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Opinión

La silla vacía

Img. Rosa Muriel

Rosa Muriel / ASÍ ES LA VIDA

23-12-2019

La persona que está lejos, la que la vida llevó por otro camino, la que eligió no estar, la que se enemistó, la que se llevó la muerte. Sillas vacías que, aunque no las ocupa nadie físicamente, en estas fechas nos acompañan para trasladar el sufrimiento al momento presente.Un sufrimiento que manteníamos anestesiado, dormido por la cotidianidad de la vida.

Y sí, las sillas vacías duelen, llenan nuestros ojos de lágrimas, nuestra alma de dolor y de abrazos contenidos que se quedan sin cuerpos a los que agarrar. Duelen, sí.

Pero hay en las sillas vacías un espacio que abrazar, que aceptar y que nombrar sin recelo porque no podemos olvidarnos de que, aunque podemos llorar por las vacías, las ocupadas se merecen nuestra sonrisa y nuestra atención.

La Navidad es una contradicción en sí misma; la magia que genera compartir momentos y reencontrarnos choca de golpe, nos hacen sentir las ausencias, el anhelo de la persona fallecida o el resquemor por una silla vacía elegida o provocada por los desencuentros del año.

No podemos obviar que hay sillas vacías, pero tampoco que hay sillas ocupadas, llenas de presencia y de amor. Probablemente no todas las sillas ocupadas nos brinden bienestar, pero eso no debe restar valor a la posibilidad de disfrutar de las sillas que nos agradan. Recordemos que la vida, por definición, nos separará en algún momento de las sillas que hoy adoramos y de los años que han pasado.

Así que en estas fechas, señaladas para algunos y relegadas para otros, no podemos olvidarnos de brindar por todo aquello que se nos ofrece. Porque siempre es bueno levantar la copa y agradecer que nuestro corazón siga latiendo. Dando paz a las sillas ocupadas y recordando buenos tiempos en los que las sillas vacías estaban entre nosotros.

Abrazar, sonreír a las sillas vacías.

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