Parchis
Opinión

Mensaje en una botella por el río de La Plata

Sheraton, Buenos Aires
Sheraton, Buenos Aires

Manuel Huerta / CARTAS AMARILLAS

Diciembre 2008

Ella era todo lo que él esperaba de una mujer. Inteligente, sensata, trabajadora implicada, responsable, excelente ama de casa, madre y muy familiar. Le gustaba la música, los museos y los viajes. Y le había demostrado todo su cariño, le había hablado de su proyecto de vida junto a él y para siempre. Era la persona ideal, pero llegó demasiado temprano a su vida, con un corazón desgarrado por una herida de infinito amor.

Ella quiso comprender, le escuchó, soportó sus desplantes, le esperó. Pero aquella herida seguía sangrando, manando a borbotones de rabia y desapego por la vida. Y él fue impertinente y grosero con ella, incapaz de intentar comprender aquel sentimiento sincero que poco más tarde y todavía hoy, sigue echando de menos.

Años más tarde y cuando ya había confesado a su mejor amiga su amor por ella, él quiso acercarse al saber que ella había roto su segundo matrimonio. Pero la respuesta fue extremadamente fría, desoladora. Pensó si sería por despecho o por el efecto del paso del tiempo, o quizás por su dramática ruptura. Él desechó esos pensamientos y buscó refugio en aquellos breves pero dulces recuerdos con ella.

Se habían conocido en el entorno laboral y pronto se estableció empatía entre ambos. Él, al principio no pensó en el amor. Pero fue advertido por alguien cercano a los dos que ése y no otro era el sentimiento racial de una mujer grande, a la que la vida también le había pasado una dura factura sentimental. Y la coincidencia provocó que al azar los situara frente a la puerta de la realidad, desnudos de mentiras, frente a frente.

Ambos mantuvieron sus intenciones, pero él se encontraba embebido de una inseguridad abismal de sus sentimientos que le cerraba los ojos, que emborrachaba su pensamiento y le convertía en un hombre extremadamente vulgar, con una personalidad fingida, adoptada por las circunstancias vitales recientes, en las que ni él mismo se reconocería meses después, tan distinto del que había abierto el corazón de aquella mujer y que ella terminó por olvidar.

Hoy, él le da cada día mil vueltas a la relación y ha querido pedir perdón, demostrarle que sigue siendo aquel que un día la enamoró y que ahora, liberado de tanto dolor, pretendía hacerla sentir la mujer más feliz del mundo. Pero esa puerta se antoja cerrada para siempre. La soledad y tan tristes recuerdos seguirán siendo sus compañeros día a día, porque no es hombre enamoradizo sin la seguridad de su propio convencimiento, porque ha de querer mucho y sentirse muy querido para aceptar a una persona como compañera de viaje en un tren que se encuentra en el último tramo de su recorrido.

Y aunque la quimera le parece estéril, consumido por una tristeza que él mismo provocó, si pudiera regresar a aquel coqueto hotel bonaerense, a aquel café literario forrado de nobles maderas de Corrientes, a aquel restaurante con velas en la mesa de Puerto Madero o a aquella aeronave exclusiva que cruzaba el interminable mar de regreso a casa, si pudiera parar las manecillas de su reloj en alguno de aquellos momentos tan felices, tan dulces…; si pudiera volver a reír con aquellas frases geniales de ella, si quedara algún rescoldo de llama de todo aquello en su corazón, le susurraría desde lo más profundo de sus entrañas que le ama con toda su alma.

YO ME MUERO DE AMOR (Lope de Vega)

Yo me muero de amor, que no sabía,
aunque diestro en amar cosas del suelo,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.

Si llama la moral filosofía
deseo de hermosura a amor, recelo
que con mayores ansias me desvelo
cuanto es más alta la belleza mía.

Amé en la tierra vil, ¡qué necio amante!
¡Oh luz del alma, habiendo de buscaros,
qué tiempo que perdí como ignorante!

Mas yo os prometo agora de pagaros
con mil siglos de amor cualquiera instante
que por amarme a mí dejé de amaros.

print

Agregar comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario