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Opinión

Carta abierta a todos aquellos que han perdido a un ser querido

Img. facebook A G-T P

Antonio Gil-Terrón Puchades

24-09-2019

Ante la pérdida de un ser querido, la frase más utilizada por aquellos que no creen más que en lo que tocan, es la de: “seguirá viviendo en nuestros corazones”, o, “seguirá viviendo en nuestra memoria”. Veamos.

Las promesas hechas desde la emoción, en caliente y ante el féretro de un amigo, son tan efímeras y volátiles, como las promesas realizadas tras una buena comida con dos copas de más.

En cuanto a la manida promesa de “seguirá viviendo en nuestros corazones”, cabría puntualizar que el corazón, como he repetido en más de una ocasión, es tan solo un musculo que bombea sangre, por lo que difícilmente sirve para albergar nada que no sea nuestra propia sangre y, aun ésta, de una manera transitoria. Claro que para este tipo de personas que no creen más que en lo que ven, es preferible hablar de “corazón”, antes que de “alma”, por ser este un término considerado en la actualidad como demodé y políticamente incorrecto.

Y con respecto a lo de “seguirá viviendo en nuestra memoria”, decir que no deja de ser una frase hecha; un intrascendental brindis al Sol, con fecha de caducidad de semiconserva.

Personalmente creo que aquellos que se van, canallas aparte, lo hacen a un mundo mejor que este, y no creo que necesiten de nuestros corazones, o de nuestro recuerdo, para poder existir, porque, gracias a Dios, existen por sí mismos, por mal que le sepa más de uno.

EN MI CASO:

Hace cuarenta y cinco años que falleció el que por aquel entonces era mi mejor amigo. Se llamaba… perdón, se llama Sergio. Cuarenta años y no hay día en que no lo recuerde, y ello por la sencilla razón de que, como cristiano, rezo a diario y al hacerlo pido por él, así como por todos aquellos familiares y amigos que a lo largo de mi vida han ido cruzado la oscura puerta.

Recuerdo con cariño y a diario a mis seres ausentes; cuarenta y siete en total. Y no es un recuerdo “global”, sino nominal. Uno por uno, por sus nombres, y visualizando sus voces y rostros sonrientes. Porque de una cosa estoy seguro y es que, con excepción de mis padres, hace años que sus nombres y sus rostros se hubiesen perdido entre las telarañas de mi cansada memoria, si no fuera porque a diario dedico unos minutos a su recuerdo.

NOTA: Todas las reflexiones vertidas en este post no pretenden demostrar nada. Tan solo son reflexiones desde mi propia experiencia real; pensamientos en voz alta de un creyente, desde la mayor o menor inteligencia emocional que Dios le ha otorgado porque le ha dado la gana, y que si sirven para dar paz y esperanza a todos aquellos en estos momentos están pasando por el Getsemaní de la pérdida de un ser amado, pues benditos sean.

¡Amén!

https://www.youtube.com/watch?v=jAB0sKIFaFQ

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