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Opinión

La presentación de Jaime Siles

Jaime Siles

Vicente Torres

03-11-2019

Las presentaciones de Jaime Siles siempre tienen interés para quienes tienen inquietudes intelectuales, porque es difícil que se le escape algo de los libros que ha leído y porque al hablar de ellos también se da él a conocer. En este caso, me doy cuenta de que debería haber dicho ya que me refiero a la presentación de ‘Aceptar el destino’, en la que una de las cuestiones que salió a relucir fue la del famoso ‘conócete a ti mismo’, cuyo mejor modo de lograrlo, en mi opinión, es la de conocer al prójimo.

No percibí en el acto, y los asistentes podrán decir si estoy en lo cierto o no, ningún atisbo de ese narcisismo tan frecuente en el mundillo literario, y especialmente en el poético. Quiero consignar que en reciente conversación con un amigo de este último salió a relucir que la tentación de presentarse como perdedores, sensibles, vulnerables y capaces de entender al otro es común en muchos literatos y bastantes de ellos sucumben. Luego resulta que en realidad son unos fiscales implacables y unos verdugos sin compasión. Eso de ponerse en la piel del otro y considerar sus circunstancias, sus sentimientos o sus necesidades, no va con ellos. Una cosa es querer parecer esto y otra serlo. Sin olvidar que los hay que usan máquinas de calcular de gran precisión.

En la presentación se habló de Jenofonte (cuyas entendederas son escasas), de Platón (un genio literario) y de Sócrates (cuya integridad moral se convirtió en un faro para la humanidad).

Se habló de la felicidad, concepto tan vinculado al ser humano. Es de suma importancia, a tenor de la cantidad de gente que habla de ella. Jaime se interesó por esta cuestión, que ocupa un lugar destacado en el libro. Pero el concepto está presente a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Se habló también de los turistas, de los viajeros, de las migraciones, de la bondad… Sobre esto último cabe decir que, en términos generales, a la gente no le importa la bondad, ni el talento del prójimo, tan solo tiene en cuenta el estatus. El ser humano queda convertido, pues, en un figurón que ocupa un lugar.

El colofón elegido por Jaime fue formidable y no cabía esperar otra cosa.

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