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Opinión

El gato que está triste y azul

Antonio Gil-Terrón Puchades, facebook

Antonio Gil-Terrón Puchades

18-08-2019

Últimamente algunos critican la tristeza de mis escritos. Lo siento, pero escribo lo que me sale del alma y la verdad es que no tengo ningún motivo este verano para estar mínimamente alegre.

No obstante, y con ánimo de hoy publicar algo diferente, he rescatado el texto que escribí en este mismo muro hace seis años; un texto nada triste y bastante veraniego sobre algo que muchos sufrimos. Hablo de las verbenas estivales, tanto de las municipales, como de las que montan los hijos del vecino aprovechando que sus desahogados progenitores están de crucero.

Texto de agosto de 2013 

Son las dos de la madrugada. Me despierto sobresaltado y con el corazón en un puño. Lo que en un principio me había parecido el griterío de una pelea de borrachos, se va clarificando poco a poco. Se trata de la almibarada voz de un canta verbenas de tercera – nunca han habido verbenas de primera – que micrófono en mano, está amenazando a la fumada concurrencia, y de paso al vecindario, de la que se les viene encima.

Empieza la serenata a la luz de la luna, mientras un servidor comienza a revolverse en su pacifico lecho – esta noche convertido en catre de tortura -, al tiempo que maldice a Georgie Dann y a todos los demonios caribeños, mientras se encomienda a Santa Bárbara, suplicándole una gota fría local.

Con voz aflautada, y permutando todas las “z” por “s” y las “s” por “ch”, continua el «chou» [empleo la misma palabra que utilizó el auto titulado cantante] y si la primera canción es insoportable, las que vienen detrás la superan. De esta guisa – y al más puro estilo de “EL GATO QUE ESTÁ TRISTE Y ASUL” – van desgranándose unas terroríficas notas – con tal potencia de watios – que parece el día del juicio final en versión pachanga “sensurround”, mientras en el exterior de mi madriguera los perros aúllan lastimeramente. Pero lo peor de todo es que me temo que este atentado con nocturnidad está subvencionado con mis impuestos por la Concejalía de Cultura… ¡Concejalía de cultura! ¡Manda huevos!

Vibran los cristales; vibra la lámpara de la mesita de noche, vibra mi cólera creciente. Enciendo la luz y con ojos vidriosos contemplo la desvencijada escopeta que tengo en la pared colgada a modo de santo patrono protector.

Comienzo a pensar ilícitas “maldades”, hasta que recuerdo que la pobre no tiene gatillo. Mientras tanto el sudado “pepito canta verbenas”, sigue y sigue fustigando, superando lo que parecía imposible; así cada canción que llega es peor que la anterior, lo cual ya era difícil. Mientras, uno se pregunta por qué no utilizan a Vivaldi en este tipo de festejos.

En fin, no he pegado un ojo en toda la noche, pero he aprovechado el tiempo. Me he dedicado a grabar, en un CD, un horror de canción titulada “Papi chulo” de una tal Lorna, el CD original lo regalaban hace años en las gasolineras al comprar un engendro electrónico de ultrasonidos para espantar cucarachas.

He conectado el “auto play” de modo que la misma canción (por llamarle algún modo) se repita una y otra vez. Mi equipo de música sólo tiene 200 vatios de potencia por canal, pero con cuatro preciosos altavoces que han sido colocados estratégicamente en las ventanas de mi cueva. He puesto el temporizador para que comience el concierto, gratis total, a las 8 de la mañana y no finalizará hasta que lo desconecte, cosa que va a tardar un poco ya que me voy quince días de retiro espiritual a Silos, para meditar sobre este purgatorio llamado Mundo, al tiempo que intentaré pedir perdón por todas las maldiciones que lancé al toca pelotas del micro y sus salseros fans.

AVISO MUY IMPORTANTE: Las imágenes y sonido contenidos en el video de abajo, pueden herir gravemente su sensibilidad, por su contenido altamente desagradable. No lo deje al alcance de los niños, ni de los amantes de la lectura y la música clásica.

Y esta es la canción que esa noche me venía a la cabeza:

https://www.youtube.com/watch?v=W8ZMAVTmghM

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