Literatura RELATOS

Murgular

IMAGEN FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

MURGULAR

Probablemente, enamorarme de ti no estuviese ni en tus planes ni en los míos. Probablemente, mirarnos como lo hacemos, desafiando a lo inevitable, a lo que arde e incinera, a lo que importa y a lo que duele. A todo lo que se interponga entre tú y yo, que en la misma línea y saboreado entre labios, suena tan a nosotros, que no puede sonarlo más. Créeme si te digo, Candela, que morir por comerte la boca no era un objetivo sino un fin. En ti, parada y fonda. Charada del destino ponernos frente a frente cuando a ti ya te amaba mi mejor amigo…

– Llego tarde, lo siento… – Me abrazas de verdad, con ganas de abrazarme; y eso lo noto yo, lo notas tú y lo nota hasta el camarero, que se desdice en su intención de preguntar qué tomas.

– Acabo de llegar… – Mentira, claro. Sobre la mesa, una taza de café con los bordes resecos, me delata. Sin embargo, ya estás aquí, y es lo único que importa.

– Rober me dijo que se nos sumaba dentro de una hora, que tenía lío en el despacho…

Te acomodas, sacándote el abrigo, la bufanda, el gorrito y los guantes. Ligera de lanas y aderezos, eres tan bonita que mirarte me da pudor. Sé que puedo mirarte, porque mirarte no computa como pecado, como delito, como falta de lealtad hacia Rober. Aun así, no te miro tanto como me gustaría, por temor a que descubras este miedo mío a no saberte para mí. Me sonríes, como si tu sonrisa no fuese un dardo vertiginoso, directo al blanco de la diana, 50 puntos bonus track. No eres la primera chica bonita por la que pierdo la cabeza. No eres la primera chica bonita con la que podría perder hasta el alma. Por eso, cuando veo que de corazón también voy tocado, ahí es cuando me pongo la ‘L de prácticas’, incorpórese poco a poco al carril de tráfico lento, gracias.

– Me acaba de mandar un mensaje. Cuídamela, dice… – Hago mohín, encogiéndome de hombros y arqueando las cejas. Te ríes. Cómo me gusta tu risa. Y tu no risa. Y tú, toda por entero. Hagas o no hagas. Digas o no digas. Quemes o no quemes. Me gustas tanto, Candela…

– Cualquiera diría que estoy en peligro… – Me miras a los ojos, rotunda y segura. De los dos, el vulnerable soy yo. Rober no lo sospecha si quiera, de lo contrario, el mensaje de cuídamelo te lo hubiese enviado a ti, no a mí.

– Cualquiera diría… – Te mantengo la mirada, porque si la bajo, sé que lo mismo la magia se hace trizas. Estar a solas los dos no se da con frecuencia. Sé que esto no es una cita, que estamos esperando a Rober, pero también sé que los dos estamos cómodos. Tan cómodos…

– ¿El qué…? – Pizpireta, jugueteas con los granitos de azúcar que pululan por la mesa. Los amontonas como duna del desierto, murgulando un dedo en la cúspide, explosión dulce e incontrolada. Una y otra vez, sin dejar de mirarme.

– ¿El qué…? – Te acerco un granito de azúcar con mi dedo, tocando el tuyo en un sin querer, pero ya que estoy, aquí me quedo.

– Que si estoy en peligro, digo…

Con tu dedo haces círculos en el mío. Ya no compartimos grano de azúcar. Ya no hay golosa mercancía para tu improvisada montaña. Esa ausencia de excusas es, en sí, la admonición de lo único: en buscarnos ya no cabe parada. El camarero vuelve a irse de vacío: do not disturb. Crime scene. Tengo cuarenta años, he vivido de todo, incluso estoy de vuelta de casi todo. Así lo creía hasta ahora mismo, que me veo incapaz de parar lo inevitable o coger impulso y saltar al vacío. Sea lo que sea, que pase, por favor. Que pase…

– Amar es un poco eso, ¿no crees…? – Me río, sabiendo que detrás de mi risa hay tanta zozobra como necesidad de que me eches una mano. No es mi estado natural ser inseguro, sin embargo, aquí me estoy, pidiendo caricias de gato, pasando el lomo por debajo de biés de tu falda.

– En qué mal momento nos hemos cruzado tú y yo, Lucas… – Haces círculos con tu dedo en mi mano, electricidad en estado puro, emociones desbocadas en el borde de la piscina, 3, 2, 1.

– Esto ya no lo para nadie…

Entrelazo mis dedos con los tuyos, sin mirar hacia para puerta. Rober puede entrar en cualquier momento, pero yo no puedo ya con este ‘muero por tenerte’ apretándome el sentido. Y como si mis manos y las tuyas hubiesen estado esperándose una eternidad, encajamos como un puzle, entrante con saliente, la del medio siempre pieza polivalente. Tienes la mirada clavada en algún punto entre tu vida y la mía, y sea cual sea ese punto, necesito pase per nocta, boleto de ida sin vuelta.

– Lucas, ¿qué estamos haciendo…? – Tienes los ojos llenos de lágrimas, fragilidad y miedo – Rober no se merece esto…

– Pero nosotros sí… -Te limpio las lágrimas con mi mano. Tienes la piel suave como un melocotón. Dios de mi vida, me muero si no te toco.

Recuerdo salir de la cafetería con prisa, de la mano, desafiando a la suerte y a la casuística: la probabilidad de cruzarnos con Rober eran muchas. Muchísimas. Sin embargo, bajo el aguacero sorteamos charcos, coches que levantaban agua en abanico, directo a nuestros pies, que inasequibles al desaliento, nos conducían al escenario en el que dejaríamos de ser tú y yo para ser nosotros. Ya en mi casa, empapados y febriles, fuimos dejando la ropa por el suelo, hasta quedarnos con las ganas desnudas. El móvil sonaba y sonaba. Primero el mío. Después el tuyo. Sonaba y sonaba, hasta que dejó de sonar. A cada intento de Rober por saber de nosotros, nuestros besos se hacían más necesarios. Como dos locos a los que la cordura aterra, nos entregamos en una batalla tan golosa como perentoria. De sobra sabíamos que aquello no era un fuego fatuo, pasión por lo prohibido, todo lo bueno es ilegal, es inmoral o enamora. Con mi cuerpo sobre ti, alicatado de piel y emociones, bailamos una balada de caricias y sutileza, voy y vengo, voy y vengo, voy y vengo. Te miro, y me veo en ti y para ti. Eres esa cereza deliciosa, encarnada y jugosa, tersa e incitante, que cuando la muerdes, explosión y delirio. Te perfilo la boca con mis dedos, dejando caer mi cabeza junto a tu cuello.

– Y qué si yo te quiero… – Susurro, sorprendido por mi habilidad para con lo inapropiado. Me abrazas, aun con tus piernas alrededor de mí, toda tú mi cinturón de Hipólita.

– Y qué si me gusta que me quieras… – El teléfono volvió a sonar. Ahora un WhatsApp. Ninguno de los dos nos movimos, estado civil: dentro de mí.

Amarte como te amé aquella tarde no me convierte en un tipo noble, en un tipo leal que se viste por los pies. Debí respetar el pacto entre caballeros: a la princesa que vale la pena se la queda el primero en conquistarla. Pero el que acuño esta gilipollez, Candela, no había visto tu cuerpo desnudo tendido en mi cama, atractivo del Renacimiento. Rober ya no es mi amigo. Dice que soy un cabrón. Un cabrón con pintas. Lo asumo, porque hacerlo me redime en parte de la putada que le hicimos. Perderte fue un golpe en zona blanda, una saeta en todo el corazón, porque vivir sin ti es jodido. Y te lo digo yo, que antes de ser primera espada, vi los toros desde la barrera. Los amigos no hacen esto, me dijo antes de maldecirme. Pero qué culpa tendré yo de que tú seas tan para mí, nena. Qué culpa tendré yo…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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