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Opinión

Coronavirus y Dios

Img. A G-T P, facebook

Antonio Gil-Terrón Puchades

21-03-2020

Si Dios existe – y para mí existe – por qué permite el dolor en el mundo.

Soy una persona creyente, pero no por ello me libro de mi ración de dolor; lo único que al comprenderlo, darle sentido y aceptarlo, duele menos.

En cualquier caso el no ser creyente no te libra en absoluto de las cruces que forman parte de la vida, y con las que tienes que cargar sí o sí.

Qué bonito sería el poder decir “como no creo en la redención de las culpas a través de la cruz, pues me libro de la cruz”… Pues lo siento pero va a ser que no, porque la cruz o la coges voluntariamente, o te cae en la cabeza, pero de la cruz no se libra nadie.

La doctrina de la Iglesia suele recurrir al Pecado Original para explicar, que por éste vino el dolor y la muerte. Otros teólogos, más “intelectuales”, nos contarán que es un “misterio”, y se quedarán tan a gusto.

Por otro lado, los ateos utilizarán el tema del dolor como caballo de batalla a la hora de intentar demostrar que Dios no existe, basándose en el terrible sufrimiento que aflige a una gran parte de la Humanidad, que es incongruente con la visión que se ha dado de un Dios Todopoderoso, Padre de Amor y Misericordia. Claro que este razonamiento ateo, llevado a sus últimas consecuencias, lo único que podría demostrar – que tampoco lo hace – es que Dios no nos ama, pero no que no existe.

Un servidor, por su parte, intenta buscar una explicación más lógica que la de achacar, cándidamente, todos los males que padece la Humanidad, al pecado de una mujer que, siendo tentada, comió fruta de un árbol prohibido, haciendo participe de la infracción a su compañero. Tampoco voy a salir diciendo que es un misterio muy misterioso en el que hay que creer, y punto pelota.

Intentaré encontrar una explicación lógica, corta y comprensible; porque si para explicar el problema, tengo que escribir un libro, mal empezamos. Veamos si soy capaz de hacerlo sin extenderme demasiado.

La primera experiencia traumática que mi memoria recuerda, aconteció durante mi primer día de colegio, o mejor dicho de parvulario. Ese día conocí la angustia, la desesperación y el dolor psíquico.

Tendría yo, por aquel entonces, cinco años de edad. Mi madre me llevó de la mano hasta un siniestro edificio regentado por unas monjitas, y me “abandonó” durante tres terribles horas. Recuerdo perfectamente cómo, mientras lloraba y pataleaba hasta la apnea, cavilaba el por qué mis padres me hacían “eso”, llegando a pensar que no me querían.

Consumido por la impotencia, lloré hasta el vómito, terminando los restos de mi infantil desayuno desperdigados por el suelo del recinto.

Posteriormente, a la hora de salida, mi madre me explicó que todo era por mi bien. ¿Por mi bien? ¡Leches! – pensé yo -. Mi padre, a su vez, intentó explicarme que, aunque no lo entendiese, era preciso ir al colegio para poder ser el día de mañana “un hombre de provecho”. Lo cierto es que no entendía nada de nada, y en mi pueril mente la única explicación que venía a mí cabeza era que mis padres no me querían y provocaban mi sufrimiento, poco menos que por capricho o divertimento.

Al año siguiente me matricularon en los padres Escolapios y a partir de ese momento, comencé a conocer la sabiduría que encierra la frase: “no hay situación mala que no sea perfectamente empeorable”.

Por no hacerlo largo, tan solo diré que mi ingreso en aquel edificio, que se me antojaba como el castillo del conde Drácula, coincidió con los últimos estertores de un sistema educativo, basado en el científico principio de que “la letra con sangre entra”. Lo de las monjitas fue un paraíso de gratísimo recuerdo, al lado de los años de pesadilla que habrían de venir.

No fue hasta que comencé a aproximarme al uso de la razón, cuando empecé a comprender lo mucho que me querían mis padres y que – tal y como me habían repetido desde mi más tierna infancia – ese sufrimiento era necesario y por mi bien.

Lo cierto es que de mi pequeño y trivial mundo con sus “terribles” e incomprensibles dramas, al mundo de mis padres, había un abismo y, por mucho que me explicarán, nada iba a entender.

Tan solo con el transcurrir de los años llegaría a captar lo mucho que mis padres me amaban, amén de que mi crecimiento y formación como persona pasaba necesariamente por el esfuerzo, el sacrificio y – en ocasiones – también por el dolor.

Si creemos en la inmortalidad del alma y que somos nosotros quienes escribimos, día a día, su eterno destino; si dejamos de tener una visión de boina y campanario sobre nuestra existencia terrena, y en la noche miramos con esperanza y fascinación, la infinitud del Universo, tal vez comencemos a intuir el largo camino que nos resta aún por recorrer. Tal vez, el que no seamos capaces de comprender el sentido del dolor en nuestro mundo, sea debido a nuestra propia inmadurez espiritual.

Si entre las mentes de los niños y sus padres hay un abismo que las separa, qué no habrá entre las nuestras y la de Dios; y perdón por el antropoteísmo. El problema es que pretendemos, frívolamente, juzgar al Todopoderoso, con baremos humanos, como si se tratase de un vulgar hombre de la calle, y las cosas – afortunadamente – no funcionan así.

Del mismo modo que cuando era un niño, algo me decía en mi interior que mis padres me amaban, a pesar de enviarme al “suplicio” del colegio, algo en lo más profundo de mi ser, me hace confiar ciegamente en Dios como Padre que nos ama y desea lo mejor para todos, aun cuando el Mundo esté inundado de aparentes injusticias que escapan a nuestro limitado entendimiento, y no me cuadran para nada, con la imagen de bondad que de Dios tengo forjada en mi corazón y en mi mente.

Dios es Todopoderoso, pero no un tramposo que se salta caprichosamente sus propias reglas y concesiones. Si decimos que Dios otorga a la humanidad el don del libre albedrío, y al mismo tiempo estamos reclamándole un intervencionismo diario en nuestras vidas, realmente es que no sabemos lo que decimos.

Quienes acusan a Dios de permitir el dolor en el mundo, siendo Todopoderoso como es, es porque no han leído la Pasión, Muerte, y Resurrección de Jesucristo Hijo de Dios; y si la han leído, humildemente opino que no se han enterado de nada.

Enlace número de infectados y fallecidos en el mundo, por países y en tiempo real:
https://tv.libertaddigital.com/…/siga-aqui-en-tiempo-real-e…

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