Literatura RELATOS

Ardid

Imagen de Francisco Álvarez

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

23-08-2019

ARDID

Probablemente, aferrarme a tu recuerdo como lo hago, sea la única forma que encuentra mi cabeza para seguir tirando de mi alma. Probablemente, verme en ti a cada paso que doy, oscilante y herido, hace de tu imagen un oasis del bien y del mal. Tú y yo, pasado sin presente. Playa sin orilla. Cometa sin brisa. Amor sin salida. Quererte fue tan fácil, que ahora que me toca olvidarte, no sé cómo nadar sin ropa en este mar de te echo de menos. Amasijo de desaciertos y desesperanzas. Putos miedos que me acorralan. Esos mismos miedos que un día fueron tuyos. Bonita herencia me has dejado, amor.

– No pensé que fueses capaz de volver a llamarme… – Sonríes como siempre. Nada en ti ha cambiado, excepto yo, que no soy el mismo sin ti.

– A decir verdad, yo tampoco… – Me río, nervioso. No estaba en mis planes asomarme al abismo de esta manera, pero la vulnerabilidad asalta sin querer.

– Un té con leche, por favor – Miras al camarero, y hasta eso lo eso más guapo. Tus ojos hacen que lo demás brille. Tus manos hacen que lo demás gire. Tus labios hacen que mi corazón se atice. Un loco junto al fuego, jamás lo deja en quieto…

– Pensé que íbamos a tomar un vino – Arqueo las cejas y señalo mi copa. Esa querencia mía a tomar decisiones equivocadas. No es fácil ser yo en situaciones de tensión máxima, mierda.

– Lo pensé, pero creo que el alcohol y tú no me lo pondríais fácil… – Haces girar tu cuchara en la taza, provocando un tsunami en tu infusión y en mí. Tienes manos de bailarina, siempre las has tenido. Y esas manos fueron mías. El maldito nudo en la garganta otra vez.

– No sé cómo tomarme eso… – Te digo, mesándome el pelo y retrepándome en la silla. Mis rodillas en tus rodillas, ¡zas! Celebro en silencio que no te apartes, que no me huyas cuando por fin te he encontrado.

– Roi, ahorrémonos los jueguitos dialécticos: entre tú y yo, ya no hay sitio para escondernos…

¡Han cantado línea, señores! Comprobamos, y seguimos para bingo. Entre tú y yo, ya no hay sitio para escondernos. Entre tú y yo, ya no hay sitio para escondernos. Entre tú y yo, ya no hay sitio para escondernos…

– ¿Cuánto hacía que no nos veíamos, Marta…? – Te corto antes de responder – ¿Un año…?

– Un año y dos meses. Te ruego no subestimes mi luto… – Retuerces le morrito y me echas la lengua – ¡Qué largo se hace el invierno cuando la vida te da de patadas en el culo, eeeh…!

– Y la primavera. Y el verano. Y el otoño. Y el invierno otra vez… – Dejo caer mi cabeza en la mesa de golpe: a veces, una buena hostia en la mollera ayuda a poner las culpas en orden. Lo de que el mamón soy yo, lo tengo claro. El resto…

– Me hubiese gustado tanto acabar de otra manera…

Noto tus deditos en mi pelo. No me muevo. Contengo la respiración por miedo a que un paso en falso te recuerde que soy aquel que un día te falló y no supo volver a por lo nuestro cuando aun había algo que poner salvo. Ese vaivén de tus uñas de gata mimosa recordándome que en páramo yermo, no crece vida: sin ti, ya me dirás para qué. Un año y dos meses después, tus manos en mí son corriente marina, la pangea de los continentes, los vientos alisios que se te llevan al fin del mundo los no puedo más, al carajo con todo… el hambre y las ganas de comer. Sea como sea, Marta, sigues teniendo magia, puta magia, y ese es ya mi equipaje de cabina, 23 kilos máximo, hasta 32 con tarifa especial, dese usted por sableado, caballero. Vas y vienes por mi cabeza, literal y figuradamente. Tus idas y venidas, desde mi nuca hasta la frente, me queman. No es la primera vez que lo haces, que esto es muy tú. Pero hace tanto tiempo que no me siento tan bien, que incluso las emociones de antaño se convierten en noria de feria, en campo minado, en ruleta de la suerte, ojo al turno, porque lo mismo sale el premio gordo…

– Marta… – Ladeo la cabeza, buscando tu mirada – ¿Qué nos pasó…?

– Dímelo tú…

Sonríes, pero veo que tus ojos iluminan penas, maldita sea mi suerte. Tu pupa me sacude, porque no es plato de gusto saber que la herida que luces lleva mi nombre. Sobre todo, sabiendo que mientras el dolor hacía surco, yo miraba para otro lado. La inexperiencia, la juventud, la soberbia del gilipollas que piensa que algo mejor siempre está por llegar. Pero lo mejor no llega, porque ya lo tienes, y cuando te das cuenta, tu dicha es ya pretérita. Y tan pretérita. Aquel día que te vi salir de casa con tus cosas, debí tirarme en plancha, hacerte un placaje touch down, si te vas, llévame contigo. Pero no lo hice, me limité abrirte paso, mientras me regalabas aquel ‘qué harás cuándo me eches menos’ que me ha acompañado desde entonces. Día y noche. De lunes a viernes. 24, 7. Open 24 hours. Echarte de menos como lo hago es una extraña lección de vida, teniendo en cuenta que, sin ti, solo existo.

– Miedo… – Te digo, dibujando con mi dedo en tu mano – Jodido miedo a necesitarte. Eso pasó…

– La tirita antes de la herida… – Se te caen dos lágrimas gordas, directas a tus labios. Ganas de libar tus penas a lametazos.

– Pero la herida llega, vaya si llega… – No puedo dejar de mirarte a ti y a tus lágrimas en caída libre. Esa boca bañada en suspiros y amargura me pertenece. Ayer, hoy, mañana y siempre.

– Un año y dos meses es mucho tiempo, demasiado tiempo. ¿Por qué ahora…? – Te enjugas los ojos y sonríes. Haces de recomponerse todo un arte.

– Quise llamarte un millón de veces, pero pensé que no tenía derecho: después de todo, el único capullo que hay aquí soy yo… – Levanto la mano. Por tu culpa, culpita yo tengo negro, negrito el corazón. Listen and repeat.

– Quería oírte, Roi. Cada mañana. Cada tarde. Cada noche. A cada momento… – Suspiras y tus lágrimas vuelven a rodar. Mierda, me siento horriblemente mal. Fatal – …me pregunté una y mil veces por qué no me llama, por qué no un mensaje preguntando cómo estoy. No quería disculpas ni arreglar nada, Roi: solo necesitaba oír tu voz. Oírte, nada más…

En el ranking de los tipos que no valen la pena, hago triplete. Bronce, plata y oro al desastre como pareja, como compañero de vida y, por lo visto, como amigo. Pero es que yo no puedo ser tu amigo, Marta. No puedo llamarte para ver qué tal y nada más, porque yo solo sé amarte como te amo. Mal, entiendo, porque amo a lo loco, sin medida y me acomodo sin querer, esperando a que seas tú la que tire del carro por los dos. Las normas tácitas de fidelidad las dicto yo y mi silencio, y lo que no implique sentimiento, se queda en sexo porque sí, diversión de extrarradio. Nada hay que hablar, porque nada tiene importancia. Para mí, pero ¿y para ti? Vaya si la tenía. Mirar hacia otro lado era cada vez más difícil, porque era un francotirador multidireccional: pim, pam, pum, pajarito a la canana. Y no es porque en ti no encontrase fuego en el que quemarme hasta disnea. Lo hice porque podía, y eso no me convierte en mejor ni en peor, sino en un oportunista. A ninguna quise como a ti. A ninguna hice tanto daño como a ti, olé mis cojones molones.

– ¿Estás con alguien…? – Te pregunto, preparado para la patada en el escroto.

– Más o menos… – Haces gesto con la mano: ni sí ni no – Algo hay, pero es pronto para decir que estoy con alguien…

– ¿Lo conozco…? Bueno, no tienes que contestar si no quieres… – Se me filtra la rabia por la piel. Si me da el sol, prendo como una bala de heno. Me falta el aire. A ‘Don Preparado para la patada en el escroto’, le falta el aire. Pues muy bien. Que me clonen…

– Qué más da si lo conoces, qué cambiaría eso… – Te acurrucas, haciéndote un ovillo con las piernas replegadas en tus brazos.

– Sigues sentándote como una deliciosa sirena… – Me río, mientras te miro.

– Hay placeres que no se olvidan…

Me miras como solo tú sabes. Me miras como solo me gusta que me mires tú. Esa chispa que todo lo inflama vuelve a surgir, si es que alguna vez estuvo silente. Sé, porque lo sé o lo quiero saber, que no me lo merezco, pero sigues siendo para mí, tan mía como antes y a pesar de mí. Soy un desastre pidiendo perdón, zurdo con las despedidas y obtuso cuando de poner las cartas encima de la mesa se trata. Aun así, Marta…

– Tienes un minuto para levantarte de esa silla sin mí…

Tiro de ti hasta que tus piernas y mis piernas improvisan un ballestrinque. Todo lo tuyo en mí; en ti, ya más de mí no cabe. Dejo caer mi frente en la tuya. Tu respiración sigue oliendo a casa, a tinta de libro, a Ulises y su Ítaca. Podría reconocerte con los ojos cerrados y atado de pies y manos, solo con acercarme a tu cuello. Eres lo que provocas en mí, torbellino de no te alejes, esta vez va a salir bien, déjame que te cuente una cosita al oído.

– Me muero por besarte, creo que deberías saberlo cuanto antes… – Te susurro, entrecortadamente.

– Esos besos tuyos que aun saben a mí…

Cierras los ojos y te borro los miedos, llevándome con ellos los míos. Tus labios son el trampolín que todo lo hace bonito y me recuerda que lo que está de ser, será. De aquí a la eternidad, quizá ida y vuelta. Tú y yo estamos hechos de la masa que aviva el deseo. Amor del bueno, incandescente como cola de cometa, oda la brillantina y los sueños por cumplir. Besarte es un ardid sublime y delicado, una sinfonía de emociones contenidas, que anuncian piel, caricia y cama. Esa cama en la que desde que tú te fuiste, ya no tiene lado bueno. Tanto tiempo después, tu boca y mi boca no necesitan mapa, Marta, porque jamás se han perdido el rastro. Jamás…

– Pensé que no iba a volver a sentirme así nunca más… – Te digo, dibujándote los labios con mis manos.

– Las sirenas siempre volvemos al lugar en que hemos sido felices… – Suspiras, apropiándote del aire compartido.

– ¿Es de locos decirte que te quiero…? – Podría comerte de pies a cabeza con tal de tenerte para mí y para nadie más.

– Llevas año y dos meses de retraso…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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