Literatura RELATOS

Cairel

Imagen original Francisco Álvarez

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS / ‘Lo nuestro fue una noria gigante de alameda, con sus paradas en la cima del mundo, solos tú y yo en algún lugar entre las nubes’

CAIREL

– No debería de decírtelo, porque me quedo sin argumentos solventes para salir indemne de todo esto, pero… – Tiendes tu mano hacia mí. Tiemblas, tiemblas tanto… Entorno los ojos y sonrío – Esto es lo que le pasa a mi organismo cuando te tengo cerca. Esto. Haga lo que haga. Me proponga lo que me proponga. Esto.

– No creo que tengas que tener argumentos solventes conmigo… – Apoyo la cara en mis manos, seguro de que así, tú no verás el vaivén de las mías. Consejos tengo que para mí no tengo, que decía el otro.

– Claro que tengo que tenerlos. De lo contrario, esparce mis cenizas en algún lugar bonito que no haga frío… – Te muerdes el labio de abajo. Hoy, igual que entonces, este mohín tuyo me vuelve loco. No había vuelto a pensar en él, quizá para que olvidarte fuese posible. Claramente, esfuerzo en vano.

– ¿Tienes pensado morir? No me hagas eso ahora que por fin nos volvemos a ver…

Te ríes a carcajadas. Tu risa sí es de esas cosas que me ha perseguido quiera o no. Probablemente, saber que esa explosión de vitalidad y vida buena no tienen nada que ver conmigo, me convierten en huérfano de ti, y eso, Lara, es algo para que lo que ni Dios me había preparado. En serio. Porque no es lo mucho que te he echado de menos estos años. Es lo mucho que aun sigues en mí a pesar de ellos. Lo nuestro nunca fue fácil. Quién quería que lo fuese. Lo nuestro fue una noria gigante de alameda, con sus subidas y sus bajadas, con sus trompicones y sus paradas en la cima del mundo, solos tú y yo en algún lugar entre las nubes. Mirador infinito en el que, en suspensión, pensábamos que todo era posible. Todo, menos encontrar el lugar común en el que querernos no fuese siempre una lucha cuerpo a cuerpo, aquí solo puede quedar uno. Quizá, gustarnos como nos gustábamos, no ayudaba a pensar con claridad. Quizá, gustarnos como nos gustamos, no ayuda a pensar con claridad. Y a mí qué coño me importa no resultar cuerdo, si por fin estás aquí.

– Pensé en llamarte alguna vez, pero cuando estaba marcando el último dígito, me entraba pánico escénico… – Te improvisas un moño en todo lo alto. Debes ser la única mujer en el mundo capaz de resultar delirantemente sexy con un nido en la cabeza. Con pelo saliendo a lo loco, indómito y febril, de esa cárcel de amor y esposas que improvisas con la goma. Hipnotizado me tienes. Y tu moño también – ¿Y tú, pensaste en llamarme alguna vez?

– Muchas. Miles. Yo qué sé… – Me retrepo en la silla. Levanto la mano, señal inequívoca de que necesito ayuda externa para seguir con mi pose de nena, yo controlo. Señalo la cerveza vacía de la mesa. El camarero entiende de mi garganta seca – … pero pensaba en Mario, y no me parecía justo más dolor.

– Mario. El bueno de Mario… – Te coges la cara con las manos y haces pucheros. Tienes morritos de patito de goma. Te comería la comisura de los labios sin pedir permiso, disculpa mi atrevimiento. Aquí mismo, cerrando los ojos, para saborearte lento, como si tu boca fuese una deliciosa bola de helado: ahora o nunca…

– ¿Sigues con él…? – Niegas con la cabeza. El corazón se me sale lugar, vida salvaje, libre de encofrado.

– Para qué, si no fui capaz de olvidarte…

Y en ese momento, las fanfarrias del juicio final se arremolinan dentro de mi cabeza. Tocan a Maitines, a Laudes y Vísperas. Mario y tú ya estabais juntos cuando lo nuestro provocó la extinción de los dinosaurios. Él, que siempre fue esa chinita en el zapato, que tanto da como pongas el pie, siempre se te mete debajo del meñique. A él yo le debía lealtad y una explicación, y ni una cosa ni la otra. Meter en mi cama a su novia no es la mejor forma de conservar una amistad de las de verdad. Crecer juntos nos hizo inseparables, casi siameses en la vida. Nada que uno no hiciese sin el otro. Nada. Por eso cuando me dijo que había conocido a alguien; pero no alguien más, sino alguien, no tardé en saber que valías la pena.

La primera vez que te vi.

La primera vez que te vi. Esa vez.

La primera vez que te vi. Esa vez, supe que eras para mí. Pa’más nadie. Pa´mí…

– ¿Por qué lo nuestro se fue a la mierda, Lara…? – Sin querer, rozo tus piernas con las mías bajo la mesa. Seguimos encajando como un puzle de cuatro piezas: ensalada de voluntades, ganas de quedarme aquí, hasta que me dejes subir a tu ombligo. No tengo sangre: RH magma +.

– C’est la vie…! – Sonríes, por no llorar, que te conozco. Y es verdad: c’est la vie! Pero eso no llega cuando la vie se lleva por delante todo lo mío contigo. Maldito sea mi yo de ayer, y mi yo mañana también.

– Miedo…– Echo mi cuerpo sobre la mesa, imantado hacia ti.

– ¿Miedo…? – No hablas, susurras. Y ese siseo resuena a roneo y a locura. Años hace, en mi cuello no se hablaba otro idioma. Te echo tanto de menos a ti y a todo lo tuyo.

– Miedo… – Dejo caer mi cabeza en la mesa. Noto que tus manos juegan con mi pelo, removiendo ideas, cairel de ilusiones contenidas. Si yo no fuese un caballero y tú una dama, esta mesa: mi cama bonita…

– ¿A qué, hombre de acero…? – Tus dedos hacen surcos en mi pelo. Van y vienen, y, en cada paseo, activas terminaciones nerviosas aun por descubrir. Parece ser, que para ti mi cuerpo no necesita plano.

– A no saber jugar a este juego a tres bandas…

A tres. Uno, dos, tres. Mario, tú y yo. Tres muñecos de futbolín condenados a vivir atados al mismo palo. Él y yo en los extremos, tú en el medio. Nosotros, tirando cada uno para un lado y tú, a merced de nuestra vesania; llámalo amor, llámalo demencia absoluta. Pude haberte pedido que lo dejases, que apostases por lo nuestro sin mirar atrás. Perdóname si esperé de ti alguna señal que no fuese implorada. Perdóname por no haberme quedado a esperar el tren de madrugada, ése que siempre te dejaba en mi cama, cuando Mario se había ido por enésima vez de casa, seguro de que tú seguías teniendo algo conmigo. Y no era algo. Era todo. Lo que yo tenía en ti, era todo. Por eso saberte compartida, nunca me fue suficiente. Nunca he sido un tío de ir a cenar y pedir para compartir. A mí lo que me gusta, me lo como con los dedos. Todo para mí. Hasta el empacho. Que no me falte de nada, y menos de ti.

– Nunca fuimos tres, Gonzalo: él sabía, tú sabías, yo sabía…. – Te acercas a mi oído. Vello en rebelión, alehop. Hablas igual que gimes, y eso es algo en lo que mi mente habita.

Me incorporo, tomándote la cara con las manos. Tienes la piel ardiendo. Puedo notar tu corazón, tan lejos y tan cerca, mesa de por medio. Podías bajar la mirada, que tampoco me merezco mucho más después de la huída. Sin explicaciones. Sin reproches. Sin mensajes. Sin remedio. Me fui con lo puesto, mi pena y mi dolor por no haberte retenido. Me fui para nunca volver a ti. Pero aquí estoy, para reclamar lo que es mío. Me miras como solo me miras tú: túnel de gusano que me atrapa hacia dentro de tu sino. Te giras, y me besas el dorso de la mano, aun sobre tu cara. Da igual donde poses tus labios, porque contigo vibro, que cantaba aquélla. Sería galante por mi parte advertirte de que no estás a salvo conmigo…

– Lara… – Te digo, rozando tus labios con los míos.

– Dime… – Me dices, rozando mis labios con los tuyos.

– Tienes un minuto para levantarte y huir antes de que te bese… – Palabras que arrastran caricias, labio con labio. Tu boca sigue siendo mi lugar favorito. Me vuelves loco, bebé…

– Ese minuto es para mí. Todo para mí…

Y como cuando sueño que sé volar, todo salta por los aires. Tú, yo, Mario, la distancia, el adiós dolido, el no me llames nunca más, hazle ese favor a mi vida. Todo se disipa menos ese beso delicioso y febril, tan premonición de dos cuerpos que se reconocen porque nunca se han perdido el rastro. Ese beso que es mío por derecho propio, porque así lo siento y así lo vivo. Entonces y ahora, tus labios saben a piel desnuda, a ombligo rendido a mis manos, a piernas vencidas a mi abrigo. En ti, todo lo mío es fuego, porque dejarnos no fue cuestión de hastío, sino de miedo a perderte. Prorratear esa movida bonita que tenías conmigo, no encajaba en mis planes de ser feliz. No encajaba, porque imaginarte sin mí pero conmigo, dolía más que el olvido. Te dejé en defensa propia. Porque mejor solo que contigo a medias. Nunca me hablaste de dejar a Mario. Tampoco yo te lo habría pedido. Ya te dije que, a veces los hombres, también necesitamos una dádiva en la mochila: eres tú. Y no el elegido. Tú, porque sí. Nada más que tú, por eso eres mío. Llámame caprichoso, llámame egoísta, pero ahora que por fin estás aquí, no voy a abrir los brazos, por si las dudas te llevan consigo.

– ¿Te acuerdas…? – Te digo, perfilándote los labios con mis dedos.

– Tus besos siempre han sido solo míos…

FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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