Parchis
Opinión

Fascistas con el voto

Manuel Huerta

23-10-2019

Hace hoy justamente 30 años, un grupo de 114 personas, entre periodistas, profesionales del diseño y maquetación, de la distribución y comerciales de publicidad, fundamos el diario El Mundo del Siglo XXI, un proyecto editorial comandado por Pedro J. Ramírez, Alfonso de Salas, Juan González y Balbino Fraga, que aglutinaron cada uno de ellos a unos cuántos de incondicionales que decidimos abandonar el Grupo 16 y embarcarnos en una aventura que, en mi caso, duró 20 años.

Y tengo que reconocer que entonces, con mis ya talluditos 32 años de edad y pese a haber pasado los anteriores seis años en otra apasionante empresa como fue la extinta Antena 3 de radio, jamás hasta ese momento había prestado atención a las cuestiones importantes que ocurrían en mi país y que contaban a diario mis compañeros de redacción.

Sin embargo, desde unos pocos meses antes de aquel 23 de octubre de 1989, la cuestión de la información política y sus consecuencias en la vida de los ciudadanos españoles pasó a ser motivo, no sólo de mi máxima atención diaria sino de mis intereses vitales, tanto profesionales como personales. Porque aquella decisión de sumarme a la iniciativa de El Mundo afectaba directamente a la economía de mi familia, de mi mujer y de mis hijos. Se trataba de dejar una amplio paraguas como era Grupo 16 para protegerse simplemente con un chubasquero de segunda mano. La apuesta, aunque conllevó muchos sinsabores, terminó casi siete años más tarde por valer mucho la pena, nunca mejor dicho.

Pero ya entonces pude concluir que aquel devenir, tanto de mi camino profesional y familiar como el de millones de españoles, había estado provocado por una decisión que atacaba a la dignidad de las personas. Para hacerlo breve, El Mundo fue la consecuencia de una petición de un vicepresidente de Gobierno al dueño de Grupo 16 para que destituyera al martillo de los GAL. Y así sucedió. Se trataba de una forma clara de fascismo, como es tratar de imponer por los medios que sea, una idea de pensamiento ocultando e intentando transformar en verdad la realidad de las cosas, de la historia, de la cultura, de la enseñanza o de las raíces y creencias de cada uno y de sus símbolos.

Es lo que, desde el desgraciado Rodríguez Zapatero y su desgraciada memoria, estamos asumiendo casi como una normalidad en la sociedad española. Es el fascismo de la palabra. Porque ya no hacen falta soldados ni cañones ni tanques para ser un fascista. Ahora basta con filiar unos cuantos votos para que la señora Oltra y los señores Morera y Ribó, por ejemplo, quieran imponer su basura nacionalista, apoyando con descaro y sin tapujos a los denominados (e inexistentes) “paísos catalans”. Para su intención al respecto, hace años que ya han contaminado la universidad pública valenciana y de la mano del peón que tienen en Educación, hacen camino para intoxicar a nuestros niños y adolescentes de Primaria y Secundaria. Adoran el tacticismo de Puigdemont y Torra y piensan que es la estrategia que les dará resultado a medio largo plazo en la Comunidad Valenciana.

Además tiran de su personalidad soberbia e ignominiosa para vengarse de más de la mitad de la población que no les vota, utilizando la provocación como argumento, con declaraciones a favor de los golpistas de Cataluña y organizando actos en una facultad valenciana con el apayasado reyezuelo Tardá, un mercenario de la causa separatista de los urdidores del golpe de Estado.  Es una gota más en un vaso colmado por cientos de contratos firmados desde 2015 con la anuencia de PSPV con lo que ellos llaman”cultura catalana” o “defensa de las libertades” y que ensucian a diario a nuestra identidad valenciana en los teatros, en los espectáculos musicales, en las exposiciones públicas y en los centros culturales que ahora gestionan.

Nada es casualidad. Es un ataque al Estado de Derecho, a uno de sus pilares fundamentales al que no respetan -el poder judicial-, a la democracia en sí, aprovechando el compadreo de los socialistas y el buenismo moderado de algunos pánfilos, para cambiar desde sus trapicheos de partido en la suma de votos, la realidad de todo aquello que les sirva para perpetrar su intención leninista de someter al pueblo a un nuevo sistema económico en el que, como en la Rusia de Lenin, en la Alemania de Hitler, en el Irán de Rohaní, en la Cuba de los Castro, en la Bolivia de Morales o en la Venezuela de Maduro, cuatro ricachones aprovechados financien sus cruzadas para que  “todos seamos iguales”, igual de pobres, de miserables, de dependientes de su graciosa subvención o de concienciados ciudadanos que defiendan a pedradas sus imaginarias repúblicas.

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