Literatura RELATOS

Adarce

ADARCE. Noe Martínez. Imagen FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

ADARCE

Con los pies fríos no se puede llorar, porque si lo haces, las lágrimas heladas se te clavan allá por donde pasan; impías y lacerantes, se aseguran de que antes de surcarte el mentón, tu sonrisa haya muerto de lástima. Y la lástima, como otros tesoros de los que hago acopio desde que ya no estás, da muy malos días y unas pésimas noches. Noches como la de hoy, en la que cierro los ojos y mi corazón cree que aun estás. Disculpa si mientras te echo de menos, me dejo ir en las ganas de volver a tenerte. No es soledad, es ausencia, y para eso, no hay beso que valga. Salvo que sea tuyo. Cuando lo improbable sabe a imposible, no hay manera de quitarse el gusto a óxido de los labios.

– Qué difícil es desear a quien no sabe qué hacer contigo… – Te digo, mientras remuevo un café que me sabe a hiel.

– Yo sí sé qué hacer contigo, Darío, pero a ti, no te llega… – Vainilla y nata. No hay mucha gente que tome helados de vainilla y nata, sin embargo, tú nunca tomas otro que no sea éste.

– ¿Me das…?

Intercepto tu cuchara, directa a tu boca, cargada de helado a medio derretir. No te suelto y dejo que seas tú la que me deje libar eso tan rico que sólo tú defines como único. Vainilla y nata, mantecado y crema, dulce y untuoso, suave y terso. Me miras, divertida, porque sabes que detrás de la mano, te comería entera. Me quedo mirándote.

– Greta, yo no quiero una cucharada: quiero el helado entero… – Te limpio la comisura del labio, porque la atención, caprichosa, se centra en lo que desea.

– ¡Y quién no lo quiere…! – Bajas la mirada, apoyando la cabeza en una mano, mientras jugueteas con la cucharilla en la copa, yendo y viniendo. Yendo y viniendo. Haces ochos. Quizá infinitos. A lo mejor, nada, y yo sólo quiero ver mi nombre en tus remordimientos indecisos.

– Tú sabes que no le quieres, ¿verdad…? – Te levanto el mentón con el mismo dedo que hace un segundo te recorrí la boca. Dios, no es belleza, es imán. Te toco y me sueldo a ti, aleación de estaño y plomo.

– Sí que le quiero. Claro que le quiero, ¿cómo no le voy a querer? Duermo con él, me levanto con él… – Me miras fijamente, pero sé, y no me digas por qué, que no me ves. En mí, te estás viendo con él, como una peli en Súper 8.

– Pero vives para mí, y eso lo sabemos los dos…

En la vida hay dos clases de tíos: los que van a por el pan o los que esperan a que se lo pidan. Yo soy de los primeros, los que cogen los tenis, la gorra y la puerta, a la voz de vengo ahora. No tengo ni idea de cómo manejar esto, Greta, porque nunca antes había sido yo el otro, el que tiene que esperar a que el titular esté lesionado para entrar a calentar por la banda. Ser suplente de un gran amor es una mierda y un desastre, porque todo lo que hagas o intentes, siempre suena a remedo, a Fake New o quizá una aproximación disparatada, enésimo intento por convencerte de que el riesgo de quererme vale la pena. No sé cómo diablos te habrá besado él la primera vez, ni si te hizo levitar a dos palmos del suelo. Pero sí sé cómo encajamos tú y yo cuando acabamos en la cama. Y eso no es casualidad ni despecho hacia un amor moribundo al que buscas dar estacazo, ajo y primeros rayos del día, Greta. Ensamblamos las ganas con los si te vas ahora, me muero. No hay ventura semejante que llegue porque sí. Que tú y yo acabásemos en este punto, era algo inevitable. Quizá debimos hacerlo antes, lo de la cama, los besos y la seguridad de que esto ya no lo para nadie.

– ¿Y tú…? ¿Qué quieres tú, Darío…? – No lloras del todo, solo a ratos, porque también ríes. Y es en esa risa nerviosa e infantil en la que creo tengo mi sitio ganado.

– Si te lo digo, nos detienen… – Esbozo sonrisa, mientras hago círculos con mis dedos sobre tus manos.

– Esto no está bien… – Dejas caer la cabeza sobre mi mano. Ahora los círculos los hago en tu frente, en tus ojos, en nariz, en tu boca. Y ahí me quedo, porque la suavidad de los besos que aun no se han dado, son más golosos que la vainilla y la nata.

– ¿Quién dice que no está bien…? – Rodeados de gente, y sin embargo, tan solos, tan nosotros – ¿Amar no está bien?

– Amar a dos no está bien, Darío…

Cierras los ojos. Noto tus lágrimas en mi mano. Mierda, en cualquier otra circunstancia, te abrazaría sin descanso, buscando ese consuelo a medias, tan mi lugar favorito, que solo de pensarlo, tiemblo. Hace meses que sé que tú eres estación y término. Lo sé, porque no puedo hacer otra cosa que pensarte y repensarte. Saber que cuando te echo de menos es otro el que te quita el frío, me reconcome las pelotas. Hiervo, desbordo amargura, reproche, inseguridad y mucho miedo. Miedo a que algo reconduzca lo estancado, que dos polvos bien pegados funcionen como palas reaviva muertos, y lo que dabas por finiquitado a golpe de rutina y desgaste, prenda en el único sitio al que yo todavía no he llegado. Porque entre él y yo solo hay un te quiero de diferencia. Uno solo, porque en cuanto quieras oír el primero, estarás perdida para siempre. Tan perdida como yo.

– Mírame… – Y sin levantar la cabeza, me enfilas con tus ojos de niña guapa – ¡Salta…! Tienes que saltar, Greta. Si no saltas tú por los dos, seremos dos gilipollas que podían haber sido uno pero se han quedado con las ganas.

– Salta… – Suspiras y buscas refugio en mis manos. Noto como parpadeas, haciéndome cosquillas en la palma de la mano, como besos de mariposa.

– ¡Salta…! Si tú saltas, yo salto… – Dejo caer mi cabeza sobre la tuya. Te oigo respirar, acelerada y nerviosa. Hueles tan bien, Greta…

– ¡El último que se meta en el agua, paga las penas…!

Y sales corriendo, quitándote la ropa como si te quemase. Es tarde ya, a pie de arena ya no queda nadie, salvo tú y yo. Desnuda y de espaldas, con la luz del atardecer dándote en mi laberinto, eres como una estatuilla de purpurina, un chelo rutilante que deja al descubierto esas cuerdas, que tocadas por mis manos, dan melodías como cantos de sirena. Te sigo, guardando las distancias, porque sé que si te rozo, ¡zas!, fusión nuclear. Entras en el agua sin mirar hacia atrás. Sabes que te sigo, porque de lo contrario, sí te girarías. Quito el móvil y capto el instante justo en que tu piel bonita completa el mar. Me siento en la orilla y te miro, envidiando a las olas, que acarician lo que es mío. Te giras hacia mí.

– Darío, no puedo dejarle: él me necesita más que tú…

Y te tapas los ojos.

Y me tapo los ojos.

Y, de repente, somos dos rocas nevadas de adarce, ásperas y cuarteadas, a merced de un sentimiento de culpa y dolor que le arranca la esperanza a todo lo nuestro. Él te necesita más que yo. ¿Y eso quién lo dice? ¿Quién lo mide? ¿Quién lo da por verdad única? Yo te necesito tanto que si te necesito más me ahogo, pero qué más da si él es el titular y yo el suplente. Es la primera vez en mi vida que me pasa. Siempre he sido yo el de las dudas, el de las espantadas y los miedos a todo lo serio. Ahora mismo, vendería mi alma a cambio de una oportunidad, una sola.

– ¿Y qué hago yo ahora con todo lo mío que te pertenece…? – Tiro piedras al agua, provocando ondas concéntricas, cada vez más y más grandes.

– Me arrepentiré siempre, Darío… – Metes la cabeza bajo el agua. Sumergir penas no es tan fácil, porque las cabronas saben nadar.

– Dime algo que no sepa…

Esa fue la última vez que te vi. De esto hace seis meses. Seis largos meses en los que evito todo lo que me recuerde a ti, porque la idea de no volver a verte es un taladro con brocha tocha. Hay que aceptar las cosas, tío, está con otro y tú ya lo sabías. Greta no va a dejar a su marido por ti, como pierdas la perspectiva, vas jodido, chaval. Te voy a presentar a una compañera de trabajo que está buenísima que te pasas, seguro que se te olvida Greta en cuanto le veas las tetas. Y se las vi, y aquí estoy, mirando tu foto y pensando que el mamón que escribió que la mancha de mora, con mora verde se quita, no se había comido una mora como tú en su puta vida. No tengo ni idea de qué pasta están hechos los hombres que no lloran, pero permíteme que piense que el que no llora, no expía.

– ¿Sí…?

Suena el telefonillo. No me funciona la pantalla, así que me asomo a la ventana. Llueve tanto, que me calo. No veo a nadie. Entro de nuevo. Me tiro en el sofá, derrotado, pensando que cuando tenga ganas de volver a vivir, llamaré al casero para arregle el interfono de una puta vez. Cierro los ojos. Tengo hambre y estoy derrotado, el orden de los factores no altera el producto. Hace rato me dije que me levantaría a hacerme algo de comer, a darme una ducha y a tirarme en la cama a dejarme morir, hasta que el aburrimiento narcotizase tu recuerdo. En el rellano de la escalera hay ruido. Los vecinos de mierda, tanto Reguetón y tanta hostia. No, cuando esté mejor, me cambio de casa, que ya estoy hasta las pelotas. Pero me gusta el barrio. Y la casa. Me gusta todo esto, porque aun me recuerda a ti. Timbre. ¿A estas horas…?

– ¡Hola…!

– ¿¡Greta…!? – Y te veo, con el pelo empapado y las orejitas saliendo, a modo de koala. Me quedo paralizado, mirándote. Llevas un montón de bolsas y una bicicleta.

– Ya ves, a veces el salto tarda más de lo esperado… – Te encoges de hombros y te limpias la cara. Lloras y llueves, tú eres así. ¡Dios mío, me gustas tanto! Me sigo muriendo hoy igual que ayer. Joder, me tiemblan las piernas.

– Te hubiese esperado la vida entera…

Llamadme loco, ñoño o cabrón sin orgullo, cualquier cosa me encaja. Cuando la felicidad toca el timbre con maletas y una bicicleta, poca pregunta cabe al respecto de ¿por qué ahora, él ya no te necesita? De entre todas las cosas bonitas, tu boca, amor, que es ya para siempre la mía. Qué sencilla es la felicidad cuando puedes rodearla con los brazos. Sigues oliendo a estación y término. Tome el billete, revisor, que yo de aquí, ya no me bajo…

FOTO ORIGINAL Francisco Álvarez

 

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