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Después de Elcano. Repercusiones de la primera circunnavegación

Atlas de Battista Agnese/Galería V Centenario

Las consecuencias inmediatas de la primera vuelta al mundo fueron la inauguración de una red de intercambios intercontinentales, humanos, biológicos, agropecuarios, culturales y económicos

Valencia, viernes 09 de agosto de 2019

informaValencia.com.-  Este sábado 10 de agosto, se cumplen 500 años de la primera salida de la expedición en Sevilla, un viaje que cambió la forma de concebir el mundo, ya que se amplió y se abrieron nuevos horizontes, tanto culturales como comerciales.

Describe en la página web del V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo el profesor Carlos Martínez Shaw, (Real Academia de la Historia). Catedrático emérito Universidad Nacional de educación a Distancia, que las consecuencias más inmediatas de la primera vuelta al mundo (que puede considerarse como la culminación de toda una serie de expediciones anteriores, especialmente llevadas a cabo por Cristóbal Colón, Vasco de Gama y Vasco Núñez de Balboa) fueron la inauguración de una red de intercambios intercontinentales, que fueron humanos, biológicos, agropecuarios, culturales y económicos, los cuales incluyeron la creación de redes comerciales entre los diversos continentes y la integración de los mismos en un sistema económico mundial. Este proceso, que implicó a todos los mundos, generó, paradójicamente, la aparición de un solo mundo y la posibilidad de concebir por primera vez una historia universal.


Al arribar en septiembre de 1522 de nuevo a Sanlúcar, su puerto de partida, los supervivientes de la expedición comandada por Magallanes y luego por Elcano, confirmaban la proyección copernicana de la esfericidad de la tierra y completaban tan sólo treinta años más tarde, el sueño colombino de llegar a las Indias desde Europa navegando hacia poniente, comprobar la enorme extensión hacia el sur de ese gran y «desconocido» obstáculo que se había interpuesto en los propósitos de la armada del genovés y sobre todo establecer la finitud y, como diríamos hoy con un tecnoneologismo, la «conectabilidad» de esa esfera sobre la que vivimos: era posible viajar en muchos menos años de los que duraba entonces una vida media a cualquier punto del planeta y, lo que era más importante, también hacer el viaje de vuelta trayendo cualquier tipo de mercancía cuyo valor, incrementado por su exotismo, hiciera que mereciera la pena la «inversión» (Fernando Sáez Lara, director del Museo Nacional de Antropología)


Para Martínez Shaw, la primera vuelta al mundo es, en efecto, uno de los mayores acontecimientos de la historia de la humanidad. Las narraciones del viaje y la difusión de nuevos datos geográficos y etnográficos contribuyeron a ampliar el horizonte mental de la época. Antonio Pigafetta, el principal cronista de la expedición, era consciente de la importancia de su minucioso registro, cuando decía orgulloso, al presentarse ante el ya emperador Carlos V: “Partiendo de Sevilla, pasé a Valladolid, donde presenté a la sacra Majestad de Don Carlos, no oro ni plata, sino cosas para obtener mucho aprecio de tamaño Señor. Entre las otras, le di un libro, escrito por mi mano, con todas las cosas pasadas, día a día, en nuestro viaje”.

Naturalmente, las repercusiones llegaron aún más lejos. Las aspiraciones de España sobre las Molucas sólo se extendieron durante la década de los años veinte, pues tras el fracaso de la armada de fray García Jofre de Loaysa (donde además perdería la vida Juan Sebastián Elcano), Carlos V renunciaría a las Molucas a favor de Portugal por el tratado de Zaragoza de 22 de abril de 1529, sin que nunca se hiciese efectiva una cláusula de reversión estipulada en el mismo. Ello, sin embargo, no fue óbice para la ocupación española de parte del Maluco entre 1606 y 1662 (e incluso de la isla de Siao en el norte de las islas Sulawesi hasta 1677), antes y después de la Unión de las Coronas de España y Portugal, que también propició, además del aludido mantenimiento del control sobre las islas de Tidore y Ternate, la defensa de Macao, la gran factoría lusitana en China, frente al ataque de los holandeses en 1622 y la ocupación de la isla de Formosa (Taiwán) entre 1626 y 1642, defendida también de los holandeses desde los fuertes españoles de Jilong y Tamsui.

La primera vuelta al mundo fue la pieza clave, o más aún, la clave de bóveda para que hoy podamos hablar de una primera globalización o de una primera mundialización. Una globalización que se hizo “per Ibericos”, es decir, traduciendo la frase latina, por la mediación de las naciones ibéricas, por lo que el historiador francés Pierre Chaunu pudo titular un famoso libro “Les Philippines et le Pacifique des Ibériques”, ya que Felipe II pudo establecer su soberanía sobre esas Islas Filipinas, que servirían para extender la influencia española por todo Extremo Oriente y por la Micronesia (con la ocupación en el siglo XVII de las Islas Marianas, que sirvieron de etapa para las travesías hispanas desde Asia a América, y de las Islas Carolinas y Palaos, retenidas por menor tiempo).

De este modo, el archipiélago filipino pudo convertirse en el centro de un comercio transpacífico que unió a la China de los Ming (y luego de los Qing) con el Virreinato de México durante 250 años mediante el llamado Galeón de Manila (o nao de Acapulco o nao de China). De la misma forma, España pudo continuar la exploración del Océano Pacífico ahora en demanda de la Terra Australis hasta la cancelación de este nuevo ciclo de expediciones en 1607 (no sin antes descubrir las islas Salomón, las Marquesas y las Vanuatu y atravesar el estrecho denominado de Torres por otro navegante hispano), de tal modo que el historiador australiano Oskar Spate pudo llamar al Pacífico del siglo XVI “the Spanish Lake”. De ahí finalmente que el verdadero catalizador de la primera globalización, el agente material que la hizo posible, fuera la plata española, es decir la plata proveniente de las minas del Virreinato de México y, en menor medida, de las minas del Virreinato del Perú. Todo eso se encuentra en la semilla de la circunnavegación de Juan Sebastián Elcano y sus valerosos compañeros.

Especies buscando especias

Cuenta el Biólogo y ornitólogo Joaquín Gómez Cano que cuando hace cinco siglos partía de Sevilla la expedición comandada por Fernando de Magallanes, sus miembros salían al encuentro de una naturaleza desconocida. No podían internarse en las selvas ni alejarse de las costas y carecían de prismáticos o de material para bucear en mares tropicales. Sin embargo estaban acostumbrados a vivir en contacto con la naturaleza y pudieron asombrarse con lo que vieron: una esplendorosa biodiversidad, que conocemos en parte gracias a la relación escrita por Pigafetta, de cuyo texto vale la pena entresacar algunos casos llamativos.

Para empezar, cuando menciona que en una isla canaria hay un gran árbol “cuyas hojas y ramas destilan una gran cantidad de agua y al pie de este árbol hay una zanja a manera de estanque a la que cae toda el agua está hablando del garoé herreño, posiblemente Ocotea foetens, un ejemplar que hasta su destrucción por una tormenta, en 1610, dio de beber a hombres y animales y en cuyo lugar se plantó otro similar.

Durante la travesía atlántica, menciona al cagasella que “vive de los excrementos de otros pájaros” a los que persiguen hasta hacérselos soltar. Se trata de un págalo, seguramente el Stercorarius parasiticus, que lo que busca en realidad es hacer regurgitar a otras aves los peces que acaban de capturar.

Cerca de Recife menciona un árbol de tronco espinoso, el Caesalpina echinata, del que se extraía un tinte tan rojo como las brasas (de ahí el nombre de Brasil) y que es utilizado hoy para fabricar el arco de los mejores violines.

En Río de Janeiro encuentra batatas Ipomoea batatas, planta conocida ya por Colón y muy apreciada en Europa. Allí mismo “tienen unos gatos maimones parecidos a los leones pero amarillos. Son bellísimos”. Es el tamarino león dorado Leontopithecus rosalia un precioso monito peludo del tamaño de una ardilla.

Cuando dice que los cerdos de esas tierras tienen el ombligo sobre el lomo, está hablando del pecari, cuya glándula almizclera dorsal es tan notable que hasta no hace mucho se le clasificaba como género Dicotyles; es decir, “dos ombligos” hoy se adscriben a los géneros Pecari o Tayassu.

En Puerto Deseado, ya en tierras desconocidas, ven dos islas tan llenas de patos y lobos marinos que en una hora llenan las cinco naves. Los patos no vuelan, son negros y están tan gordos que en vez de desplumarlos los desuellan. Esta es la primera cita de los pingüinos de Magallanes Spheniscus magellanicus. En cuanto a los lobos marinos, de los que hace una descripción muy precisa, se trata de los Otaria flavescens.

En Puerto San Julián ven a un patagón vestido con la piel de un animal que “tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo”. Esta llamativa mezcla corresponde al guanaco Lama guanicoe. Ven, también, avestruces, zorros y unos conejos más pequeños que los nuestros. Los avestruces son la Rhea americana; es decir el ñandú, un ave no voladora cuyo aspecto recuerda al avestruz africano. Los zorros son los zorros colorados patagónicos Lycalopex culpaeus en concreto la subespecie magellanicus, un gran depredador de estas regiones. En cuanto a los conejos, no está claro, pues las abundantes maras Dolichotis patagonum son bastante grandes.

En el estrecho de Magallanes comen una especie de apio, probablemente el Apium australe, que puede ayudar a prevenir el escorbuto, y contemplan a los peces voladores, los exocetidos,desplazarse por el aire para huir de su depredadores.

En la Filipina isla de Samar, Pigafetta explica el uso que hacen los nativos de la palma de areca Areca catechu cuya nuez, de poder excitante, se mezcla con cal y aromas y se mastica envuelta en hojas de Betel Piper betel. La saliva producida origina frecuentes escupitajos de color rojo.

En Leyte matan un murciélago grande como un águila. Posiblemente el zorro volador filipino, >Acerodon jubatus, hoy a punto de extinguirse. Ven también unas aves grandes como gallinas, negras y de cola larga: son los megapodios y como narra Pigafetta, en vez de empollarlos, la hembra entierra los huevos en arena para controlar su temperatura.

Encontraron dos moluscos tan grandes que la carne de uno pesó 26 libras y la del otro 44. Es la almeja gigante Tridacna gigas, cuya concha sirve de pila bautismal en muchas iglesias españolas. Habla luego de unos árboles cuyas hojas cuando caen a tierra están vivas y andan. Son los fásmidos o insectos hoja, un excelente ejemplo de mimetismo.

Ya en las Molucas habla del ave del Paraíso y cuenta su gran belleza y la importancia ritual como adorno.

Al repasar las frutas y aves típicas de las Molucas, Pigafetta comenta que hay muchos papagayos, algunos blancos a los que llaman cathara (casi seguro la Cacatúa alba, propia de las Molucas ) y otros rojos y , más caros porque hablan mejor.

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