Cultura RELATOS

Ónice

FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez
FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

… imaginar que algún día, mi pie izquierdo iba a lucir soltería, cojo de mi pie derecho, después de tanto amor, de tanto amor y bulería

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

ÓNICE

A veces, el tiempo se mide en ganas y en ausencias. A veces, el tiempo no tiene medida, porque cuando tú no estás, todo se para, como si vivir fuese un acto involuntario en el que nada depende de mí, nada me pertenece, salvo esta sensación extraña de ir tirando sin pedirme permiso. No sé si esto será ya una forma de relacionarme con el medio o es que el medio ya me importa una soberana mierda. Lo único que sé a ciencia cierta es que de este acantilado de culpas, de miedos y soledades, no salgo vivo. Disculpa si una vez más, te echo la culpa de ser tan mía…

– Me tienes muy segura tú… – Te ríes mientras acaricias mi pelo como tantas otras veces. Esa habilidad tan tuya de desconectar mi mundo a tu antojo.

– No es eso, Jimena. Es solo que me cuesta pensar que puedas besar a alguien que no sea yo… – Levanto los dedos en señal de victoria, esa extraña simbiosis entre lo irónico y lo que está de ser.

Y dije verdad. Pero verdad máxima y única. Porque pensar que tus labios podían provocar mareas y tempestades en otro cuerpo que no fuese el mío, me costaba tanto como imaginar que algún día, mi pie izquierdo iba a lucir soltería, cojo de mi pie derecho, después de tanto amor, de tanto amor y bulería. Pero el guión de la vida es tan cabrón, que pasas por alto avisos de entrega, mensajes cifrados que, a poco que lo pienses a hostión pasado, dices igual ahí ya el faro estaba dando destellos. Igual ahí, la estación espacial MIR veía la muralla china y tus intenciones. Igual ahí, las chirigotas de Cádiz ya estaban haciendo comparsa y rimas con mi condición de imbécil, siempre el último en esperárselo. Y como cuando te levantas de la cama, medio dormido o dormido entero, y te das con el meñique del pie contra la esquina de la mesilla, tu ‘Marcos, tenemos que hablar’ me pilló a corazón abierto. No es que esto no pudiera pasar, amor, es solo que nunca es verdad que guerra avisada no mata soldado…

– ¿Y puedo saber quién es…? – Me ayudo de las manos para no meter la cabeza entre las piernas. Algo en mi cuello no funciona, todo yo doblegado al dolor intenso de saber que te pierdo. La pena, ese pesado collar de ónice y porqués.

– Qué cambiaría eso, Marcos… – Me acaricias el pelo tan como siempre, que esta cotidianeidad tan nuestra, acaba de romperme sin remedio. Soy un vaso de Duralex contra el suelo. Añicos de mí, pero ya nunca más yo.

– Nada, es solo que mi dolor necesita un nombre para odiar… – Te miro. Quizá no te miro. Solo fijo mi mirada en ti, buscando un lugar en el que llorar a gusto.

– Ódiame a mí, que soy la que te he fallado…

Veo como te levantas y empiezas a recoger tus cosas. Y como una de una película fulera se tratase, me dan ganas de coger el mando de la tele y ver qué ponen en otros canales, que las escenas tristes me ponen el cuerpo malo. Pero no puedo, porque este culebrón de mierda es mi vida. Este culebrón de mierda soy yo viendo cómo se va al carajo mi vida. Este culebrón de mierda es mi vida sin ti. Si esto no es una broma macabra, a mí ya me dices, si eso. Doblas jerséis, pantalones, leggins, camisas, faldas y sujetadores. Te observo en silencio, buscando fuerzas para decir algo que te haga recordar por qué un día dejamos de ser dos para ser uno. Algo que te encienda de nuevo el piloto de las cosas que merecen la pena, ese que un día cuando nos encontramos por casualidad, alumbraba como un cuásar, energía electromagnética, radiofrecuencia y pasión visible.

– Jimena… – Te rodeo con los brazos. No te sujeto. No te retengo. No impido que te vayas. Te rodeo, porque ello implica que aun estás en mi espacio aéreo, en mi zona de confort.

– Marcos… – No intentas desenmarañarte de la jaula de mirlos que he improvisado para ti. Te dejas estar, porque algo queda de aquel Taj MahaL que un día levanté para ti.

– No te vayas… – Pego mis labios a tu pelo. Puedo olerme todavía en ti, porque en esa piel aun hay vida compartida. Me mareo. Esto es como estar girando en un carrusel a toda hostia, qué burrada.

– No puedo quedarme, ¿no lo entiendes? – Echas la cabeza hacia atrás, dejando caer tu melena en mi hombro – No se puede nadar en dos mares a la vez.

– ¡Al carajo los mares, Jimena…! Podemos arreglarlo. Dime que podemos. Dime que podemos. Por favor, dímelo… – El hilo de voz que me queda suena a reo de corredor de la muerte: jugador de chica, a tomar por culo la partida de Mus.

– Cuando has libado de lo mejor, los parches siempre ceden, amor…

Y me besas. Eres tú. Soy yo. Pero tu beso no me sabe a nosotros. Ese gusto a plomo y munición que tiene la derrota es inconfundible. Yo, que no quise entender a lo que te referías cuando, entre risas, me decías que te tenía segura. Yo, que cuando tú pedías atención y cortejo, coreaba distraído creo que mi padre es un elfo, sí lo es, sí lo es. Yo, que di por hecho que tu amor era un estado civil, casilla con cuño propio, válido en todos los países de la Comunidad Europea. Yo, que de cuando en vez te olvidaba un rato en brazos de otra, no vaya a ser que te estés pillando, Marcos, que eres muy joven para amar así sin alas. Yo, que imaginé que todo estaba bien, porque yo lo estaba. Yo, siempre yo y nunca tú. Y así me va, Jimena. Así me va. Me cago en mi vida entera desde el día que nací. Qué ciego fui. Ya lo creo que sí.

– Deshazte de mi número de móvil. Quema mis fotos y vende mis regalos en Wallapop… – Te ríes y lloras, así, emociones hacinadas, haciendo cola para tener su momento de gloria.

– No valdría de nada, porque a ti, aquí te llevo yo…

En el corazón. Aurícula y ventrículo, cada uno con sus cosas y sus cositas, pero en ambos, la melodía remite a tu nombre. Jimena, mi deliciosa Jimena. Y tan deliciosa. Y tan Jimena, pero ya nunca más mía. Te abrazo a todo lo que me da el cuerpo y la vida, porque sé que en cuanto cruces la puerta, tu mundo y el mío dejarán de girar en el mismo sentido, con la misma inclinación, bajo el influjo de idéntico calentamiento global. En cuanto salgas por la puerta, todo lo mío que valía la pena habrá saltado por los aires. Ya no habrá mañanas de besos de buenos días, ni buenos días por tus besos. No habrá miles de perfumes, ni cremas en el baño, porque tu piel ya no será mi lienzo de cada día. Tu lado del armario, tan huérfano de bolsos, de foulares, de camisetas de dormir, de vestidos brillantes, que solo cobran dimensión y belleza contigo dentro.

Tu lado de la cama.

Tu lado de la cama.

Tu lado de la cama, que aun huele a ti. Respirar es una condición complicada cuando las pupas duelen. Y la mías, duelen a tu recuerdo abierto.

– ¿Sabes qué, Marcos? Voy a borrar yo tu número, porque creo que si no lo hago, acabaré llorándote al oído lo mucho que te echo de menos… – Veo como coges el móvil. Interpongo mi mano.

– ¡Hazlo, por favor! Échame de menos y házmelo saber… – Te vuelvo a abrazar – Jimena, t-e q-u-i-e-r-o…

Te quedas mirando para mí, con los ojos embaucados en lágrimas. Sacudes la cabeza y chascas la lengua. Te quiero, musitas. Te quiero, vuelves a musitar…

– Hubiese sido una gran idea hacérmelo sentir antes… -Tocado y hundido. Tenemos un cadáver con herida de alma blanca, amor sin pulir, atravesado el corazón de lado a lado. ¡Zas…!

Tus pasos por el rellano. La puerta del ascensor. Mi vida pasando frente a mí y yo tan muerto de por vida. The end. No olviden sus pertenencias al salir. Se ruega depositen en las urnas habilitadas su encuesta de satisfacción debidamente cumplimentada. Adjunten su mail para próximas promociones. Esperamos la película haya sido de su agrado.

De esto hace ya un año. Un año de no llamadas, de no mensajes, de no contacto, de no sentirme bien ni planeándolo. Sal con la mejor amiga de mi hermana Luisa, me dicen, que está cachonda que te cagas y es superdivertida. No hay pena que cien años dure, dice mi primo. Y mi madre, que me ve delgado y con los mismos pantalones toda la semana. O todo el mes, dice, que hay más gamas que los oscuros, Marquitos, hay más colores. Todo en mí es luctuoso y de difuntos, porque desde que tú te fuiste, soy como las pinturas de la etapa negra de Goya. A mí ya las alegrías hay que explicármelas con prospecto, como los medicamentos. Siempre me faltan agallas y dos copas para mandarte un mensaje. Hoy, solo me faltan agallas: ¿y a ti…? Dime algo, por favor. Dime algo, aunque sea para ir tirando…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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