Literatura RELATOS

Bocel

Imagen de Francisco Álvarez

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

BOCEL

Dejarlo fue un acto suicida, un ardid cobarde haciéndose pasar por heroico del que difícilmente puedo desprenderte ahora que tanto te echo de menos. Saberte lejos, desearte cerca y tú tan lejos, es ya mi forma de ser, de no ser, de no estar y de existir. En época de lluvia, nada hacer presagiar la sequía. Sin embargo, la escasez de líquido elemento siempre llega; llámalo amor, llámalo deseo y susurra tu nombre, verás como aciertas. El que deja el grifo abierto sin importarle la factura, pronto descubre que otro bebe de su aljibe. De su copa de cristal de pie fino y elegante. De tu mano bonita, esa misma que hasta hace nada y un plenilunio, solo me acariciaba a mí…

– ¡Qué importa desde cuándo, Guillermo! – Te tapas la cara con las manos – No es cuándo, es por qué…

– Disculpa, cariño, pensé que, en todo esto, el mal parado era yo… – La ironía es mi única tabla de salvación. Lástima que no la fabriquen de fibra de vidrio, tan a prueba de tempestades y miedos – Acabas de decirme que te acuestas con Dani…

– N-o m-e a-c-u-e-s-t-o c-o-n Dani… – Suspiras y mueves la cabeza de un lado al otro, aun con las manos en la cara, poniéndote a salvo de nosotros.

– ¿Cómo que no te acuestas con él, Sara…? – Siempre he sido negado con las emociones y los sentimientos, así que no sé si estoy enfadado, dolido y atemorizado. La sola idea de imaginarte desnuda sobre él, me hiela la sangre.

– No, no me acuesto con él. Fue una vez nada más, una vez. Y no por falta de ganas, sino por falta de valor…

Hay sinceridades que duelen más que un par de hostias, y las recibes a bocajarro, en todo el hocico, te está bien por preguntar. Esa sensación incómoda de saber que era yo el que te cerraba los ojos mientras arqueabas la espalda, pidiéndome más, pero no era en mí en quien pensabas, sino en él, me atraviesa el alma y el pundonor. Ser el primero de los últimos no es mi estilo; no sé vivir con la sensación apocalíptica de que todo puede acabar en cualquier momento, cuando alguien vuelva a abrirte su cama, oliendo a recién duchado, con el pelo mojado y a pecho descubierto. Nunca he sentido celos. Nunca. Quizá porque hasta hoy nunca he tenido un miedo semejante: la idea de perderte me vuelve loco. Loco, Sara. Loco.

– No lo entiendo, nena. Te juro que no lo entiendo… – El impulso de atravesar la pared a cabezazos existe. No hace falta ser un capullo que no sabe beber para tener tentaciones extremas. Solo hace falta ira y dolor. De ambas cosas voy servido.

– Es que no hay nada que entender, Guillermo. Pasó y pasó… – Apoyas la cabeza en las rodillas, sin dejar de mirarme. Tienes los ojos llenitos de pena, pero no de culpa, y eso me exaspera más.

– ¿Me quieres decir que fue solo sexo? ¿Un polvo…? ¿Pones lo nuestro al borde de la nada por un puto polvo…

Hay palabras que cuando las pronuncias en un contexto que no te pertenece, en el que tú no tocas, ni besas, ni acaricias, ni susurras al oído dime cuánto te gusta, mami, te dejan en KO técnico. Tocado y hundido, qué bonito el gato, lástima que esté perdido sin chapa y sin correa. Situaciones que te pertenecen, y te pertenecen tanto, que son tuyas incluso cuando no lo son. No tienes dueño, Sara. Claro que no lo tienes. Puedes hacer con lo tuyo lo que te plazca, y en este caso, no hay duda que el placer fue moneda de cambio. ¿Pero qué pasa conmigo? ¿Con lo nuestro? ¿Con lo construido, contra viento y marea, a prueba de enfados y convivencia, de reconciliaciones y besos de madrugada con sabor a soy un imbécil, amor, un completo imbécil? ¿Qué pasa con todo lo que era de los dos, pero que tú has convertido en tuyo y mío, carril de doble sentido? ¿Qué pasa con la imagen desgarradora de imaginarte besando otra boca que no es mi boca? Nunca he sido celoso. Nunca. Hasta ahora. La idea de perderte, Sara. Loco, joder. Loco.

– ¡No te vengas de santo, Guillermo, que te queda muy mal el hábito…! – Ahora sí lloras. Es curioso como la rabia y la tristeza pueden confluir en un mismo caudal.

– Pensé que eso estaba superado. Lo hemos hablado mil veces… – Me suda la nuca. Los remordimientos, teloneros de los aquí se acabó lo que se daba.

– No se puede superar lo que nunca acaba, ¿verdad…? – Me miras, angustiada, pero segura. Curioso que seas tú la que nos acaba de fallar a los dos, y ahora sea yo el motivo del escape de gas.

– Si ahora me dices que lo de Dani es por despecho, me matas…

Elena. Suelto aire por no explotar. Lo mío con Elena quedó atrás, tan atrás, que volver a ella, es retroceder en la vida. Ella y yo fuimos pareja hasta que te cruzaste en mi camino. Ella fue mi primer amor de piso compartido, de hacer la compra juntos, de planear vacaciones compartiendo maleta. Ella y yo éramos un amor sólido y compacto, hasta que me enamoré de ti. Entonces, aquel torreón imperturbable, con bocel y cornisas a vista de pájaro, se vino abajo. Por ti, Elena pasó a pretérito, porque en ti yo me quería, y lo sabes. Pero el pasado, obstinado y cabrón, a veces se cuela en tu cama y no puedes decir que no a un lugar al que has sido feliz y a un amor que te has comido a dos manos, degustando cada bocado sin hacer pausa para café y postre. Elena y yo pasamos de ser pareja a ser amigos que se tocan, y vernos desnudos de cuando en vez se convirtió en esa forma de quererse sin expectativas. Mal por no decírtelo. Mal por no pensar en el daño que te hacía. Mal por confiar en que podía jugar a controlarlo todo sin que salieses herida…

– Ojalá fuese venganza: es dolor. Y es soledad. Y es impotencia. Y es saber que esto no se va a acabar nunca… – Te levantas, pasando por mi lado sin dejar de llorar. Me siento una mierda, ya ves. Eres tú la que acaba en la cama con Dani, pero soy yo el que tiene una punzada en el ombligo. Curiosa habilidad la tuya…

– Dejé de verla porque tú me lo pediste, y aun así, no te llega… – Te cojo la mano al vuelo, para que no te vayas del salón. Sé que si lo haces, todo el pescado estará vendido…

– Yo no te pedí que dejaras de verla, ni de besarla siquiera… – Esa mirada dulce tan tuya es ahora hiel. Y miedo también – … te pedí que dejases de amarla.

– Uno no elige si ama o no ama. Uno ama y punto, Sara… – Dejo caer mi cabeza en tu ombligo. Puedo oler tu piel a través de tu vestido. Dulce y deliciosa, tan mía que no puede ser lo más. Pero también de Dani, que la mente es cabrona y no olvida.

– Pues haberme amado a mí como la amabas a ella… – Me acaricias la cabeza, sin dejar de llorar – Dani no es más que un flotador mientras me obligo a olvidarte.

– Nadie olvida sintiendo algo todavía, Sara… – Te rodeo con los brazos, poniendo mis manos en tu cadera. Tantas veces este recorrido ha sido senda de lo demás, que me cuesta no impulsarte sobre mí, hundir mi cara en tu cuello y bajar en apnea hasta tus piernas, ay, esas piernas preciosas.

– Ese es el problema: que tú no olvidas a Elena, porque la sigues queriendo…

Te vi avanzar, pasillo adelante y no fui hombre para tirarme a tus pies y rogarte. Incluso los condenados a muerte tienen derecho a tres deseos. Tres putos deseos, aunque a mí me holgasen dos: contigo, para qué más. Todo me sobraba, entonces y ahora. Pero ya es tarde para decirte lo que nunca te dije, porque además de torpe con las emociones y los sentimientos, soy vago para los afectos que me vienen regalados. Me quisiste como nadie me ha querido nunca, y posiblemente no me volveré a sentir igual de bien querido jamás. Puede que ame y libe otros cuerpos que me recuerden que soy un Judas con suerte. Puede que Elena vea en tu huida un campo libre de minas, puede. Aun así, Sara, echarte de menos como yo te echo, esa es ya mi penitencia y mi mayorazgo. No sé si alguna vez te lo dije, pero de entre todas las niñas bonitas, yo, amor, me quedo contigo. Donde quiera que vayas, llévate también tus recuerdos en el bolsillo, porque el fantasma de tu ausencia sigue acostado en mi cama, durmiendo a sus anchas mientras yo me maldigo.

Te quiero. Te quiero en defensa propia, por si aun vale de algo cuando de nosotros ya solo queda un bonito final estropeado…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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