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Antonio Gil-Terrón Puchades

Valencia, 25 de mayo de 2019

Mediante la utilización de programas de adoctrinamiento en colegios e institutos, y con el apoyo incondicional de la mayoría de cadenas de televisión, se ha desestructurado no solo el conejo de una famosa cocinera, o los marchitos huevos de un célebre chef, sino todos los valores tradicionales, procedentes de la civilización occidental cristiana, tales como la honradez, la honestidad, la nobleza (no de sangre, sino de espíritu), la urbanidad, el respeto a los mayores, el valor del esfuerzo personal como contrapunto a la cultura del “pelotazo”, la defensa del desprotegido, el amor al prójimo, etc. Pero especialmente, se han tomado muchas molestias, demasiadas para ser casualidad, en desestructurar el pilar básico de la sociedad: LA FAMILIA.

Lo gracioso del caso, es que ha sido precisamente la denostada institución familiar, quien más ha hecho durante la pasada -y aún no concluida- crisis económica, por la dignidad y supervivencia de aquellos que han sido abandonados a su suerte por las instituciones del Estado.

Hijos que tras haber formado su propia familia y creado su ansiado hogar, tuvieron que, por pura supervivencia, retornar a casa de sus padres, en donde abuelos, padres, hijos, y nietos, han compartido – evangélicamente – espacio y pan, estirando al filo de lo imposible, las magras y enjutas pensiones de los abuelos.

En esta durísima crisis que hemos padecido, y comenzamos a volver a padecer (130.000 nuevos parados desde hace un año [*]), si no hubiese sido por la labor de auténtica ONG que ha desempeñado y desempeña en España la institución familiar, posiblemente hubiésemos acabado a tiros por las calles.

Si quieren desestructurar los huevos del chef, o el conejo de la cocinera, que los desestructuren y luego, si quieren, que los congelen con nitrógeno líquido, pero que dejen en paz a la familia y sus valores, porque estamos jugando con el pilar básico que sustenta nuestra civilización, y si el pilar falla, todo va detrás como un castillo de naipes.

Quienes fomentan la desestructuración de la familia, saben muy bien lo que hacen y no están locos; aunque para poder llevar a cabo su labor de demolición, necesiten del siempre necesario silencio de los corderos.

 

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