Literatura RELATOS

Perdulario

Img. Francisco Álvarez

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

PERDULARIO

– ¿Te importa si abro la ventanilla…? Con los años, me he vuelto lenguaraz y claustrofóbica…

No esperas a que te diga sí o te diga no. Abres la ventanilla, provocando una ola de aire fresco y desesperado, que te alborota el pelo, convirtiéndote en huracán. Que los dos estemos otra vez en el punto de partida, en ese coche que nos dio guarida a los besos robados al alba, nos convierte en adultos que saben que no siempre funciona lo de eso no se mira, eso no toca, eso no se desea. Porque ya lo creo que se desea. Me río, apartándote el pelo de la cara.

– Por un momento pensé que me ibas a decir que eras vegana…

Ahora te ríes tú. Tu risa. Esa misma risa de naturaleza coadyuvante, que lo mismo cura una herida, que tapona una pena. Esa risa que se quedó en mí para siempre, como referente de lo que es ser feliz porque sí. Tu boca grande y bonita, que cuando sonríe, es luz y guía, mi faro de Alejandría. Desde que somos amigos, pensar en ti en estos términos prohibidos, me convierte en el ninja de las emociones dormidas. Sé que no debo, y sin embargo, ¿cómo amaino esta tormenta…?

– Una se puede hacer vegana a los 20, pero a los 40 ya no haces tanta gracia: dejan de invitarte a cenas porque das mucho por saco… – Te encoges de hombros y te ríes sin pausa.

– Bueno, la veganas hacen gracia; los veganos suelen acabar en el fondo del mar…

Nos reímos. Nos reímos mucho, porque hacerlo nos acerca más a lo que fuimos. No sé qué decisión equivocada nos llevó a negar aquel beso que nos acercó al cielo. Tú tenías pareja, yo tenía pareja. Pero nos gustábamos desde el instituto, y eso lo cambiaba todo. Ser amigos fue nuestro plan. Sofocar pasiones a cañonazos, a golpe de cafés con pastas, de sesiones de cine en pareja, pero nunca tú y yo. De cumpleaños felices en los que el único regalo esperado era el abrazo, el beso apretado y el qué cumplas muchos más, amor, te deseo lo mejor, sabiendo como sabíamos que lo mejor, ya lo teníamos entre los brazos. Decisiones adultas le llaman. Decisiones de mierda se sienten. Después del beso aquel, mi perspectiva de lo que me gusta dio un volantazo a la derecha. Sin saberlo, besar a mi mejor amiga me dejó el radar tarado, siempre orientado hacia el mismo lugar, perdulario de lo único que probablemente no volviese a sentir. Me giro y veo que me miras, divertida.

– Haz el favor de tener compasión y respeto por los conductores… – Me llevo la mano al pecho, corazón en parada – No me mires así o…

– ¿O qué…? – Te improvisas un moño en lo alto de la cabeza, dejando al descubierto centímetros infinitos de piel que puedo oler desde aquí – ¡Qué tonto eres…!

– El que más. Cum Laude. No hay un tonto mayor… – Hago señal de la victoria con la mano.

– Pero eres mi tonto, y eso lo cambia todo…

Deslizas la mano en mi asiento, como si nada. Miras por tu ventana, sin sospechar que me provocas descargas. Dos cables pelados. Pinchazo de dentista. Un chispazo de enchufe. Vibraciones de ida y vuelta, continúe, por favor, no se detenga en zona vallada, crime scene. Te miro, preguntándome en qué momento te dejé escapar indemne a mis deseos, si estaba loco o qué. Ya, ya sé que ser amigos es un plan para toda la vida, pero créeme, Sara, que esto no es vivir. Así no. Si cada vez que me tocas tengo que reinterpretar lo que siento, voy a necesitar subtítulos. Hace un año de aquel beso que lo cambió todo y aquí sigo, sofocando incendios, mitigando ausencias, deseando comerte la boca hoy igual que ayer, y permíteme la osadía de anunciarte, amor, que posiblemente desearé mañana.

– ¡Me encaaaanta esta canción…! – Pones los pies en el salpicadero, poniendo tus piernas morenas y bonitas por todo horizonte. Subes el volumen del CD. Si hoy no nos damos la hostia padre en coche, yo ya no sé.

– Sara, ¿tú crees que hay alguna posibilidad por pequeña que sea de que tú y yo dejemos de jugar a esto…? – Te pregunto, limpiándome el sudor del cuello. Tengo la entretenida sensación de llevar hormigas por corbata.

– Yo hace tiempo que ya no juego, porque tú me dejaste sin baza…

Y esa distancia que hay entre tú y yo se acorta, como se acortan las pesadillas cuando sueño con tus pies deslizándose entre mis sábanas. Mismo escenario, idénticas ganas de no dejarte salir si no es conmigo. Nada es diferente, nada es ajeno. El tiempo no ha mermado eso intangible que nos une y no nos suelta. Por más que los dos hayamos hecho lo imposible por deshacernos del beso aquel, el beso nos persigue donde quiera que vayamos, porque los labios tienen memoria para lo bueno.

Ya se atisba mar por donde vamos. El olor a salitre y a ti lo vuelve todo magnetismo. Podría pisar el freno, mandar todo al carajo, pagarme en vino y gintonics las ganas de descifrarte con mis dedos. Pero me debo a esa idea peregrina que es no soplar la llama cuando anuncia incendio. No fui yo el que propuso este sinsentido de desoír lo que nos abrasa, pero qué otra opción me quedó que plegar delirio con tal de no perderte. Tu plan absurdo de hacernos los fuertes, de ir contra lo imposible y no darnos cuenta de que juntos somos un volcán dibujando con lava, ha sido un fracaso sublime, nena. Cuanto más te niego, más me matas. El día aquel, hace un año exacto, que nos dejamos ir al limbo de los que saben que aquí solo estamos una vez, que no hay comodín de llamada a casa y que lo que no se saborea, se echa a perder, a los dos se nos abrieron las puertas de lo inevitable: tú y yo ya no tenemos remedio…

– ¡Mira, ya se ve el mar…! – Me giras la cara, sabiendo que para eso no hace falta acariciarme. Y aun así, lo haces. Sara, mi niña Sara…

– Llegamos tarde, ya deben de estar esperándonos todos en la playa… – Te atrapo la mano entre mi boca y mi hombro. Te beso, porque besar en la mano no debe ir contra el plan anti incendios.

O sí.

Claro que sí.

Va contra el plan de no poner la lupa en el montoncito de heno seco.

No retiras la mano, porque tu mano ya es mía y está donde quiere estar. Te miro. De fondo, las olas blancas del mar y el sol dorado del atardecer te convierten en una suerte de muñeca de coleccionista. No eres bonita, eres perfecta. Porque lo tienes todo y todo me sabe. Da igual que seas desordenada, un desastre para las fechas importantes, que contestes WhastsApps como si fuesen testamentos, que escuches canciones ñoñas a todas horas, que comas Nutella a cucharadas, que duermas sin almohada, que te bañes a temperatura de núcleo terrestre, que atesores perfumes cual alquimista… que me quieras como yo te quiero, aunque no lo sepas todavía.

– Hernán, yo no estoy preparada para algo así… – Buscas acomodo en mi cuello, mientras yo orillo el coche en un acantilado. Es tarde. Nos esperan, pero quién le importa eso ya.

– ¡Shhh…! – Te sello los labios con mis dedos – No se habla de las cosas que dan miedito, ¿cuántas veces te lo tengo que decir…?

De fondo, el arrullo del mar nos ayuda a soltar lastre. A ir a por el toro a puerta gayola. Al salto sin red. A venga lo que venga, sea lo que sea. A tonto el que lo lea. Dejo caer mi frente sobre la tuya, agarrándote la cara con las manos. Puedo oír tu corazón. Quizá es el mío que grita pidiendo ayuda, qué sé yo ya a estas alturas. Solo puedo cerrar los ojos y dejar que tu magia haga el resto. Yo, al contrario que tú, Sara, no tengo hoja de ruta contigo, porque tú me desbaratas sin medida. Da igual lo que pretenda, porque mi piel en contacto con tu piel tiene vida propia. Soy ajeno a mí cuando tú estás cerca, y ahora mismo, amor, tú me contienes. Muero por besarte. Hacerlo es necesidad y glotonería, a mí ya, ni puertas ni campo. Te como viva. De pies a cabeza, porque ya tú no eres pa’más nadie…

– ¿Sabes que no soy de las que se besa porque sí, verdad…?

Te recorro la boca palmo a palmo, degustando cada recodo en el que he soñado estar desde hace un año.

– ¿Sabes que esto ya no es lo que era, que esto es más, verdad…?

Te recorro la boca palmo a palmo, degustando cada recodo en el que he soñado estar desde hace un año.

– ¿Sabes que…?

Te recorro la boca palmo a palmo, degustando cada recodo en el que he soñado estar desde hace un año, y me paro a mirarte, por miedo a que salgas corriendo otra vez como entonces.

– ¿Qué tengo que saber…? – Te repaso la comisura de los labios con los dedos.

– … que los chicos buenos, no besan así.

– Vaya si lo hacen. Ya lo creo que lo hacen…

Y te abrazo y me pertenecéis tú y tu alegría, tus miedos y tus cosas bonitas, porque ya nada importa salvo el ahora. No soy un tipo de los que pierda la cabeza por la primera chica bonita que se lleva a la boca, pero contigo, Sara, todo es distinto, porque en tus manos tienes ya mi sesera y mi vida entera. Si lo nuestro fue el destino, quiénes somos nosotros para contradecir el polvo de estrellas, pura tempestad, que cantaba el otro.

– ¡El primero que se dé un chapuzón, pide un deseo…! – Veo cómo te quitas la ropa, apresurada, para mi regocijo y estupefacción.

– Ojocuidado con lo dices: pide un deseo… – Te miro, desnuda frente a mí, con la puerta abierta del coche, retándome a correr, playa abajo. Si esto no es suerte, a mí ya que me la dibujen…

– ¡Voy…! – Me quito la ropa, diestro y seguro, sin dejar de reírme – Si gano yo, quiero abrazarte hasta borrarte el ombligo…

– Si gano yo… – Tiras de mí hacia la arena – quiero una historia con final feliz. Y la quiero contigo…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL DE Francisco Álvarez

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