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Opinión

Capitán Bitcoin y el dialecto catalán

Bitcoin Captain/Img. archivo informaValencia.com
Joaquín Torra, Cataluña/Img. archivo

Vicente Torres

06-12-2019

Suelo dar un repaso a las noticias que ofrece Google, pero por norma paso por alto las de quienes sé que son incompatibles con la verdad, como las de los nacionalistas sin ir más lejos.

Pero en el titular de uno de estos medios aparecía que el Capitán Bitcoin había criticado la obligatoriedad de aprender el dialecto catalán para poder ejercer como médico en Cataluña, y lo que resaltaba es que había recibido una respuesta contundente, aunque se refiere a ésta con un nombre que me resisto a utilizar. No tardé en comprobar que el autor de la citada respuesta es un tarugo, porque jamás en la historia de España las lenguas y los dialectos entre enfermos y pacientes habían sido un problema hasta que los nacionalistas decidieron que lo fuera.

Y el caso es que en ese hilo no solo contesta el citado tarugo, sino que aparecen en él muchos epígonos de Torra, porque aunque este haya demostrado que tiene casi todos los defectos que puede tener una persona, la realidad es que hay muchos como él en Cataluña. Pujol, con la ayuda de González y Guerra, eligió las semillas que le gustaban y sembró el melonar.

Esto hay que hacerlo constar para aquellos que hablan de los logros de Felipe González. Si hubiera sido un señor, se habría dado cuenta de que lo que pretendía Adolfo Suárez era traer la democracia a España y sentar las bases para la convivencia en el futuro. Pero como es un ser mezquino y miserable, prefirió apoyar las pretensiones de Pujol y Arzalluz, seguramente los dos políticos más inteligentes y más malvados del periodo democrático.

Como consecuencia, ambos, Arzalluz y Pujol, cada uno a su manera, y con ETA y Terra Lliure por en medio, supieron hacer de algo que entonces era insignificante, un problema mayúsculo en el País Vasco y en Cataluña. Esos problemas engrandecidos artificialmente bajo las miradas distraídas de los distintos presidentes del gobierno se consideran, por parte de los indeseables, como legítimos. No lo son.

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