Cultura RELATOS

Címbalo

Img. FERNANDO ÁLVAREZ

Sin testigos oculares, a resguardo del vendaval, tu melena nos sirve de címbalo y guarida. Hueles a ducha compartida, a juego favorito

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

CÍMBALO

Probablemente, acordarme de ti cada veintidós de noviembre sea un capricho. Probablemente, acordarme de ti como lo hago sea un capricho goloso y taciturno, quizá lo único bueno que aun habita en mí. No sé muy bien cómo, pero sucede. Sin querer, como programado, cierro los ojos y ahí estás tú, con todo lo tuyo. Con todo lo mío. Aun con todo lo de los dos, porque para que haya vencedores y vencidos, la guerra tendría que haber empezado. Pero el veintidós de noviembre aquel, tu cuerpo y el mío estaban a vueltas con el armisticio. Batalla cuerpo a cuerpo. Aquí no sale ileso ni Dios…

– Una casa con doble ventana y jardín con enanitos, ¿eso es, Mara…? – Se me escapa un suspiro mientras veo como te vistes en el borde de mi cama.

– Es increíble que con lo bueno que estás, puedas llegar a ser tan gilipollas… – Te pones en pie, dando saltitos para meterte en ese jean que te queda como una segunda piel. Mirarte es un placer obsceno, eso te digo, nena.

– Entonces, ¿qué quieres…? ¿No estamos bien así…? – Te cojo de la cintura, tirándote sobre la cama, lugar al que perteneces de pensamiento, de palabra, de obra y omisión. Amén.

– No… – A horcajadas sobre mí, evitas mirarme. Sé que estás enfadada, porque soy gilipollas según tú, pero no ciego.

– ¿No…? – Te sujeto con firmeza por la cadera. No llevas puesta la blusa, con lo que mis manos juegan a mi favor: noto tu piel erizada, quizá porque sabe que aún quedan cosas por degustar.

– Tú estás bien, Pablo: yo, no.

Intentas zafarte de mí, pero no cedo en tu intención de abandonar esta posición tan delirantemente nuestra. Te sujeto las piernas, acariciando tus muslos por encima del jean. Estás tensa y enfada, que ya digo, gilipollas pero no ciego. También estás cómoda en tu almena, sabiendo que hagas lo que hagas, a mí todo me encaja si no pierdo de vista tu ombligo. Te inclinas. Dejas caer tu pelo sobre mí, cortina infinita bajo la que todo puede pasar. Sin testigos oculares, a resguardo del vendaval, tu melena nos sirve de címbalo y guarida. Hueles a ducha compartida, a juego favorito.

– ¿Qué pasa, Mara…? – Te sujeto la cara con firmeza, sin dejar de besarte a mordisquitos.

– Pasa que no sé si puedo seguir más con este rollo de ser amigos… – Cierras los ojos. Oigo tu respiración y sucede eso tan nosotros, que sin darnos cuenta sincronizamos sinergias y ganas. Inspiración, expiración. Listen and repeat.

– Mara… – Te sello los labios con mi boca. La tormenta está a punto de estallar. No es que huya del compromiso, es que no valgo para llevarlo a término. No tengo vocación, coño… – Somos amigos, pero amigos de verdad…

– Los amigos no follan cuatro veces por semana, Pablo. Yo, al menos, no…

Te apartas de mí justo en el momento en que el corazón se me sale del pecho. Mi cabeza y mi flujo sanguíneo van por libre, hermoso disparate que me recuerda que no puedo ir contra lo inevitable: me gustas más que comer con los dedos. Sin embargo, me acojona pensar que tú seas ‘mi taxi, siga a ese taxi’, no sé si explico. Si acepto amor como animal de compañía, estoy perdido. No quiero cortarme la coleta todavía, soy joven para quedarme contigo aunque seas mi puto universo con todos sus planetas. No digo que ahí fuera haya más cosas esperándome, digo que solo de pensar en que las haya y yo no pueda saborearlas a ratitos, me da vértigo y rabia. Sé, porque lo sé, que como tú, ninguna. Pero todo a su tiempo, querida Mara, todo a su tiempo…

– Coincidirás conmigo en que para ser amigos, no lo hacemos tan mal… – Tiro de ironía para volver a ponerte encima de mí. Te dejas venir, porque aunque enfadada, tu cuerpo sigue reaccionando a mis intenciones.

– Pablo, a mí esta movida ya no me sale a cuenta… – No es que te dejes besar, es que me besas. Y lo haces como haces todo tú: con dedicación, degustando cada rincón que pasa por tus labios. Combustión en estado puro. Morir lleva mi nombre tatuado…

– ¿El qué no te sale a cuenta…? – Deslizo mis manos por debajo de tu sujetador. Suave. Suave. Qué suave eres, Mara. No puedo razonar, sin embargo, aquí me tienes de tertulia con tus pezones entre mis dedos.

– ¡Quererte, imbécil, qué va a ser…!

Y con la misma, te levantas sin mirar atrás. Veo cómo coges tu ropa y te vistes apresuradamente, como si yo quemase, literal y figuradamente. Me quedo tendido en la cama, knockeado, o como coño se diga: quererme no entraba en el juego. No entraba. ¿O sí? Yo no sabía que estábamos en esa línea de difícil contorno. Podrías haberme avisado que jugábamos en liga de campeones, que lo nuestro, además de placer a manos llenas, de risas y más risas, de complicidad dérmica y emocional, llevaba consigo el peligro de enamorarnos. Disculpa mi necedad, nena, pero para eso hay que estar preparado, caminar con aletas y flotador de patito, porque si rozas el borde del acantilado, allá vas, directo al abismo. Te recoges el pelo en un moño, te abrochas la blusa de abajo arriba, dejando que yo viaje con tus manos hasta ese escote maldito que todo lo tiene. Si lo que me gustas fuese música, qué sinfonía dabas.

– ¿No te irás así…? – Me incorporo, atravesándome en tu camino. Estoy desnudo, inconscientemente te tiento con lo que único que tengo para ofrecerte, ya ves.

– ¿Así, cómo…? – Intentas apartarme, pero con pocas ganas. De eso que sí, pero vamos, que si te quedas ahí parado, me abrazo a ti ayer, hoy, mañana y siempre. Tengo el corazón a mil. Pena que no se me ocurra abrirlo para ti: soy un gilipollas, quedó claro hace rato…

– Enfadada… – Te cojo la cara con las manos. Tienes la piel ardiendo y aun hueles a nosotros. Te metería dentro de mí de un golpe, alehop.

– ¿Enfadada…? ¿Ves como eres gilipollas y no entiendes nada…?

Te cuelas por el hueco entre mi brazo y el marco de la puerta. Te veo avanzar, pasillo adelante, colocándote el pañuelo alrededor del cuello, ese cuello maldito que hoy evoco, sabiendo que ya no es mío. Ese cuello lleno de lunares que se rendía en tantito mi boca le contaba un cuento al oído. Por cosas menos importantes se han emprendido batallas memorables y fíjate yo, que estúpido, qué cobarde, qué imbécil… y que gilipollas. No entendí que hablabas en serio. No entendí que ser amigos ya no llegaba, porque además de tu cuerpo, me dabas podio en tu alma. No entendí que estar juntos era los cimientos del para siempre. No entendí que mi ‘necesito espacio’ provocaba tu ‘salto la valla aunque no me lo pidas’. No entendí que cada polvo sabía a amor y colita de cometa. No entendí nada, Mara. Y cuando por fin lo vi, tú ya eras pretérito, culpa, soledad y remordimiento. Cuando por fin caí en la cuenta de que estar contigo era mi plan favorito, ya tú te habías diluido en defensa propia. Como la arena entre los dedos. Como purpurina en un soplido. Supe de ti sin querer, tiempo más tarde. Alguien que conoce a alguien me dijo que estabas viviendo con Carlos, tu antiguo novio de la facultad. Vaya mierda. No me malinterpretes, Mara, no digo que sea una mala idea. Digo que esa vida era la mía contigo. Maldita sea mi suerte, mi cobardía y mi poca sangre por no retenerte.

Así que, aquí estoy, otro veintidós de noviembre, diez de la noche, tomando una copa en la barra del bar de siempre. Todo el mar lleno de pescado y yo pensando en ti. Apuro el gin de un golpe y levanto la mano al camarero. Antes de que diga nada, oigo…

– ¡Otro para mí, porfi…! – Me giro y ¡zas!

Noooooooooooooo, pero sí.

Y tanto que sí.

Ahí está tú.

Tú.

Tan bonita como entonces o más. Tan tú como entonces o más. Tan deliciosamente tú como minutos antes en mi cabeza. No te digo nada, solo te miro y sonrío. Tú me miras y sonríes. Nos quedamos así un buen rato, hasta que el camarero nos pone los dos copazos en los que ahogar los nervios. Cojo tu banqueta con las manos, acercándote a mí de un golpe. Improviso un corralito con mis piernas: de aquí no sales si no es conmigo. Dejo caer mi frente en la tuya. Oigo tu corazón, batiendo palmas con el mío. Estoy a punto de que me dé un infarto: ¡a por todas, camarada, aquí ya no hay trinchera que valga! Todo o nada. Pares o nones. La vida no da segundas oportunidades a los pusilánimes. Cojo mi copa y te acerco la tuya. Rozo tu mano intencionadamente, porque tocarte es ya mi objetivo Birmania.

– Por todas esas ganas que sigo teniendo de comerte la boca… – Choco mi copa con la tuya. El cristal suena a pupa, a no te vayas ahora. Ahora no, por favor…

– Por todas esas ganas que te tengo y que merezco… – Te acercas tan peligrosamente a mí, que se me olvida que tienes pareja, que tienes casa con doble ventana y jardín con enanitos. Se me olvida todo, menos lo importante…

– Mara, ¿habrá sitio para mí en tus te quieros…? – Te perfilo los labios con mi aliento. Hueles a nube de gominola. A cielo enladrillado, quién lo desenladrillará. Me muero por besarte, así te lo digo.

– Aquí te llevo, idiota, justo de mi lado izquierdo…

Te tocas el corazón, en el mismo instante en el que tus labios y los míos hacen pum. Pumpum. Pumpum. Pumpum. Hoy es veintidós de noviembre, un día como otro cualquiera para dejar de soñar y vivirte. No tengo ni idea de si Carlos es o fue. Solo sé que estás aquí y aquí te quedas. Permíteme decirte que a estas alturas, el cupo de amigas ya lo tengo cubierto. Tú verás cuál es tu plan, pero aquí hemos venido a jugar…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

 

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