En tus nubes de miel

Manuel Huerta / CARTAS AMARILLAS

Marzo 2004

De repente comenzó a nevar, lo esperábamos. Ambos nos quedamos mirando por la ventana, en silencio, exhortos, con un entusiasmo interior no exteriorizado pero muy reconfortante. Aquel bucólico paisaje nos envolvía en una atmósfera amable, cercana, pura. Era el momento deseado, lo que buscábamos aquel fin de semana. Mi brazo rodeó su cintura y ella apretó mi mano. Nos miramos, nos besamos lentamente, con la pasión de nuestros mejores momentos. Ambos supimos que la angustia de pensar que todo se rompía poco a poco a nuestro alrededor había terminado. No hacían falta las palabras porque aquel amor volvía a inundar nuestros corazones.

Con aquellas miradas nos pedíamos perdón el uno al otro y nos sumergíamos otra vez, profundamente esta vez, en nuestro mundo único, inviolable, verdadero. Sus ojos volvían a ser los de la sincera felicidad y atrás quedaban aquellos siete días de congelada relación, de aquella indeseable situación que habíamos generado sin querer, vencidos por las palabras interesadas de otros. Nada de eso queríamos, lo sabíamos y nos íbamos a aislar de toda aquella miseria. Bastaron aquellas miradas, las de cuándo fuimos a la despedida de Amparo Gallardo tantos años antes, las de la estación del Norte cuándo partía aquel tren militar, las de la habitación del Consuelo con Héctor entre sus brazos… Bastó el amor para volver a desnudar nuestras almas y dárnoslas en propiedad el uno al otro. Así nos habíamos educado, así lo deseábamos y así lo hicimos.

Aquel sábado, sin darnos cuenta, desprendíamos una luz que los lugareños más cercanos no tardaron en descubrir. Seguía nevando y quisimos recorrer aquellos pinares que tanto nos gustaban. Pero la ruta duró poco tiempo. Pudo más el deseo incontenible de cobrar la deuda de los días perdidos en regaños inútiles. Y de nuevo nos adentramos en la única verdad, nuestra verdad entregada a la pasión. La piel pareció tornarse en terciopelo, recorrida con la dulzura de los sentidos carnales, entre las nubes de miel de aquel cuerpo maltratado por la medicina y el vigor que siempre supo despertar la líbido y hasta la lujuria.

Por tercera vez en pocos años habíamos vuelto a vencer a la vida, desterrando lo imposible y levantando muros en torno a la pureza de nuestros sentimientos, interpretando aquel estado natural desde la calma y la paciencia que concede el tiempo para con los nuestros, ignorando la osadía de quienes no creyeran en nuestra relación e ilusionados por el último camino que nos tocaba emprender, juntos, casi solos, pero a buen seguro repleto de nuevas alegrías infantiles.

Pero Dios dispuso otro destino, lleno de lágrimas, inmenso de soledad y vacío de esperanza. Sólo queda la Fe y el amor eterno, grabado a fuego en mi corazón por sus últimas palabras… “No nos merecemos esto, no te lo mereces”.

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