Literatura RELATOS

Adamar

Img. FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

ADAMAR

Nunca he sido de las chicas que lloran por algo en concreto. Lloro porque sí o porque no, que tampoco hay que centrar la jugada cuando se trata de venirse arriba, depurando penas y soledades. Enamorarse como una imbécil del tipo equivocado siempre ha sido mi fuerte, mi razón de ser, pero hacerlo dos veces del mismo imbécil, es un don natural de difícil explicación. Y no es que yo me analice mucho, pero siempre sobra quien te recuerde que tienes imán para el desastre, para los chicos que hacen pupa, para los que ni suman ni restan ni multiplican. Para los chicos guapos que hacen de mí una loca poseída, capaz de sollozar, mandarte al carajo y sonreír mientras me sorbo los mocos, en aras de que no sean mis velas lo último que recuerdes de mí antes de salir huyendo. Esos chicos que no merecen la pena, y entre los cuales, jamás estarás tú.

– Es la última vez que le cojo el teléfono, te lo juro, Dani…

Hago círculos con el dedo en el sinfín de granitos de azúcar que campan a sus anchas por la mesa. Derramar el azucarillo al abrirlo es mi otro don. Y qué si solo a mí me pasa: en mi caos me muevo como sirenita en la orilla, ilusión que no falte.

– Claro… – No te miro, pero sé que tu claro es una tirita para mi alma rota.

– En serio… – Estoy tan hecha mierda, qué hecha mierda estoy…

– Claro… – No te miro, pero te siento. Tu mano, siempre tu mano, se acerca al patio de los granitos de azúcar, en busca, quizá, de recreo.

– A mí no me gusta sufrir, yo no busco estar siempre pidiéndote que pegues mis trocitos…

Dejo caer la cabeza sobre la mesa, lo que me da una perspectiva nívea de la movida que he montado con el azúcar. Un mar de diminutos granitos blancos y brillantes, como polvo de diamantes, que, si sigo su estela, me conduce a ti. Te miro. Eres tan grandote, tan buen tipo, tan amigo de tus amigos, tan amigo de tus amigas, tan amigo mío, que cuesta entender cómo puedes compartir género y especie con los que me hacen llorar. Tú eres de otra pasta, un tipo especial que la suerte ha puesto en mi camino para ayudarme a sobrevivirme. Recomponerme es tu fuerte. No sé cómo lo haces, pero algo hay en ti que hace de mis pupas, tu corazón. Años llevas viéndome así, jurando y desjurando cosas que no tardo en incumplir, y haciendo un drama de casi todo menos de lo que realmente lo es: no tengo radar para los gilipollas. Soy una gilipollasless, pero eso a ti no te incomoda. Tú me recoges como venga, en los trozos que venga, y haces de lutier de mi alma, de mi piel y de mis ganas.

Tus manos, esas manos enérgicas y divertidas, que lo mismo me hacen cosquillas, que me improvisan un bigote cuando me pongo intensa, son las que pegan mis ‘no puedo más’ con mis ‘quiero dormir cien años’, como la pánfila aquella que se pinchó con el huso de la rueca de hilar. Tus manos como remos, que me empujan a seguir, poniéndome a salvo de los remolinos y de la corriente. Tus manos y las mías, tan distintas, Dani. Sin embargo, se hacen sitio. Se buscan. Ronean como dos gatos en enero. Un juego de prestidigitación sibarita, tan tú, tan yo, tan nosotros, que visto desde fuera, quizá diga lo que no es. Lo que no hay. Lo que no tuvo tiempo de ser, aunque los dos sepamos, que algo hay, porque nunca dejó de haberlo. Que no hay amor sin adamar, ni remolino sin tolvanera. Que no hay adamar como el nuestro, ni tolvanera sin miedo a nadar sin hacer pie.

Esas manos largas y masculinas, toscas en el trazo, pero reconfortantes que me muero, estuvieron solo una vez sobre mí. No sobre mis manos. Sobre mí. Aquella vez que los dos pensamos que era una buena idea irnos a la cama, convertirnos en amigos que se acarician, porque qué tiene de malo besarse la piel, si el alma ya la tenemos más que saboreada. Unas copas después, la idea genial de cagarla estaba en marcha. En el portal, como los veinteañeros a los que las ganas les cercenan el cerebro, nos tocamos todo con prisa, ansiosos por saber si éramos tan compatibles en horizontal como en vertical. Desnudos antes de llegar al rellano, éramos otros. Dos desconocidos a los que les habían prestado una máscara con nuestras caras. Aquella valentía inicial del me muero si no te tengo encima, se tornó en esto se te va de las manos, Cloe. No es que no quisiese entornar los ojos y cerrar el círculo, mis piernas alrededor de ti. Tu todo contra mi todo. Una versión incandescente de nosotros, fragua de herrero en la arde el por favor, sigue y no pares ni aunque te lo pida, porque, créeme, no sería verdad. No es que no quisiese respirar tu cuello sudado, al que seguro me aferraría para pedirte vete tú a saber qué cosas al oído, que no tardarías en darme. No fue eso, sino miedo. Miedo a que la fábula de amigos que se dan estopa se me quedase clavada en el hipotálamo, y cuando yo quisiese más, tú tirases del freno, proyectándome contra la luna delantera una vez más. Estrellada contra mis malas decisiones, pero esta vez sin ti para unir las teselas de lo que quedase de mí. Desistí de la idea de rozarte con la lengua y los labios, de arriba abajo, de abajo arriba, y desistí en defensa propia: ¿quién cuidaría de mí cuando todo se viniese abajo? Puede que no sea así, me dijiste, respirando entrecortado. Todo aquello que me tocaba, lo quería dentro de mí. Y sin embargo…

– Puedo vivir sin esto, Dani, pero no sin ti…

Y con la misma, nos tumbamos boca arriba, mirando al techo y me abrazaste. No me reprochaste no haberlo pensado antes, que para decir no, hubo tiempo. Solo me abrazaste y cerraste los ojos. Yo hice lo mismo, pero sin dejar de acariciar tus pies con los míos. Desnudos en mi cama, volvíamos a ser Dani y Cloe, pero con la incomodidad de saber que nos deseábamos tanto, pero tanto, tanto, que amigos sonaba ya a palabra coja. Me besaste la frente, poniéndome la cara sobre tu pecho. Pude oír como tu corazón bravo doblaba campanas por mí y lo mío. Sé sensata, Cloe, lo fácil es cagarla. Así a todo, hundí mi nariz en tu cuello. De entre todos los olores deliciosos, Dani, me quedo contigo. Si fuésemos dos desconocidos, si la vida no nos hubiese dejado claro que somos como un par de calcetines: hechos el uno para el otro. Me muero por comerte la boca, pero no lo hago. No lo hago, al menos, con los ojos abiertos. Me quedo dormida sabiendo que posiblemente ésta sea la decisión más complicada que he tomado nunca, pero tan necesaria, al fin y al cabo. Aquel día amanecimos juntos, abrazados y seguros de que lo nuestro era ya para siempre. De aquello hacen ya dos años, pero la sensación contrariada de desearte y necesitarte, me acompaña desde entonces. Día a día, sin pasar uno, celebrando que el único atisbo de sensatez que tuve en mi vida, hubiese sido entre mis sábanas. Acostarnos entonces hubiese sido ese momento en el que el Chupachup vence su dureza y da paso al chicle, delicioso, dulce y suave. Delirium tremens: furia y ganas, dime que sí.

– Dani, ¿por qué todo es tan difícil siempre? ¿Por qué me enamore de quien me enamore, siempre sale mal…? – Vale, ahora hipo. Hago ruido gutural, rollo orca de delfinario. Es lo que me faltaba para acabar de sentirme bien.

– ¿Quieres la repuesta larga o la corta…? – Jugueteas con mis dedos. En perspectiva, con la cabeza apoyada en la mesa, tus manos y las mías bailan gustos y emociones dormidas.

– Yo ya solo quiero la extremaunción… – Lloro y hago pucheros, porque contigo no tengo que impostar nada: ser yo y serlo a gusto. Contigo tiene validez todo lo mío.

Silencio. Me miras con la cabeza también apoyada en la mesa. Ese contacto visual no me es ajeno ni nuevo, porque una vez, hace dos años, también me miraste así. Podría decirte que lo olvidé, Dani, que desde aquella noche en la que dormí desnuda a tu lado sin dejar de soñar que te tenía encima, solo te veo como un amigo del alma. Pero a estas alturas, entre tú y yo pocas memeces caben. Nos gustamos tanto….Nos gustamos como locos. Tus manos y las mías vuelven a bailar algo que solo ellas saben, pero que, en todo caso, tú y yo festejamos a golpe de piel erizada, escalofríos y ganas, pero muchas ganas. En qué momento pensé que no desearte era el camino para olvidarte…

– Dani, ¿por qué todo es tan difícil siempre? ¿Por qué me enamore de quien me enamore, siempre sale mal…? – Itero, pero en un hilo de voz tan trémulo como agitado.

– Porque ningún tío es lo jodidamente hombre como para amarte como mereces…

Me levantas la cabeza con las manos y, de un golpe, deslizas la mesa hacia un lado. Nos quedamos frente a frente, silla contra silla, agarrados de las manos. Segundos, años, un mes, qué más da, nos miramos y presiento, porque no puedo dejar de mirarte para comprobarlo, que somos el centro de atención de todo el local. Sin embargo, ahí estamos, frente a frente, como dos adolescentes haciendo manitas. Con idéntica destreza, tiras de mi silla con un pie, provocando que mi aterrizaje en ti sea inminente. Pongo mis piernas sobre las tuyas, buscando un acomodo que ya lleva mi nombre. Dejas caer tu frente contra la mía y con las manos, tiras de mí. A horcajadas sobre ti, el mundo se dispara. Giro y giro y giro. Giro tanto, que mis penas y mis miedos salen despedidos. Te oigo respirar en ese aire que es ya también el mío. Podría levantarme e irme. Podría. Si quisiera…

– Dani… – Me sellas los labios con un dedo.

– Cloe: hablas demasiado…

Y me recorres los labios con los tuyos, sin posarlos siquiera para hacerte con ese beso que nos falta. Llámame loca, pero oigo tu corazón, igual de expectante y lunático que el mío. Giro y giro y giro. Esta comodidad inquietante de puerto seguro, a cubierto de tormenta y tempestades, pero tan a merced de una ola gigante y silenciosa, que cuando presientes el desastre, ya lo tienes encima.

– ¿Y si todo sale mal…? ¿Quién pegará mis trocitos para olvidarte…? – Sigues perfilándome los labios con los tuyos.

– Tus trocitos, Cloe, los llevo pegados de por vida…

Y ya no hay miedo, ni mariposas mil veces contenidas. Ya no hay nada que no seas tú, porque de esto ya no hay forma de apearse. Sea lo que sea, que seas tú. Que sea contigo. No es besar, Dani, es besar como besas tú, tan pegamento para todo lo mío….

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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