Literatura RELATOS

Aprisco

Img. FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martinez / PALABRAS OLVIDADAS

APRISCO

La vida es eso que te paa por delante mientras encadenas aciertos, fracasos, locuras y te echo de menos. Momento fugaces, felicidad intermitente en la que no reparas hasta que se acaba o se apaga de tanto invocarla. A veces, son también instantes efímeros en los que la magia está en saber que no hay más, que agotada la entrada, se acabó la feria. Curiosa habilidad la de mi mente, que convierte en eterno lo único que no ha durado para siempre. Conocerte no fue casualidad, sino suerte. Esa misma suerte que nos puso en el mismo punto, haciendo de coordinadas, destino, y que nunca más desde entonces, volví a ser el mismo. No digo que hayas sido la única, digo que como tú, ninguna.

Nunca he sido un tipo de impulsos, quizá porque tengo imán para el desastre, pero aquella vez en la que tu ventura y la mía se rozaron al pasar, todo lo mío se volvió éter. Da igual que jure que nunca antes había creído esa movida del amor por amor, del amor sin querer. Da igual que ahora intente razonar lo que la razón no entiende. Da igual que jure sin cruzar los dedos que aquella noche todo duró lo que duran las cosas interminables. Da igual lo que diga: aun callando, en mi silencio tiene eco tu nombre. De aquella noche de emociones inesperadas, guardo tu nombre bordado en piel, la música de un concierto y las ansias litigantes de volverte a ver. 26 años después, eres en mí ganas de volver a ser, no sé si me explico…

– Oye, sígueme el rollo, ¿vale…? – Me sonríes, guiñas los dos ojos a la vez, como una niña pequeña jugando al cucutrás, y tomas asiento en el taburete que hay junto a mí, en la barra.

– ¿Perdona…? – Te miro, fascinado. No es la primera vez que me abordan así, por sorpresa. Pero sí la primera vez que lo hace una cosa bonita como tú.

– No te gires, mis amigas están detrás. Me acabo de jugar la vida y la reencarnación a que soy capaz de decirte que estás como un queso de bola y no morirme de vergüenza… – Suspiras, vuelves a guiñar los dos ojos a la vez. Me tienes. Para lo que sea. Aun no sé muy bien para qué, pero me tienes. Yo, contigo me voy…

– ¿Sabes que si me dices que no me gire, me giraré sin querer, verdad…? – Me río, me meso el pelo y hago mohín de volverme, pero no lo hago.

– No lo harás, porque yo te lo he pedido y sé que eso es suficiente…

No me preguntes por qué, pero no lo hice. No me giré, me quedé mirando para ti y tus ojos intermitentes, de eso que se guiñan, de eso que se abren. El bar estaba lleno de gente, como un jueves cualquiera de final de curso, sin embargo, en aquella barra, solo estábamos tú y yo. Rodeados de bullicio, de risas, de partidas de futbolín, de manos de Mus, órdago a la grande, que el que va a chica, ya se sabe. Pude oír como tus amigas en pleno fenómeno animadoras, pero no me giré. Me lo habías pedido…

– ¿Las oyes…? – Señalas hacia atrás, sin voltearte. Levantas una mano y pides al camarero que te sirva lo mismo que a mí. No sabes lo que bebo, pero no parece importarte – Así desde niñas: siempre animándome en mis calamidades, no me digas que no son maravillosas…

– Tener incondicionales es una suerte… – Te miro, subiéndote de rodillas en la banqueta, para hacerte con un puñado de maicitos salados de un bol que, por localización, no nos pertenece. Aun así, conseguido también, como lo de hablarme sin conocerme. Qué habilidad la tuya…

– Seguro que estás pensando en que soy una fresca, que me siento aquí a tu lado, a darte la chapa porque quiero irme a la cama contigo… – Metes un puñado de maicitos salados en la boca, sin dejar de reír. Otra vez, tus ojos achinados lo alegran todo.

– No me has dado tiempo a pensar nada, la verdad… – No me sorprende tu naturalidad, atractiva que te vuela la cabeza, me sorprende tu pericia para convertirte en centro de casi todo. No puedo apartar la mirada de ti, lo que no se aviene mucho con mi know-how de conquista: desear sin ser descubierto, máster en donde pongo el ojo, pongo el tiro.

– Pensar y yo nos llevamos lo justo. Los impulsos me llevan a situaciones como ésta: chico queso de bola y lady aguántame el cubata… – Levantas tu copa y me incitas a brindar contigo, cosa que hago ipso facto.

– ¿Por qué brindamos…? – Ya con la copas frente a frente, te miro como atravesándote la vida. Desconozco en qué momento de mi vida el destino te tenía preparada para mí, pero qué fortuna no haberme quedado hoy en casa. El tren, la estación y el término, parada y fonda.

– Por nosotros, si me das tiempo…

Y te lo di. Vaya si te lo di. No sé si está bien o mal besar a descocidas de las que no sabes ni su nombre, pero a veces, los formalismos están de más cuando dos cuerpos ya se han elegido. El uno al otro. El otro al uno. Me aproximé a ti, con la intención de darte un beso en la cara, pero tú misma giraste la cara para que mis ganas y las tuyas se comiesen la boquita. Oí a tus amigas festejar ese beso anónimo, un beso de bella sin nombre, que me convenció de que el zapato me encajaba: eras para mí. Estaba de ser, sino ¿de qué alguien puede besar así? Te cogí de la mano y salimos de allí como salen los que se desean más que se hablan. Una huida en toda regla, quizá precipitada por las ansias de ser y estar, quizá también porque yo había quedado, y ser un cabrón tiene un pase, pero serlo y pasárselo por la cara quien no se lo merece, mucho me parecía.

– Me llamo Lena, como la peli… – Me muerdes el cuello. Tocado y hundido.

– …es nombre de Tango… – Te cojo en brazos, asegurándome de que de allí salimos pegados.

Sorteamos calles, coches, parándonos en cada portar para no olvidarnos de que seguíamos siendo dos desconocidos, dos estrellas fugaces a las que el deseo les había pillado con la piel en el punto de partida. Sin rumbo, qué más daba eso cuando lo único importante lo teníamos entre manos. Besarte, Lena, fue como beber con sed. Como dormir con sueño. Como silbar cuando estás contento. Besarte, Lena, fue un acto de necesidad extrema, una trampa sin retorno en la que la única regla era no tener reglas. Quizá esa ausencia de expectativa, la sombra de que esto se acaba en cuanto salga el sol, le daba a lo nuestro un halo de capricho vampírico difícil de explicar, pero increíble de vivir. Ninguno de los dos pensaba en mañana, porque mañana aun estaba por llegar. Nuestro dominio era ahora o nunca. Nos quedamos con lo primero, porque nunca se nos hacía demasiado tiempo.

– Hoy toca Sting en el Monte del Gozo… – Te apunto, improvisando un aprisco para ti con mis brazos sobre una fachada. No dejo de comerte los labios, que a estas alturas ya son más míos que tuyos.

– Yaaaaaaaaaaaaa. A mí la que me gusta es Every breaaaaaath you takeeeeee… – Cierras los ojos, sin zafarte del amasijo de boca y brazos que he improvisado para ti.

– Tarareas fatal, ¿lo sabías…? – Me río, dejando caer mi cabeza en tu cuello. Hueles a gominola de nata y fresa. Harto improbable que ese sea tu perfume, pero el olfato es caprichoso: me apeteces tanto, pero tanto, tanto…

Lo siguiente que recuerdo es cogerte en brazos y meterte en mi coche. El trayecto hasta la zona del concierto fue un sinvivir de coches esperando para aparcar en la zona habilitada. No teníamos entradas, pero muchas ganas de vivir al margen de todo y de todos. Subimos montaña arriba, buscando un lugar en el que las estrellas, el cielo y Sting sonando de fondo hiciese de aquel momento, algo para siempre. Salimos del coche. De lejos, vimos el escenario y a la gente enloquecida con la música y el espectáculo. Te abracé como si hacerlo fuese ya parte de mi forma de vivir. Te abracé, y tu olor a gominola de fresa y nata hizo lo demás. Busqué con mis manos un lugar en el que no sentirme invitado, y toda tú me dio entrada sin restricciones. Suave, llenita de lunares, sinuosa y delicada como una viola, nada en ti que ya no fuese mío y para mí. De lejos, Sting cantaba para ti…

– Everyy breaaaath you taaakeeeee… – Te ríes en mi cuello, sin dejar de pegarte a mí, todo piel, todo tú y yo, para qué más.

– Tarereas fatal, ya te lo dije… – Me río, mientras me pierdo en ti. Cierro los ojos, queriendo quedarme con todo lo tuyo. Esta canción nunca me había gustado demasiado, sin embargo, pelos como escapias…

– Yaaaaaaaaaaaa, pero doy unos besos que te desnuco la vida…

Mientras Sting hacía historia entre el gentío, tú y yo nos dimos al placer de encontrar un lugar en el que no fuésemos dos extraños que se acaban de conocer en un bar. Jugamos con las manos, con la boca, con la piel y el alma, en una noche que sabía que el día convertiría la carroza, en calabaza; la corona, en diadema y al príncipe, en mendigo. Extenuados, aun sin resuello el uno sobre el otro, te dije sin miedo a equivocarme…

– Es la primera vez en mucho tiempo que estoy tan a gusto con alguien… – Y te besé la nariz.

– Es la primera vez en mucho tiempo que estoy tan a gusto, y es contigo…

Me rodeas el cuello con los brazos, y oigo como se te sale el corazón del pecho. Siempre se me han dado fatal las despedidas, casi tan mal como las huidas, así que cuando nos metimos en el coche, con intención de no romper la magia de aquello tan bonito que nos acaba de pasar, tú me lo pusiste fácil.

– Mira, éste es el número de mi casa. Si por lo que sea, mañana crees que lo nuestro tiene derecho a sobrevivir, no lo dudes…

Me extendiste un trozo de papel en el que habías anotado tu teléfono. Los nervios me llevaron a guardarlo en algún lugar segurísimo, a buen recaudo, para llamarte en cuanto saliese el sol. Lo nuestro no solo tenía derecho a sobrevivir, es que lo nuestro nos pertenecía por palabra, por obra y por omisión. Te dejé en el centro, en una calle cualquiera porque habías visto a una de tus amigas. Te despediste de mí como lo hacen las grandes historias que se convierten en épicas: con pasión, con deseo y con acierto. Me abracé a ti y te dije…

– ¿Qué haces mañana para desayunar…? – Te reíste, guiñando los dos ojos de nuevo, tan niña que me muero.

– Planea y dispón, capitán…

Te vi salir y esperé a que te diese la vuelta. Ahora se gira, ahora se gira, ahora se gira, ahora se gira, ahora se gira. Pero no te giraste ni una sola vez. Te vi desaparecer entre la multitud, que para ser tan de madrugada, aun estaban las calles animadas. Eché la mano al bolsillo, para aferrarme al papel que me conducía a ti. Pero el papel ya no estaba. No estaba. Me volví loco, buscando y rebuscando por todas partes. Debajo de los asientos, en la guantera, entre los pedales… nada. La oportunidad de volver a ti había desaparecido. Grité como un loco. Encendí el coche y te busqué mil veces por el centro. Los grupos de chicos, a la puerta de los bares, ya me hacían la ola al verme pasar otra vez, pero ni rastro de ti. Dejé caer mi cabeza de golpe sobre el volante: asumir no volver a verte me quemaba el pecho. Respiré hondo, y el recuerdo de tu olor a gominola de nata y fresa acabó de aniquilarme. Curiosa habilidad la de mi mente, que convierte en eterno lo único que no ha durado para siempre, ya digo. Conocerse es un grado, por eso hoy, tantos años después, sigo pensando que el destino quiso que tú y yo fuésemos un fuego fatuo, una jerigonza del destino que convirtió lo nuestro en el mito de las cavernas de Platón, que cuanto más lo piensas y lo sientes, más mito parece. Más mito es.

Volví al día siguiente al mismo bar, para buscarte. Pero no estabas.

Volví al otro día al mismo bar, para buscarte de nuevo. Pero no estabas.

Volví muchos días durante meses a ese mismo bar en que tú ocupaste la banqueta que estaba a mi lado, robándome la vida sin querer. Pero no estabas. Jamás estabas.

Solo sé que te llamabas Lena y que tenías nombre de Tango. Tantos años después, sigues siendo esa historia bonita que pasa una sola vez en la vida. Sobreviví a tu pérdida, pero a qué precio, Lena, a qué precio. No digo que hayas sido la única, digo que como tú, ninguna, perdona que me repita, pero tenía que decírtelo otra vez…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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