciones en muy pocos años. El título completo lo traduzco como Historia del Dr. Juan Fausto, celebérrimo mago y nigromante. No era una obra de ficción, el tal Fausto fue un bandarra de tomo y lomo cuyas locuras sembraron de leyendas los primeros años del s. XV. Se conoce que gustaba el personaje, pues en 1599, Widmann publicó otro Fausto ampliando el original. La leyenda se extendió hasta que en 1674 Pfitzer puso a la venta un gran volumen sobre el mito. Un ejemplar de este libro, que había en la biblioteca del duque de Weimar, fue el que cogió prestado Goethe para elevarlo a la categoría de arte, esta vez sí como una obra de ficción. Pero no obstante, Goethe ya había leído un drama inglés que se titulaba La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto. Lo había escrito un joven de 28 años llamado Christopher Marlowe en 1592, cuando quedó enamorado del personaje de la obra anónima primigenia.

Marlowe escribió siete dramas entre los veintitrés y los veintinueve años, cuando se supone fue asesinado. Su talento era tal que, aunque Goethe no hubiera existido, su Fausto habría alcanzado igualmente la fama que el tiempo no ha sabido ensombrecer. Merece la pena sumergirse unas horas en su tragedia y descubrir el nacimiento literario de uno de los personajes más atractivos de la historia.

Marlowe define a Fausto con pinceladas muy precisas, el sabio que lo ha estudiado todo:

“pero aspira al límite de todas las artes

y vive y muere en las obras de Aristóteles.”

El sabio que ha superado ya toda filosofía y ha arañado también las entrañas de la medicina, y que con una cita en latín nos ayuda a entender su profundo conocimiento:

“porque ubi desinit philosophus, ibi incipit medicus.”

Esto es, que donde termina el filósofo, ahí empieza el médico. Hastiado ya de toda ciencia, el sabio solo encuentra en la nigromancia la ilusión para seguir con vida:

“La Filosofía es odiosa y oscura;

las Leyes, como la Física, son para cerebros escasos;

la Teología es la más rastrera de las tres,

tediosa, ceñuda, despreciable y vil.”

Poco más necesita Marlowe para perfilar el personaje. Pronto le toca el turno a Mefistófeles, ese atractivo demonio que el autor describe mediante un breve diálogo, anticipando un camino sugerente de revelaciones:

“FAUSTO: ¿Y qué sois los que vivís con Lucifer?

MEFISTÓFELES: Espíritus desventurados que con Lucifer caímos,

que con Lucifer conspiramos contra Dios

y con Lucifer por siempre estamos condenados.

F: ¿Dónde estáis condenados?

M: En el infierno.

F: ¿Cómo es entonces que ahora no estás en el infierno?

M: No, no estoy fuera de él, esto es el infierno.”

La trama no es maravillosa, pero lo difícil ya está hecho: la creación de dos personajes literarios inolvidables. Después de graciosas aventuras, el lector desea conocer el final de ese alma embargada, el momento de la caída definitiva. Antes de desaparecer, Fausto nos deja alguna cita para pensar:

“Silencio, pues, que en las palabras está el peligro.”

Pero Fausto, aun sumido en su maldad, disuelto en su sabia soberbia, antes de morir busca la redención con una ternura magistral. Marlowe remata el perfil del personaje aportándole la humanidad que solo el amor tiene:

“Déjame, fiel servidor, que pida una cosa más

y cumple los deseos de mi ávido corazón:

que pueda yo poseer a esa celestial Helena

que acabo de contemplar, para que sus dulces brazos

extingan de raíz esas ideas mías

que tanto me apartan de mi juramento

y mantenga yo la promesa que hice a Lucifer.”

Lo hace de forma compleja, pues pudiera parecer que en los brazos de Helena se condena. Marlowe deja caer así en nuestra imaginación una lluvia de imágenes hermosas y contradictorias, sugiriendo el arcoíris en medio de la tormenta. Pero no hay duda que quepa, es amor del bueno:

“¿Es este el rostro que dio impulso a mil navíos

y puso fuego a las altas torres de Troya?

¡Dulce Helena, dame en un beso la inmortalidad!”

Qué más necesita un hombre. Nada más. Besar y despedirse del mundo. No sin antes preguntarse lo mismo que aún resuena en nuestra conciencia, ese drama que nunca sabremos resolver:

“¿Por qué no fui una criatura sin alma?

¿O por qué ha de ser inmortal la que tengo?”

Morir y desaparecer. Quizá sea esa la única escapatoria. O morir y volver a empezar, del mismo modo, eternamente. Quizá la única esperanza.

*La edición de Cátedra en español es una de las mejores.

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