Literatura RELATOS

Petricor

FOTOGRAFÍA: FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

PETRICOR

Tal vez, que tú y yo acabásemos así estaba escrito en la tabla de los elementos. Física, química y tenernos ganas, muchas ganas. Debería hablar de amor, pero eso fue más tarde, tanto, que cuando llegó, tuvimos que pasar los dedos por encima para descifrarlo, buscando espacio y relieve, espacio, espacio, relieve, puro sentimiento invidente, mapa de dominio en Braille. Tal vez, que tú y yo acabásemos así, sin más necesidad que piel y prisas, fue un señuelo delicioso y tentador, uno de esos que según muerdes, te das por perdido. No eres el primer cuerpo bonito que han dibujado mis manos. No eres la primera chica por la que he perdido la cabeza y el sentido. No eres el primer golpe de suerte tras la tormenta y su deriva. Sin embargo, me sabes a primeras veces, a torpeza y a deseo, a me muero si no tengo. Esto nunca te lo había dicho, quizá porque aun no estaba preparado para necesitarte.

– Podría reconocerte con los ojos cerrados, en medio de la nada, en mitad del océano… – Te digo, perfilando tu contorno, desde la nuca hasta el tobillo.

– No lo harías: siempre habría sirenas distrayéndote por el camino… – Hundes la cara en la almohada. Te oigo reír. Me gusta tu risa. También me gusta tu risa.

– Los piratas que hemos doblado el Cabo de Hornos y nos hemos ganado un aro en la oreja… – Dibujo sobre tu espalda una línea sinuosa, que te hace estremecer – …sabemos lo que hay que hacer cuando escuchamos los cantos de sirena.

– ¿Llevároslas a la cama…?

Vuelves a reír, con la cara ladeada, mirando fijamente a la ventana. Fuera, llueva casi tanto como el día del diluvio aquel, pero aquí dentro, las gotas nos resbalan, como nos resbala el frío, la sed, el sueño, el hambre, pero no el miedo. La lluvia tiene algo enigmático cuando golpea el cristal, y ese olor inconfundible, ese petricor resilente y puñetero que me recuerda que huerto que no se riega, hierba que no reverdece. Sigo dibujando alas en tu espalda, quizá para darte armas cuando decidas alzar el vuelo. Tienes el dorso plagado de diminutos lunares, que si hilvano uno detrás de otro, improviso constelaciones desconocidas. Me gusta unirlos en triángulo, en círculo, en líneas largas e interminables, que hacen que tu piel se erice, haciendo la ola. Respiras entrecortado, agitada, quizá por la idea de las sirenas y mi cama. Quizá porque tu piel y mi piel son dos extremos del mismo lazo…

– Lara, no debí dejarte escapar la primera vez que te vi. ¿Cuántos años teníamos, veinte…? – Asientes, con los ojos cerrados, aun sobre la almohada.

– Veinte, jeans de talle alto, jersey cuello Perkins y bomber de satén… – Haces la señal de victoria con la mano y te ríes. Te ríes mucho – Me dejaste escapar porque había mucho pescado en la red.

– Bueno, tú tampoco eras manca, chata… – Dejo caer mi cabeza en tu cuello. Te respiro hondo, queriendo quedarme con ese instante delicioso de sudor y sed de más – Siempre tenías novio. Si no era uno, era otro: ¡entrarte era imposible!

– ¡Venga, hombre, no se te pasaba por la cabeza…! – Chascas la lengua – Ahora tengo pareja, los dos la tenemos, y ya veo lo que te importa…

– Ahora somos viejos tunantes: dejar pasar esto es del género gilipollas, no me digas… – Hueles a vainilla. Tu pelo huele a vainilla, y debes de ser la única chica cuyo pelo huele a vainilla. No es que yo haya hundido mi nariz en la cabellera de todas las mujeres del mundo, pero dudo que nadie pueda oler como tú. Tu aroma me da calambre, no sé si me entiendes.

– Esto… – Repites, mirando como jugueteo con tu pelo.

– Esto, lo nuestro… – Improviso un pincel con un mechón, y te hago cosquillas en los párpados.

– Lo nuestro. ¿Y qué es lo nuestro, Pablo? – Abres los ojos y me los clavas en el subconsciente. Incluso cuando teníamos veinte años y no habíamos tenido nada, cruzarme contigo era como una lanza en el cerebro. Tu forma de mirarme me atraviesa hoy igual que entonces.

– Lo nuestro es esto, no hay definición ortodoxa a lo que nos pasa, y sin embargo… – Te giro, poniéndome sobre ti – …nos pasa. Ya lo creo que nos pasa.

– Lucas quiere casarse… – Tu forma de mirarme, me perfora, una vez más. Pero nunca antes como ahora.

– ¿¡Lucas quiere casarse…!? ¿Y para qué quiere casarse Lucas…? – Joder, Pablo, calladito estás más guapo.

– Supongo que quiere casarse para ver si de una vez por todas sales de mi cabeza, de mi vida y de entre mis piernas…. – Sigues mirándome, fijamente. Arqueas las cejas y con una mano, mesas mis rizos, una y otra vez, una y otra vez, enredando y desenredando sentimientos.

– Perdona que te lo diga, Lara, pero Lucas es idiota… – Dejo caer mi frente en la tuya. Dios mío, Lucas quiere casarse. ¿De qué mierda va todo esto…? – Y tú, ¿quieres casarte tú?

Suspiras. Haces un mohín con los labios que te confiere un aire aniñado tan tú, que me vuelvo loco. Dime que no te vas a casar con ese tipo que te prefiere compartida, antes que echarte de su vida. No estoy yo para dar lecciones de moral a nadie, que estoy tendido y desnudo sobre la chica de otro, pero yo sí que no puedo pensar que él toca lo que es mío, porque me enciendo vivo. Lucas está en tu vida, porque tú no me dejas opción. Jamás me has dicho que lo vas a dejar. Ya, claro, yo también tengo a Paula, pero Paula y yo somos un bonito parche, que nos vemos, nos besamos y nos reímos, pero no nos echamos de menos. Somos un fijo discontinuo, con todos los derechos, pero que jamás reclamas por si se te acaba el contrato. A Paula no le molesta que hable de ti, porque sabe que Lucas tiene todas las de ganar. ¡Qué cabronas y qué listas sois las mujeres…!

– ¿Tú quieres casarte con Lucas…? – Incido, inmovilizándote los brazos mientras te como la boca.

– Yo, lo único que quiero, es saber qué soy para ti, imbécil… – Cierras los ojos y te dejas besar, quizá sabiendo que éste sea el último beso furtivo que nos llevemos al paladar.

– Se me dan fatal las etiquetas, Lara… – Si esta fuese la última vez que nos viésemos, pasaría la historia de tu vida como un cretino indeciso, un tipo capaz de follarte hasta la apnea, pero incapaz de decirte que te quiere. Doy un cuadro de Velázquez cojonudo, no me digas.

– Prueba, a lo mejor no es tan difícil como piensas…

Me coges la cara con las manos, besándome los párpados. Un vaivén de escalofríos y ganas de estar dentro de ti no me dejan pensar. Una etiqueta, una etiqueta, una etiqueta. Ponerle nombre a lo nuestro. Lucas quiere casarse. Quiero saber qué soy para ti, imbécil. Fast Rewind. No puedo pensar, contigo entre mis brazos, con tus piernas alrededor de mí, es todo un reto, oda al autocontrol. Ahora mismo, vendería mi alma al diablo, como el Fausto de Goethe, pero el diablo quiere etiqueta, quiere saber qué eres para mí, y te juro, Lara, que no lo sé ni yo. Nunca he sido un tío de novias ni de convivencia, pero contigo todo es distinto. No eres el primer cuerpo bonito que han dibujado mis manos. No eres la primera chica por la que he perdido la cabeza y el sentido. No eres el primer golpe de suerte tras la tormenta y su deriva. Sin embargo, me sabes a primeras veces, a torpeza y a deseo, a me muero si no tengo. Esto nunca te lo había dicho, quizá porque aun no estaba preparado para necesitarte.

– Lara, no me dejes… – Te miro a los ojos, mientras busco cobijo dentro de tu cuerpo.

– No me dejes ir… – Te agarras a mí con fuerza, asiendo ese hilo invisible que enreda todo tú y yo nos rozamos.

– Yo no sé querer… – Si una verdad dije, fue ésta. Y, sin embargo, el vértigo que me produce pensar en que esta es la última vez que voy a borrarte la piel a besos, me ahoga.

Y me ahogué. Vaya si me ahogué. Náufrago a la deriva, que no hubo botella que no rondase, puerta que no rompiese de pura rabia ni princesa que no besase, buscando siempre que se convirtiese en sapo. Me llegaron fotos, vídeos y mensajes de WhastsApp con condolencias por la movida de la boda de Lara y Lucas, una putada, chaval, después de dos años viéndoos y tan colgado como estabas por ella, va y se casa con el atolondrado de los cojones. Con ese mismo, de la mano y radiante, con semblante feliz y decidido, me borraste de tu vida, de tu cabeza y de tu corazón, pero nunca pudiste borrarme de tu piel, porque tanto tiempo después, casualidad o infortunio, coincidimos en el ascensor de este hotel de Barcelona y los dos nos abrazamos, tan de verdad como cuando lo hacíamos sin ropa, en busca de una etiqueta que le encajase a lo nuestro. Nos miramos, alegres y confundidos, y ninguno de los dos dijo nada al respecto de tantos años de silencio y olvido. Un abrazo que supo a beso contenido, a caricia robada al esto no se mira, esto no toca, esto no se desea. Del bajo al quinto piso, sabiendo que si hay cielo, por pelotas lo estábamos rozando con las manos.

– ¿Cómo te va la vida, Larita…? ¡Qué bonita estás…! – Me tiemblan las manos, tengo miedo a parecerte un pusilánime de mierda. Me gustas. Me gustas tanto como siempre. Creo que en algún sitio hay una carta astral en la que dice que todo yo conduce hacia ti.

– Ahora, mejor… – Me miras con esos ojos pequeñitos que todo lo ven, menos a un gilipollas arrepentido, muerto de amor – Pablo, te he echado tanto de menos…

– Lara… – Se abren las puertas del ascensor, tenemos que bajar o subir o bajar y subir, pero el ascensor no es un meeting point. Pulso la planta doce, latidos en tiempo de descuento – siento haber sido un cobarde de mierda. ¡Tengo etiqueta! ¿Quieres mi etiqueta?

– ¡Quiero etiqueta…! – Lloras abrazada a mí. No sé si el ascensor nos proyectará hacia el espacio. La planta doce, tejado, nube, estratosfera y a tomar por culo. Todo me vale, porque aquí estoy, contigo otra vez.

– Te quiero. No he dejado de quererte ni un solo día desde que… – Se me corta la voz. Otra vez me siento un mierdas, un tipo flojo delante de la mujer de su vida. Tienes dos plantas más para metértela en el bote, para hacerla sentir única, parada y fonda.

– Ya no estoy con Lucas, no funcionó… Siempre quise a otro – Me besas los ojos, la nariz, la boca, el cuello. Yo qué sé, lo mismo no me besas tanto, pero a mí me lo parece. Estoy sudando, tengo el corazón a punto de pedir exilio.

– Ese otro, déjame que sea yo…

Llegamos a la planta doce. El pasillo, oscuro y angosto, inhóspito y en desuso nos pareció una cama con dosel, ventilador y servicio de habitaciones. Hacía tanto tiempo que no estaba tan a gusto con nadie, que así llegase el fin del mundo, con su meteorito, sus dinosaurios, sus profecías de Nostradamus y las viejas del visillo, diciendo que follar en pasillo ajeno es pecado, una vergüenza y un pasarle a los demás por la cara la vida buena y rica, oda al si no os sentís así, si no amáis así, si no lloráis así, buscaos una etiqueta que os encienda. Aquella moqueta adamascada fue nuestra alfombra de Aladino, pasaporte al fin del mundo, en el que ya no hubo nunca para la duda.

– Te quiero, Lara, ¿ves? Ya no me vuelvo tartamudo al pronunciarlo.

– ¿A que no era tan difícil…?

Un año, soledad a manos llenas, una cirrosis social y mis noches de me cago en mi puta vida, eres un cobarde sin ley y sin nombre. Un año después, un matrimonio fallido y mil sueños rotos por el camino, promesas de mañana empiezo la terapia del ya mismito te olvido, el piso doce nos subió al séptimo cielo. Cuando decir te quiero es quererlo todo, y quererlo ya. Lara, muero por ti. ¿Ves? Con esto tampoco tartamudeo…

www.noemartinez.es

FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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