Literatura RELATOS

Arrebol

Imagen DE FRANCISCO ALVAREZ

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

ARREBOL

– Deja de torturarte, tío. A veces las cosas no salen bien, ya está. No es culpa de nadie. Todo empieza y acaba, y ya. Te sobran tías por las que perder la cabeza…

No es que no agradezca una sesión de cerveza y desahogo, es que ya no me encaja el discurso de no le des más vueltas, ya volverá pidiendo perdón. Porque los meses pasan, la vida pasa añorando cada puto momento en el que ser feliz contigo era lo normal. Hacía norma y me marcaba a fuego, como las reses con dueño, pero de esto no me di cuenta hasta que te vi coger tus cosas, besarme con ese sabor que tienen los adioses a destiempo, mezcla de óxido y carmín, tan ‘lo que hubiera dado por no tener que dejarte, gustándote como me gustas’. Habíamos discutido mil veces. Aquella no era más que la mil y una, sin embargo, ya no valió de nada el rodearte, improvisando con mis brazos un corralito de ganas y de aquí no te vas si no es conmigo. Cagarla es mi especialidad, no hace falta que nadie me lo diga, pero tú me habías perdonado tantas veces esta incapacidad para hacerte feliz, que pensé que tirando de piel y deseo, me iba a salir bien una vez más. Pero se ve que la suerte no es infinita, porque cuando te vi tocando fondo, llorando por lo mucho que me quieres, maldita sea mi suerte, qué habré hecho yo para que todo contigo acabe siempre así, supe que golpe venía de frente, a porta gayola…

– ¿Así cómo, Elsa…? – Te pregunto, acortando tu huida con mi frente sobre la tuya.

– Con el corazón helado, Gonzalo…

El corazón helado. Ese corazón que es imposible que no sienta y no vibre, porque toda tú eres luz, explosión de sentimiento. Desde el primer día que te vi. Desde aquella primera vez en la que la casualidad nos llevó a coincidir en esa geoda que se convirtió en la diana de las emociones compartidas, de los besos robados al albur y a la madrugada, sabiendo que, si no nos entregábamos sin red, apuesta al todo o nada, hagan juego señores, aquello se acabaría sin haber empezado. Venecia, boda de unos amigos en común. Y como los amores de verano, que calan porque la caducidad los hace épicos, me gustaste tanto y al instante, que me dije, es mía y para mí. Pase lo que pase, arda lo que arda. Yo estaba acompañado, porque el destino sabía que si nos lo ponía fácil, lo mismo la cosa no acabaría como acabó: siendo la jodida historia, la única historia de mi vida en la que ser el guapo consentido no fue garante de éxito.

– ¿Será que nos conocemos de antes tú y yo…? – Te dije, acercándote los zapatos que te acababas de quitar para descansar en un columpio de jardín.

– Lo dudo: me acordaría… – Me sonreíste. No una sonrisa cualquiera. Tú sonrisa, esa por la que cualquier cuerdo perdería la cabeza, pero que yo pensé, mierda, te doy mis alas, morena bonita.

– ¿Eres amiga de Juan o de Carolina…? – Pregunto, tomando asiento, mientras tus amigas te increpan que las sigas, que el chicoooo guapo tiene noviaaaaa.

– De Carolina. Bueno, y de Juan, porque…

– … porque estos cuatro meses de noviazgo express fueron como siameses… – Te corto, sin dejar de reír. Me retrepo en el columpio. Tú no haces ademán de irte, ni cuando tus amigas siguen con la cosa de no te quedes ahí, que estás pisando arenas movedizas…

– ¡Exacto! Pegados con el pegamento que más pega… – Recoges las piernas con los brazos, moviendo los deditos de los pies al son de la melodía de ‘Vivir sin aire’, que suena, lejana, desde el salón donde todos bailan.

– El pegamento que más pega… – Me río otra vez. Solo hay dos cosas que me gusten más que una niña bonita: una niña bonita ocurrente y una niña bonita ocurrente mirándome como tú lo haces. Flotar, igual no, pero casi. Ahí voy.

– No todos los pegamentos pegan igual. Por ejemplo: si ambos estuviesen pegados con pegamento de barra, poca vida le auguro a ese amor… – También te ríes. Sigues moviendo los dedos de los pies al son de la música, con la cabeza apoyada en tus rodillas. Aun no me has preguntado cómo me llamo. Parece no preocuparte demasiado.

– Si Carolina y Juan estuviesen pegados con pegamento de barra serían un par de cromos, que tampoco me parece mal plan si los ponen juntos en el álbum… – Esto es surrealista, sin embargo, me priva jugar a tu juego. Tu sonrisa hace fácil no sentirme ridículo en este cortejo infantil, de faldita de tablas, calcetines altos y carpeta de anillas.

– Ahá… – Me miras, risueña, y no dices nada.

– Ahá. ¿Qué, ahá…? – Te mantengo la mirada, pero no sé muy bien cómo, porque tengo mariposas mordiéndome el ombligo. No sé quién eres, ni siquiera cómo te llamas, pero podría estar aquí, hablando de pegamento y viéndote mover los deditos mi vida entera.

– Me encanta esta canción… – Cierras los ojos y tarareas algo, con voz rota y aniñada, seguramente fruto de la noche anterior, despedida de soltera, fiesta de pijamas hasta la deshora.

– ¿Te gusta Maná…? – Adopto tu misma posición, buscando no perder el lazo que une tus ojos con los míos.

– No. Me gustan las emociones que me regala esta canción, nada más…

El columpio es pequeño, dos plazas de mentira que hacen que estemos más próximos de lo que sería menester en un par de desconocidos. Este tropezar el uno con el otro sin querer, hace fácil imaginar lo dulce que sería tocarse a plena piel. Supongo que tú no lo piensas, porque las chicas sois más maduras a la hora de dejaros ir, pero a mí ya me sobran minutos para saber que de aquí no me muevo. Desde el salón, veo a mi novia bailando con unos y con otros, riéndose con la novia y sus primas. Verla entretenida y feliz, me exime de cierta culpa por lo que estoy sintiendo. Sea lo que sea lo que está sucediendo, es mío, y ella no entra en el juego.

– Me llamo Gonzalo, y seguro que tú también tienes un nombre… – No extiendo la mano, ni hago ademán de darte un beso, porque temo que si me aproximo más a ti, salgas corriendo o, en su defecto, sea yo el que corra tras de ti. Para siempre. Run, Forrest, run…!

– Gonzalo es nombre de chico malo… – Te ríes, con picardía. ¡Dios de mi vida, me va a dar un infarto! Tu candidez es malvada. Se me salen los latidos por la boca. Eres tan linda…

– Habladurías… – Me río, nervioso.

– Elsa… – Te encoges de hombros, sonríes y haces girar un dedo, en gesto de dale, venga, que ganas.

– ¡Como la princesa Frozen…! – Hago reverencia, a sus pies, Majestad.

– Los chicos suelen completar la frase con ‘Pataki’. Pero tú no… – No parpadeas: me oxigenas. Tienes los ojos pequeñitos, pero vivarachos. Y cuando sonríes, casi no se te ven. Aun así, cuántas ganas de meterme dentro. Por favor, que esto no acabe nunca.

– ¿Y eso me convierte de chico malo en chico bueno…?

Busco acomodo para que mi culo y tu culo no se estorben en un espacio tan pequeño. Tan íntimo, aunque rodeado. Desde dentro del salón, el vocerío no cesa. Y a nosotros qué nos importa, parece ser. No me contestas, solo me miras y sigues la melodía de la música con los pies. Ya no es Maná, será cualquier otro soplagaitas romanticón de esos que calientan el ambiente en las bodas, para que de una movida, salga otra movida. Pero a ti te vale para enredarlo todo con el movimiento graciosos de unos pies lastimados por unos tacones en los que un acróbata tendría vértigo. Nunca lo entenderé, claro que yo no soy tía. Absorto en tus deditos pizpiretos, reparo en que dejas de moverlos. Te miro…

– ¿Crees en los flechazos…? – Tic, tac, tic, tac. Si el fin del mundo llega, que me lo diga esa boquita perfecta. Besos a bocados, a poquito a poco, hasta dejarte los labios sudados.

Lo siguiente que recuerdo fue a mi novia en la puerta del salón, con los brazos en jarras, llamándome cabrón de mierda, ya sabía yo que traerte no era una buena idea, gracias por arruinar la boda de Carolina. De todo lo que podía haber dicho al ver cómo te cogía en brazos y salíamos juntos por la verja del jardín, desoyendo toda clase de merecidas pestes, pero que me importaban un solemne carajo, poco me pareció. Tú te cobijabas en mi cuello, y oírte respirar cerca de mí no solo me gustaba, sino que me volvía loco. De atar. Aquello ya no había quién lo parase ni quien quisiese hacerlo. Todas tus amigas te llamaban, enloquecidas. Todas, menos una, que desde lejos, nos tiró el ramo nupcial que le había caído en suerte en medio del la que lo coja, que se dé por jodida. Sed felices, Elsa, vive, coño, viveeeeeeeeeeeeeeeeeeeee, nos dijo.

– Gonzalo, esto no está bien… – Dentro del coche alquilado, ya a salvo de arrepentimientos y esto es una locura, buscas mi cara con tus manos.

– Claro que lo está, ya lo creo que lo está… – Te siento sobre mí, ganas desde hace una vida y un eón.

Y entonces, sucede. Allí mismo, entre vía Santa Croce y Dorsoduro, tú y yo, tu arrebol de niña bonita y este tipo loco por ti, nos damos un beso, ese primer beso tan atropellado, interminable, tierno, frenético y delicioso, que acaba por darnos la razón en la locura de las decisiones que se toman sin pensar: gustarnos estaba escrito. Arranco el coche, rumbo al hotel. Tres, cuatro, cinco calles, qué sé yo, todas me parecen la misma, porque en mi cabeza solo está el momento en el que tu cuerpo y mío y no tengan coraza. La habitación 207 da cobijo y verdad a una forma de amarse para lo que ninguno de los dos está preparado. Habla por ti, que decía el otro, y así lo hago, Elsa, porque anda que no habré perdido yo la cabeza por cuerpos cincelados, por polvos mágicos sin estela, que cuando me pongo la camiseta y las zapatillas, cierro ciclo y conquista. Pero tú, ay, tú. Antes de hacer girar la llave en la habitación, ya los dos estamos desnudos contra la puerta. Vestidos, eso sí, pero desnudos, porque cuando las manos se obstinan en ver, ven. Y sienten. Y gozan. Y saborean. Y perfilan. Y en todo ello, eras tan bonita. Me sabías tan bonita. Me apetecías tan bonita. Y de todo me sacié, porque hablando de ti, Elsa, no hay placer que me llegue. Por eso hoy que ya no te tengo, aferrarme a la moviola de lo bueno de mí, que solo has sido tú, me vale para seguir a flote mientras no se me lleva la tormenta. Soy un estúpido egoísta, que no supo ver que lo único, no tiene duplicidades. Solo tú mereces la pena, y sin embargo, esa especialidad tan mía de sentirme vivo y de cacería. La cagué, Elsa, y éste es ya mi castigo.

Cómo borrar de mi piel que cuando tu boca y mi boca se juntan, hay lío. Cómo. Elsa, sin ti, ya no. Porque no puedo. Maldita sea mi suerte, claro, y maldito yo. Maldito sea yo si me faltas. Y ya lo creo que me faltas…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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