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Literatura RELATOS

Limerencia

Img. Francisco Alvarez

«Esté con quien esté, porque ese día tus labios y los míos se regalaron el primer y último beso…» Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

LIMERENCIA

A veces, la vida te brinda oportunidades únicas, disfrazadas de a ver qué pasa. No las ves venir hasta que se marchan, y es entonces cuando coges una silla, te abrazas las piernas, haciéndote bolita, y piensas en qué momento debiste correr tras ella, a la voz de disculpa, princesa, seguramente es a ti a quien amo y amaré mientras viva. Pero no lo haces, no corres ni gritas, porque los hombres no corren tras los sueños rotos. Lloran si eso, pero a escondidas de todo, hasta de sí mismos, sin dejar de pensar un instante en lo cerca que parece estar el cielo cuando ella te baja las nubes con las manos. Hoy no hay nubes, tampoco manos, y es en noches como ésta, en las que una cama doble sin compañía es una patera a la deriva, en las que me pregunto qué habría sido de nosotros, si en lugar de dejarte ir, me voy contigo. No tengo derecho a casi nada que implique perdón, no obstante, permíteme muera de envidia fantaseando contigo y con tu vuelta. Saborear lo que he perdido por gilipollas es parte también de mi pena y mi castigo.

Recordarte hoy no es casual, porque no hay abril en que no piense en ti. No soy un tipo de fechas, porque para qué si después las olvido. Pero hay momentos que se te quedan a sangre y fuego, y ahí voy, con el 29 de abril en activo, esté donde esté. Esté con quien esté, porque ese día tus labios y los míos se regalaron el primer y último beso, un beso que sabía tanto a no te vayas, así no, déjame explicarte, que se nos olvidó ponerle los títulos de crédito y un bonito final. Un beso largo y mullido, que pedía cama, piel y madrugada, pero se quedó con la miel en los labios, una jerigonza del destino que ya sabía que un tipo como yo nunca podría hacer feliz a una chica como tú. Y no es cuestión de buenos y malos, es cuestión de decisiones mal tomadas, de sentimientos escondidos bajo la mesa, de amigos que se gustan tanto como para dejar de ser amigos, de ganas de comerte entera y no dejar miga para que otro te encuentre, maldita sea mi estampa. Un cúmulo de infortunio y cobardía que me negó el pan y la sal, porque el momento de parar aquella hecatombe era la crónica de una inmolación segura. Decirte que llevaba años enamorado de ti, sin saberlo, hubiese sido un gran principio y un mejor final. Pero como Clint Eastwood, que espera en su camioneta bajo el aguacero a que Meryl se baje del coche de su marido y corra hacia él, sentí que el semáforo se ponía en verde, y que tú arrancabas, sin abrir mi puerta, sin mirarme por el retrovisor, valorando si soy o no soy ese plan al que acogerse en una noche de lluvia y deseo. Solo cuando te apartaste de mí, supe que ya era tarde. Para lo que fuese, pero tarde. Tarde para casi todo lo que implicase volver a abrazarte y sentirme como entonces. Porque tus brazos, Claudia, tienen efecto placebo, que lo mismo valen para festejar lo bueno que para sanar lo malo. Aquella huelga de amor caído, con las manos laxas, perfilando tu cuerpo precioso, me sonaron a ¡zas, en toda la boca! Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente por imbécil.

– Claudia, ¿qué pasa, por qué te vas…? – Te sujeto por la cintura, sabiendo que ya no es mía ni su gracia ni su favor.

– Porque sé que si me quedo, harás daño a mi idea bonita de lo nuestro… – Cierras los ojos y lloras. Nunca he visto llorar a nadie con los párpados cerrados, sólo a ti. Eres única para todo. En todo, y recién me doy cuenta. Me cago en mi sombra…

– Te juro que no sé qué pasa, ¿por qué un beso, éste beso y te vas…? – El desconcierto y yo somos primos hermanos, maldita consanguineidad.

– Parto con clara desventaja en todo esto: un fondo de armario lleno de ilusiones y ganas de que funcione. Pero tú no besas como lo demás… – Te ríes y lloras a la vez, lo que hace que mis ganas de abrazarte sean como una bola de fuego. Si te rozo, te meto para dentro. Namás.

– ¿Qué no beso como los demás…? – Me río y sacudo la cabeza, porque no sé si es un halago, una hostia con la mano abierta o qué.

– Besas como los chicos que hacen historia, y para eso no sé si estoy preparada…

Esa fue la última frase que oí de tu boca bonita, antes de ver cómo recogías tus zapatos, tu abrigo, tu bufanda de los fríos, que así la llamabas, y tu bolso. Pensé en hacerte un placaje cuerpo a cuerpo, pero cuando iba a tocarte, te giraste hacia mí con esa expresión tan tuya que aun me vuelvo loco solo de pensarla…

– Alguien debería decirte que así no se besa a quien no vas a querer para siempre…

Y me tapaste la boca con un dedo, buscando en mi silencio la coartada para irte sin miedo a cambiar de opinión. Debí tirarme en plancha, atorar la puerta los hombros, como un puto ezcolari en busca de record Guinness. Debí sujetarte las manos, pegar tu espalda contra la pared y morderte los labios como si fueses Tiramisú. Debí dejar caer mi frente en la tuya, respirar el aire enrarecido y electrizante de dos que se saben uno. Debí olerte una y mil veces, quedarme con tu esencia de niña linda y consentida. Debí cogerte la cara entre mis manos, meciendo tu óvalo en mi por favor, no te vayas: así no, quédate conmigo. Debí hacer tantas cosas, Claudia, pero no hice ninguna; y así estoy, otro 29 de abril más, con esta limerencia exasperante, loco por ti y tu recuerdo hasta las trancas, loco por no saber donde purgar mi duelo, porque qué puede haber más jodido que haber libado lo bueno, lo único y lo que era tuyo por derecho, por palabra y por omisión. Todo lo que te lleves al bezo después, siempre será un delicioso postre industrial, nunca tu boquita de niña buena.

Me pregunto qué hubiese pasado si en lugar de besarte así, te hubiese besado como cualquier otro patán, como uno de los muchos que te habrán besado todo este tiempo. Qué culpa tengo yo de que mis labios sean fuego cuando se posan en ti. Qué sabía yo que esto que hoy arde a solas y a ralentí, que ni cenizas son todavía, sería un hándicap para lo nuestro. Que beso como los chicos que hacen historia. Poco se habla de las chicas que como tú, dos años después de un único beso, siguen haciendo de mí un tarado, un buscador de oro en medio del desierto, sabiendo que no hay brillo como el brillo aquel…

>> Dudo que lo recuerdes, pero hoy hace dos años que no te beso.

>> No sé si es atrevido, tanto tiempo después, pero me apetecía que lo supieras.

>> Puede que haya perdido facultades, pero vamos, que volvería hacerlo una y mil veces…

* Cuántas…?

*Porque yo no soy de las que se besa y ya…

>> Hey, no pensé que fueses a contestar…

* Pues…

>> Claudia, sigo echándote de menos…

* Esto va a ser un lío, Jaime…

>> Ya… y qué!? Me muero por verte…

>> Claudiaaaa, sigues ahí…?

* Sigo aquí, nunca he dejado de estarlo…

Me pongo las zapas, me miro en el espejo, seguro de que ya estuve más guapo que ahora, pero nunca mejor. No tengo ni idea qué resultará de todo esto, Claudia, pero sea lo que sea, prometo besarte con cuidado de que no se note que estoy tan loco por ti ahora como entonces. Dudo mucho que mi roll de tío comedido dé resultado, porque tengo tantas ganas de estrujarte, que duele. Dos años. Dos años de mensajes disuasorios, pero nunca lo suficiente. Dos años de va y viene, de estoy con alguien, pero nada serio. Estoy con una chica, pero vamos, que nada de nada. Dos años de no frecuentarnos, porque de hacerlo, tu plan de no acercarte a mí, me lo hubiese comido a bocados, esos mismos que ya voy saboreando, escaleras abajo mientras pienso en esas cosas de la vida y la casualidad y las oportunidades deliciosas, disfrazadas de azar. No tengo ni idea de qué va a ser de mí, Claudia, pero sea lo que sea, que sea contigo. ¡Soy un capullo, seguro, pero uno con suerte, qué coño…!

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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