Literatura RELATOS

Numen

Imagen: FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez /PALABRAS OLVIDADAS

NUMEN

Nunca he sido bueno con las despedidas, y menos cuando el que se va soy yo. Me voy contra mi voluntad, contra mi ser, contra mi corazón obstinado, que aunque torpe y suicida, sabe cuando tiene que plegar velas, levar anclas, calibrar el viento y hacerse al mar, ese mar bravío y pertinaz, en el que cualquier sirena canta para mí, aunque yo ya no tenga oídos más que para ti. Tarde para convencerte de que puedo ser el tipo que tú crees que soy. Tarde para ser el tipo al que una vez le cediste tu lado de la cama. Tarde para darle al botón de vuelta atrás, al de Julia, te juro que esta vez saldrá bien, confía en mí. Tarde para pedir perdón y arreglarlo, porque cuando un vaso se rompe en mil pedazos, quién tiene cojones a pegarlo sin que el líquido se salga por las grietas. Tarde, muy tarde. Y aun así…

– ¿Cómo hemos llegado a esto, Julia…? – Con la cabeza hundida en mi pecho, te acaricio el pelo, sabiendo que seguramente ésta sea la última vez que tu piel y la mía se amen frente a frente.

– Dímelo tú. Dímelo tú si sabes, Gustavo… – Eso tan tuyo, sea lo que sea, que te hace tan vulnerable como preciosa, me perseguirá mientras viva. Me lo llevaré conmigo donde quiera que vaya, aunque sea al mismísimo infierno.

– De entre todas las cosas buenas, de entre todas las cosas jodidamente buenas y que me hacen sentir bien… – Hundo mi nariz en tu pelo. Hueles a casa, a numen de artista virtuoso, a meta volante al final del trayecto, a niña bonita, si me dejas, me muero.

– Ese es el problema: de entre todas. Pero no yo quiero ser una entre muchas. No puedo ser una entre muchas. Me haces daño, ¿no lo ves…?

Sollozas y me mojas la camiseta con tus penas. Hacerte llorar me convierte aún más en un tipo deleznable, un mamón sin escrúpulos, que solo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena; que solo se acuerda de ti cuando la madrugada lo levanta en otras camas, en otros cuerpos, en otras conquistas que inevitablemente siempre me remiten a ti. Pero otra vez tarde, porque cuando te veo en quien no eres tú, en un desnudo cualquiera que a tu lado es un trampantojo, en un maniquí al que todo le sienta bien, porque no hay costura que le rasque, me siento roto pero libre. Sin complicaciones, sin promesas, sin responsabilidades, sin presiones, sin mañana comemos en casa de mis padres, por favor, no te retrases. A las demás, esas que nunca son tú y a las que no pertenezco, no les importa si voy o vengo, si llego y después desaparezco, porque en eso reside mi magia. Basta saber qué saco yo de todo eso, salvo un buen polvo, remordimientos edición coleccionista y la promesa farisea de que nunca volverá a pasar. Nunca. Pero nunca resulta ser demasiado tiempo para un necio como yo…

– ¿Te acuerdas de la primera que nos vimos…? – Suspiro y te abrazo fuerte. Hablar de cosas bonitas, de épocas en las que entre tú y yo aún había puentes por tender, ‘bienvenidos a la Tierra Prometida, hagan el favor de cuidar sus pertenencias’, amortigua el golpe.

– No nos vimos: nos besamos…

Levantas la mirada y me llevas contigo a aquel lugar en el que un día fuimos desconocidos, pero todo encajaba como si la eternidad nos tejiese las manos con un lazo firme y seguro, a prueba de tempestades, de mentiras de patitas cortas, de besos culpables, que siempre saben a esta no es la última vez, pero tienes que ayudarme a creer en mí. Aquel lugar en el que tus labios y los míos decidieron que había llegado el momento, que estábamos preparados para lo bueno, dejando en nuestras manos el éxito o el fracaso. Y como cuando la contienda es grande y las expectativas desproporcionadas, me dije ‘adelante, chaval: todo por ella’. Pero se ve que soy de mecha corta y explosiva, porque en cuanto el olor a pólvora me hizo hábito, el gusto por una nueva medalla en la pechera volvió a asomar el hocico.

– Era fin de año, besarse estaba de ser… – Te cojo la cara con las manos, tal y como hice entonces. Tienes los ojos tristes, tan tristes como yo, pero en ti, me duele más que en mí, porque lo mío me lo he buscado yo, no sé si me entiendes…

– Toda la noche mirándonos, para esperar a que las campanadas nos empujasen a lo inevitable… – Lloras otra vez. Mierda, me siento fatal. Ojalá pudiese ser otro, de otra manera, alguien al que querer no costase tanto. Maldito el día que me crucé en tu camino para hacerte sufrir. Para cagarla como la he cagado.

– ¡Cómo no te iba a mirar…! Eras como una muñeca de purpurina… – Me río y te beso la nariz. Muero por comerte la boca, pero oficialmente, ya no tengo derecho a incendiar lo que aun sabe a mí, pero ya no me pertenece.

Aun así, esa boca es mía.

Mía.

Mía.

– Una muñeca de purpurina con novio, borracho, pero novio… – Te ríes, haciendo el gesto de caracol con los dedos. Cierto, no fue muy elegante, pero visto lo visto, él no iba a darte el beso de la suerte después de las uvas, así que, ni un paso atrás, Gustavo.

– Tu novio era un imbécil, alguien tenía que decírtelo… – Me río y te doy un beso en uno de los cuernos de caracol que improvisas con la mano. Te estremeces. Yo también, porque donde poso los labios, me poso por entero. Seguiría brazo arriba, poco a poco, midiendo cada centímetro de piel suave que me separa de tu cuello bonito.

– Tengo buen ojo para los hombres, no hay duda… – Sigues mirándome, sin pestañear. Dos lágrimas gordas como mis errores gordos, caen mejilla abajo, para acabar en tu mentón. Te beso esa estalactita de sentimientos rotos, bebiéndome lo salobre del daño que te hago. No merezco nada. Y menos a ti. Dos hostias no te digo. Pero a ti, no.

– Julia… – Tengo el corazón al borde del colapso. No es latir, es huir de mí, y lo entiendo: yo también lo haría.

– Te pido por favor que te vayas ahora, que aun no hemos metido la pata… – Te tapas la cara con las manos y lloras sin descanso. Me siento mal. Muy mal. Ayer aun hubiese estado a tiempo de casi todo, pero otra vez los cantos de sirena, el maniquí al que todo le encaja, el cuerpo que, a oscuras y sin pensar, me remite a ti sin ti. Otra vez llegar de madrugada, con otro beso ardiéndome en la cara.

– ¿Y qué hago yo sin ti, Julia…? – Hasta ahora no lo sabía, pero llorar es fácil. Basta con no poner tabique a las culpas, a los miedos, a los te quieros que salen a borbotones y sin control. Llorar es mi forma de amarte cuando amarte ya no es mi suerte.

– No te puedo ayudar, porque a duras penas sé qué voy a hacer yo sin ti…

Te levantas, poniendo distancia física entre tú y yo. Con lo nuestro a la deriva, rebotando como una pelota contra un muro, te metes en el baño. Oigo el calentador de agua caliente y el grifo de la bañera, primero enérgico, luego amortiguado por la espuma de tu gel de fresa y nata. Nadie en el mundo huele a caramelo según sale de la ducha. Tú sí, y ese olor dulzón e infantil, inunda la casa mientras hago la maleta. Tantos años de convivencia dan para muchas pertenencias, pero cuesta creer que todo quepa en un bolso con cremallera. Jeans, camisetas, camisas, zapas, cinturones, pañuelos… Todo cabe, menos lo único que no puedo llevarme y que, sin embargo, irá conmigo para siempre: tú. En la mesilla de noche hay una foto de los dos, sonriendo, abrazados en la playa, ajenos a esta mierda que hoy nos destruye. No es amar como te amo, sino mal quererte como te quiero, me dices. No vi lo que eras ni lo que eras en mí. Maldita sea mi suerte, a dónde voy sin ti, pero conmigo.

– Julia, me voy… – Con la frente apoyada en la puerta, te oigo moverte dentro del agua de la bañera. Pero no dices nada – Me voy…

Silencio.

A veces, la bala no suena, pero hiere y mata. Vendo tristeza por no poder mantenerla.

Y cierro la puerta de casa, de esa casa que aun sigue siendo nuestra hasta que deje las llaves sobre la ménsula de la entrada. Me llevo conmigo lo peor de mí, y dejo aquí lo único que me importa. Bajo las escaleras como un autómata. Uno, dos, tres pisos. Podría haber cogido el ascensor, pero dilatar la huida debe ser mi plan, sin saberlo. Al llegar a la puerta, veo que llueve como nunca. No soy previsor, no soy un tipo de paraguas y chubasquero. No soy de los que ven la nube y se amedrentan. Pero la lluvia llega. Vaya si llega. Para muestra un botón. Abro la puerta y salgo a la calle. Gente va y viene, cada uno a lo suyo, ajenos a mierda de vida y de condición. Ser un cabrón tiene un precio, recién acabo de caer en la cuenta. Miro hacia arriba, buscando una señal de qué hacer, hacia dónde ir, cómo morir sin darme cuenta, ya si eso. La lluvia me cala entero, y esa sensación desagradable me ayuda a sentirme bien, como si el castigo divino en forma de frío y temblor, me estuviese merecido. Arranco a andar, porque qué más puedo hacer…

– ¡Gustavo…! – Me giro, y te veo en el portal, en bragas y camiseta, con el pelo empapado y descalza – Te voy a querer mientras viva. Solo quería que lo supieses…

– Quererme como yo te quiero, mucho querer me parece… – Me encojo de hombros, bajo la cabeza y me enjugo los ojos. Lloro. No se nota, porque la lluvia se conchaba conmigo.

– Si alguna vez piensas en mí, que sepas que ya yo lo hice antes… – Te llevas las manos a los labios y modelas un beso para mí. Mi beso. Mi amor. Mi tú. Mi por favor, vuelve a mí.

Te pierdo tras la puerta del portal. Sigue lloviendo, a lo mejor no y soy yo, que me diluyo. Sigo andando, a donde quiera que me conduzcan mis pasos y mi cuerpo desvencijado. No sé lo que es romper cuando ya no amas, pero dejarlo sabiendo que posiblemente no amarás a nadie como a ella, es jodido y difícil. Tan difícil como entender que los vasos rotos siempre filtran. Siempre…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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