De madre a mujer

Img. Claudia Otto

Ana Lúcia

09-09-2019

Soy madre.

Soy madre de cuatro preciosos hijos que amo más que a todo en mi vida.

Tengo ahora 48 años.

Una cosa de lo que no se habla mucho es que una madre de 48 años es también y irrevocablemente, mujer y este cuerpo de mujer tiene necesidades y caprichos como todos los otros. Es normal.

Solo deja de ser normal cuando el matrimonio termina y una mujer se queda sola. Toda la sociedad exige que ella calle sus deseos, que calle su cuerpo que, por otro lado, y más en esta edad, grita las ganas de sentirse.

Podía cerrar esos demonios en los cantos negros de mi mente. Podía dejar de ser plena. Toda.

Como tantas lo hacen y lloran mirando solas las novelas por la noche.

Soñando vida, sintiéndose morir antes de morir.

No.

No respiraría viviendo así.

Respeto mis hijos, respeto a mí misma. Pero también respeto la vida. Mi cuerpo. Lo escucho, lo cuido, lo alimento de nutrientes y de alma.

De besos y caricias, de encuentros ardientes, de pasión y deseo. De sangre caliente. De momentos inolvidables.

De vida.

Y lo hacemos.

No necesitamos gritar por la calle los hombres con quién nos envolvemos. Ni cómo, ni porqué. Pero lo hacemos porque necesitamos sentir la vida correr en las venas.

Y lo hacemos.

Guardando sonrisas secretas, memorias y fantasías.

Lo hacemos con la conciencia de pecado y lo amamos.

Y somos mujeres como las otras. Respetadas en la familia, en el trabajo, en nuestros ciclos sociales.

Tenemos este placer de guardar en nosotras mismas la sabiduría.

Sabemos que de locos todos tenemos un poco y duele no asumirlo, no vivirlo.

Olvidémonos de los miedos y vivamos en paz. Callando miedos y deseos. No.

Nada es peor que vivir sin vivir.

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