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Cultura RELATOS

Buril

FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

Soy algo así como el portón de la fortaleza y tú, algo así como el ariete que me tiene y me puede…

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

BURIL

Todos atesoramos un verano bonito, una canción que nos habla al oído, un amor que no pasa y un libro en el que te has reconocido. Porque vivir es eso, coleccionar habilidades y saberes inútiles que te hacen ver luz al final del túnel, ese lugar incierto e incómodo en el que campan a sus anchas las decisiones equivocadas. No seré yo el que diga que hay que pensarse las cosas dos veces, porque soy puro impulso y tozudez, pero coño, antes de tirarse a la piscina, miren si hay agua primero, no vaya a ser. A veces, desde lo alto del trampolín, el sol te regala iridiscencias malditas que nunca son fluido cálido y cristalino. Con los dientes contra el bordillo, quién es el guapo que sale garboso de un salto fallido…

– Lo siento, lo siento, lo siento… – Te tiras a mi cuello en busca de un perdón que ya tenías desde que cruzaste el umbral de mi puerta – Me lié. Mira qué horas. Mira cómo vengo…

– No te esperaba antes… – Sonrío, chasco la lengua y te cojo el paraguas – Espero que no hayas cenado, porque acabo de hacer tortilla para dos…

– ¿Tortilla…? – Otro abrazo, ahora con saltito y emoción – Recuérdame que cuando esté hasta las pelotas de los imbéciles, me enamore de ti.

Y como en las pelis medievales, esas de castillos y poternas infranqueables que hay que derribarlas a golpe de tronco y valentía, aguanto el embiste sin moverme. Soy el portón de la fortaleza, tú el ariete que me tiene y me puede. En otro momento en el que perderte no fuese moneda de cambio, te sellaría la boca con deseos cumplidos. Pero sé, porque estoy colgado por ti pero no soy gilipollas, que no es mi momento. Yo soy el que te espera hasta la deshora, el que recompone las piezas del mosaico de tu desamor desmedido, el que te cede su lado bueno de la cama, porque basta que tú estés en ella, para que no haya uno malo. Yo soy el que hace tortilla de madrugada, pensando que seguro que cuando llegues, porque llegarás, lo harás con hambre y ganas de colito. Soy lo que esperas de mí sin pretenderlo, porque tú eres para mí esa hermosa prioridad a la que no estás acostumbrada. Y así me va, ya ves, sabiendo que siempre vuelves conmigo, pero no a mí, no sé si me explico.

– Edu, mi vida es una mierda. Tenemos que hacer algo con la tuya antes de que acabemos yendo al bingo a gastarnos la pensión en cartones y gintonics… – Te tiras en el sofá mientras te deshaces del jersey, el jean y los zapatos empapados. Pura comodidad doméstica. No puedo mirarte. Yo me muero, me cago en mi suerte…

– A mí, personalmente, ir al bingo con la jubilada cachonda, me seduce un montón… – Pongo la tortilla en la mesita, quitando tu ropa de encima.

– Aprovéchate de mi juventud, porque creo que voy a ser una vieja de dientes pintados de carmín… – Te ríes y haces señal de victoria. Sentada estilo indio en el sofá, me pides que tome asiento a tu lado, mientras empiezas a comer.

– Quema… – Advierto.

– Yaaaahhh… – Confirmas.

– Haces una tortilla que recompone la vida… – Pones los ojos en blanco y suspiras – No sé a qué esperas para hacer feliz a alguien…

Y en ese momento, cualquier kamikaze vería la ocasión. Cualquiera que no tuviese miedo a la muerte, a mí la Legión, cuerpo a tierra, sálvense quien pueda. Pero yo te miro, delirante y enloquecido, sabiendo que cualquier cosa que diga, puede hacer que esta intimidad tan de andar por casa se acabe porque uno de los dos no entiende las reglas del juego. A estas alturas, tú sabes que me gustas. Que me gustas tanto como para tenerte en bragas en mi salón y jugar a que no me pones nada, salvo que tú me lo pidas. Esa tiranía hormonal que es ser hombre y que te vean como un amigo, ya tú me dices cómo coño se puede llevar con dignidad sin arder. Comes con voracidad y entrega. Como todo en ti, pasión en lo que haces, sea lo que sea. Hagas lo que hagas. No es por ponerme paranoico, pero si sigo mirándote, lo mismo tengo que pedirte que te vistas…

– Hay más, Sandra, no te quedes con hambre… – Te digo mientras me incorporo para darte algo seco que ponerte.

– Edu, me quedo a dormir: ¿te importa? – Me miras como un gatito buscando cobijo.

– ¿Que si me importa…? – Sonrío y me meso el pelo. A veces la vida parece que se ríe en mi hocico – ¿Tengo cara de que me importe o qué?

– No, tienes cara de querer decirme algo… – Te conviertes en un huevito, recogiendo tus piernas con los brazos. Eres una bolita, un enredo de piel temeraria que me vuelve loco. De atar me vuelves.

– No tires el sedal si no quieres que muerda el anzuelo…

Me apoyo en la puerta del salón y te miro. Hoy no es como otras veces en las que seguro un cojín acabaría en mi cara, acompañado de un ‘boh, mira que eres idiota tú’. Hoy tu ironía no deja mis intenciones en chiste fácil. Solo me miras, con la cara protegida por tus rodillas, a la espera de qué sé yo. A ver, no soy un incauto, no es la primera vez que estamos en una situación semejante en la que parece que sí, pero después es no: la cosa propia de un chico y una chica que podrían pasar la noche juntos sin más complicaciones. Y ese es el problema, que contigo y conmigo, la movida sexo y amistad, siempre sería una complicación tope de gama, porque uno de los dos seguro que no pilla el juego, sabroso carambur. Y ese uno, soy yo.

Paso de líos.

Paso de perderte.

Paso de apostarlo todo a estar dentro de ti un rato y después ‘a ver cómo te lo explico, Edu, esto no cambia nada’. Habla por ti, nena, habla por ti…

– ¿Por qué nunca acabamos este conversación, Edu…? – Me preguntas, recogiéndote el pelo en un improvisado moño que aun te hace más adictiva. Venga, dale, todas las armas a la calle, a ver si muero de un infarto en 3, 2, 1.

– Porque creo que ninguno de los dos está capacitado para asumir las consecuencias… – Arqueo las cejas, me mojo los labios y ladeo la cabeza.

– Edu, pensarlo todo tanto deja el tablero sin opciones… – Te ríes. Intuyo que de mí, no de la situación, porque tú y yo, amor, somos tan distintos que no podemos serlo más. Entendernos como nos entendemos es un milagro inexplicable.

– En este tablero, uno juega con figuras nobles y el otro con peones. No hace falta decirte de qué lado estamos los perdedores…

Ya en la habitación, abro y cierro cajones, buscando una muda seca que dejarte y, de paso, el valor que necesito para experimentar la sensación de vacío. Como funambulista por cable pero sin red, frecuentar la línea sinuosa que separa el querer del desear, contigo es una lucha constante. No tienes que hacer nada, no tienes que esforzarte ni lo más mínimo para despertar la parte de mí que no frecuento, esa parte en la que imaginarte en mi cama, sin más abrigo que el mío, es un déjà vu nunca vivido. Arenas movedizas, tobogán al infinito, esa velocidad luminosa a la que viajan los besos que nunca te he dado.

– ¿Qué haces…? – Irrumpes en la habitación sin que tus pasos me adviertan de que el peligro ha roto la cuarentena, pi, pi, pi,piiiiii.

– Busco algo que dejarte para que no te mueras de frío… – No te miro, si lo hago, la movida esa del estatua de sal 2.0, here I am.

– No tengo frío… – Te sientas en la cama. En M-I cama, ahora tan Pompeya con su Vesubio en plenos fuegos de artificio.

– Pero lo tendrás… – Te acerco una sudadera. Me la devuelves – ¿No te gusta?

– Ya lo creo que me gusta… – Te ríes, maliciosa – Pero no quiero vestirme.

Silencio.

S
I
L
E
N
C
I
O

Shhhhhhhhhhhhhhh.

– Ven… – Me dices, tirando de mí hacia ti.

– Sandra, este juego contigo es letal… – Me dejo ir, porque no hacerlo sería de gilipollas, de memos, de necios, de estúpidos de solemnidad. De cobardes…

– ¿A qué tienes tanto miedo, Edu…? – Me acaricias el pelo, hablándome sobre los labios.

– ¿Alguna vez se te ha caído un helado al suelo cuando estabas punto de llegar al chocolate del final del cucurucho…? – Hueles a rico. A tan rico. Sabes a rico. A tan rico. Ahora mismo, doy positivo en cualquier droga alucinógena.

– Ahá… – Asientes, mimosa, buscando calor en mi cuello.

– Pues tú eres el chocolate del final del cucurucho que ya casi tienes en la boca cuando se precipita al vacío… – Te cojo de la cintura, apretándote contra mí. Así llegase el fin del mundo, Sandra, con sus clarines, sus querubines y sus fanfarrias, a mí que me pille tan sobre ti y contigo.

– Hablas tanto, idiota…

Te ríes. Te ríes nerviosa e incandescente, eso tan tuyo que me desarma y me posee. Alguien me dijo una vez conviene perder la cabeza por lo menos una vez en la vida. Por lo que sea. Pero perderla. Necesito que tú seas esa vez. Sé que nada en ti tiene certeza ni estabilidad, que seguramente, de los dos, tú seas la que mejor se mueva en la idea de que el sexo interespecies, Diosa y mortal, sea un plan de divertido para una noche de miércoles cualquiera. Seguramente, de los dos, yo sea el que más claro tenga que de aquí salgo con pupa sin derecho a cicatriz. Perder la cabeza por lo menos una vez en la vida. Sandra, disculpa si al hacerlo no echo miguitas en el camino para recordar el sendero de vuelta…

– Mañana nos vamos a arrepentir de esto, ¿lo sabes, no…? – Te digo, sin dejar de comerte la boca con hambre demás.

– El miedo a vivir te va a dejar sin ganas, Edu…

Te quitas la camiseta. Me quitas la camiseta. Piel con piel, ya no hay donde esconder lo que arde. Y como esas primeras veces en las que no sabes qué hacer ni qué tocar porque es tanto lo que aprieta como lo que asusta, acaricio tu cuerpo como imaginé hacerlo durante todo este tiempo. Nada hay en ti que no conozca, porque para mis manos eres como un plano de ubicación, está usted aquí. La diferencia entre ayer y hoy es que ayer tocaba ahogando sentimiento, y hoy toco incendiando temores y miedos. Sea lo que sea que tenga que ser, que sea, Sandra, porque más vale haber vivido que morir sin haber sentido algo parecido. En ti, nada de mí tiene control ni sentido. Colosal partida de pinball a ciegas que cada vez que toco resorte, oigo puntuación doble, campanillas de limbo y delirio. Te sujeto las manos con fuerza, queriendo retener tus ganas en mi ombligo. No sé si te lo había dicho, pero de todos los peligros, tu boca es mi zona cero favorita. Buril y escoplo, cincel y martillito, todo en ti, Sandra, es artesanato y tino. No es que esté colgado, amor, es que sin ti ya no vivo.

– ¿Y ahora qué…? – Dejo caer mi cabeza en medio de tu pecho, aun sudando ganas y delito.

– Ahora abrazo, un Colacao y un besito…

Si la vida no puede ser jodidamente maravillosa, que venga alguien y me diga…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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