CIENCIA

España fue clave en la llegada del hombre a la Luna

In this 1969 file photo, Apollo 11 astronauts stand next to their spacecraft in 1969, from left: Col. Edwin E. Aldrin, lunar module pilot; Neil Armstrong, flight commander; and Lt. Michael Collins, command module pilot. (AP Photo, file)

Las estaciones espaciales de Fresnedillas, Robledo y Maspalomas fueron determinantes en la llegada al satélite

informaValencia.com.- Las estaciones de seguimiento espacial de Fresnedillas (Madrid), Robledo de Chavela (Madrid) y Maspalomas (Gran Canaria) desempeñaron un papel esencial no sólo durante el viaje épico de julio de 1969, sino en todas las misiones Apolo.

En las olas del Pacífico, a 812 millas náuticas al suroeste de la isla de Hawái, el Apolo 11 finalizaba su epopeya transformado en una balsa. Había caído del cielo triunfalmente, ocho días después de partir de un rincón de Florida, y ahora volvía a convertirse en la embarcación que siempre fue. Los tres astronautas que llevaba en su interior no tardaron en ser rescatados y trasladados al portaaviones USS Hornet, culminando así la que para muchos es la mayor proeza de la humanidad.

Durante la misión Apolo 11, la NASA utilizó las instalaciones principalmente para mantener la comunicación con la nave. Técnicos españoles, entrenados por la propia agencia estadounidense, fueron los encargados de monitorizar las señales, y también las constantes vitales de los astronautas.

El Centro Espacial de Maspalomas fue determinante en el seguimiento del Apolo11, debido sobre todo a su posición estratégica en el Atlántico, que además comparte latitud con la base de lanzamiento de Cabo Cañaveral, en Florida.

La estación de Fresnedillas de la Oliva, integrada en el complejo espacial de Robledo, fue la que tuvo un mayor protagonismo. Para llevar a cabo la misión y posibilitar las comunicaciones, la NASA necesitaba tres señales ubicadas en distintas partes del planeta y este pueblo madrileño fue el elegido en la zona europea. Las otras dos bases se instalaron en Goldstone (California) y en Canberra (Australia).

Uno de los ingenieros que trabajaron en ella fue Carlos González Pintado, quien medio siglo después recuerda con precisión fotográfica hasta el detalle más pequeño de aquellos momentos históricos. «Yo era técnico del sistema de receptores y excitadores», explica a RTVE.es, «mi responsabilidad estribaba en adquirir y conservar de la mejor manera posible la señal proveniente de la nave Apolo y mandar al amplificador de potencia la frecuencia adecuada, junto con la voz y datos, que Houston enviaba para los astronautas».

Alunizaje del Eagle

El momento más delicado de la misión Apolo 11 se produjo durante el alunizaje del Eagle, cuando el comandante Neil Armstrong, en la fase final de la maniobra, decidió interrumpir el pilotaje automático para hacerse con los mandos y llevar el módulo hasta una zona más segura de la superficie lunar, evitando unas rocas no previstas que casi con total seguridad hubieran matado a los dos ocupantes (Armstrong y Aldrin). Les quedaban dieciséis segundos de combustible.


Neil Armstrong decidió su futuro muy joven cuando su padre le enseñó el mundo de las acrobacias aéreas. Esto hizo que con tan sólo 16 años ya tuviese licencia para pilotar aviones y que, posteriormente, obtuviese el título de Ingeniería Aeronáutica. Un piloto audaz y un hombre tímido, que acabó siendo el comandante de la misión espacial que llevaría al ser humano a pisar la Luna.
Tras formar parte de la Marina, se incorporó en el Proyecto Gemini de la NASA. Su siguiente proyecto fue el Apolo 11, que lo convirtió en el primer hombre en pisar la Luna y el primero en pasearse por ella, aunque apenas llegaron a 60 metros del módulo lunar y el tiempo total sobre la superficie lunar fue de una dos horas y media, el más breve de las misiones Apolo que depositaron a seres humanos en el satélite.
Pese a entrar con nombre propio en la historia de la Humanidad, Armstrong esquivó la fama y se negaba a considerarse un héroe, tan solo alguien que tenía una responsabilidad que cumplir y pudo llevar a cabo con éxito. Cumplida la misión, abandonó la NASA y se mudó a una granja en su Ohio natal para dedicarse a dar clases en la Universidad de Cincinnati.
Rechazó ofertas para entrar en política y siguió colaborando con la agencia espacial estadounidense investigando los accidentes del Apolo 13 y el transbordador Challenger. El resto de su vida evitó reconocimientos públicos prácticamente hasta el final de su existencia, en 2012.

Las palabras mágicas fluyeron desde la superficie de la Luna hasta el centro de control de Houston, pasando por las instalaciones españolas y recorriendo el fondo del Atlántico a través de un cable submarino: «Aquí Base de la Tranquilidad. El Águila ha aterrizado». Tiempo total de la comunicación: 1,7 segundos (1,3 para llegar desde la Luna a Madrid, y 0,4 para cubrir el trayecto restante).

«Debido a los problemillas del aterrizaje y el hecho de tener que posar la nave a mano incrementaron la tensión un poco, pero todos estábamos seguros que aquello iba a salir bien», describe González Pintado, quitando hierro a aquel percance.

Aunque con apenas cuatro décimas de segundo de margen, los trabajadores de las estaciones de Fresnedillas y Robledo de Chavela fueron los primeros en la Tierra en tener noticia del alunizaje del Eagle. Y también escucharon antes que nadie el otro gran momento histórico de la misión, la mítica frase que pronunció Neil Armstrong al pisar la Luna: «Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad».


El segundo hombre en caminar sobre la superficie lunar fue Edwin E. «Buzz» Aldrin. Se doctoró en Astronáutica en el MIT, fue piloto de cazas en Corea y colaboró en el proyecto Gemini 12. Su amplia experiencia lo avalaba como un gran candidato para tripular el Apolo 11. Fue piloto del módulo lunar de esa nave, el Eagle, y según el protocolo tendría que haber sido el primero en pisar la Luna.
Sin embargo, por su temperamento y los antecedentes familiares de depresión, la NASA optó por dejar caer el peso de la fama sobre Armstrong, el comandante de la misión.
Aldrin, con un carácter más disponible para los medios de comunicación, ha sido el mejor propagandista de los tres. Conferenciante, autor de varios libros sobre los programas espaciales, fue imagen publicitaria en videojuegos y su nombre inspiró el del conocido personaje de las películas animadas de Toy Story, el juguete espacial ‘Buzz’ Lightyear. Con todo, no pudo evitar hundirse tras su regreso a la Tierra y cayó en una depresión severa durante un tiempo, además de tener problemas de alcoholismo

Otros momentos de tensión

González Pintado, para quien haber contribuido directamente a una de las grandes gestas de la humanidad supone «un gran orgullo y una gran satisfacción», confiesa que «el posar la nave no disminuyó la responsabilidad de que mi equipo siguiera funcionando a pleno rendimiento». Como recuerda, hubo otros muchos momentos de tensión:

– «El lanzamiento hasta que el cohete Saturno V alcanzó una altura y velocidad de seguridad».
– «La maniobra de frenado para entrar en la órbita lunar y que, además, sucedía detrás de la Luna».
– «La maniobra de separación de los módulos que también sucedía detrás de la Luna».
– «La maniobra de aterrizaje ya mencionada, y la posterior de despegue».
– «El encendido del motor del módulo de servicio para volver a la Tierra que también sucedía detrás de la Luna».
– «La reentrada en la atmosfera terrestre».

«La euforia se quedó en segundo término, y solo cuando pasamos el testigo a Goldstone dejó de fluir la adrenalina y se disparó la euforia. Aun así, esta fue bastante contenida porque quedaban muchas cosas por hacer. Solo dejé mi emoción desbordarse cuando vi a los astronautas en el océano y cómo los rescataba la Navy», describe.

Las tres estaciones en la actualidad

Actualmente, la estación de Maspalomas ha pasado a pertenecer al Instituto de Técnica Aeroespacial (INTA) y se encarga del seguimiento de los satélites españoles, y de colaboraciones conjuntas tanto con la NASA como con la Agencia Espacial Europea (ESA).

Fresnedillas de la Oliva terminó su colaboración con la NASA en 1984. La agencia norteamericana tiene actualmente centradas sus operaciones en España en la estación de Robledo de Chavela.


Por último, Michael Collins fue el hombre elegido entre otros treinta astronautas para conducir el módulo de mando, Columbia. Su llegada a la tripulación del Apolo 11 fue casi una carambola, al ingresar a última hora como suplente en la tripulación del Apolo 8, que por el protocolo de la NASA se convertiría en la tripulación titular del Apolo 11.
Estadounidense nacido en Roma, Collins tuvo que permanecer casi 24 horas solo en ese módulo mientras sus compañeros exploraban el satélite. Pese a que había tenido claustrofobia en el pasado, su mayor preocupación era que Armstrong y Aldrin no volviesen de la misión y le tocase abandonarlos allí. Se quedó sin pasear por la Luna, pero al menos pudo tocarla mediante las muestras que sus compañeros subieron al Columbia.
Fue un soporte para la misión no solo por su respaldo técnico sino por su cordial forma de ser, frente a un comandante Armstrong más introvertido. Tras un breve paso por la política, Collins dirigió entre 1971 y 1978 el Museo Nacional del Aire y el Espacio de Estados Unidos, en Washington, y continuó ligado a su carrera trabajando en una empresa aeroespacial. También es autor de varios libros

 

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