Cultura RELATOS

La alegría

FOTO FRANCISCO ALVAREZ

Noe Martínez / LAS EMOCIONES

 

 

LA ALEGRÍA

– ¡Dani…! – No me lo puedo creer.

– ¿¡Sí… ¡?

Te giras, y me ves. Tanto tiempo después. Veinte años más tarde de aquella última vez en la que nos besamos para no volver a vernos. Mismo punto. Distinto lugar. Pero en esencia, nosotros. Ya lo creo que somos nosotros.

ROMA, Octubre de 2015. Primer día de la era ‘Sin ti ya no. Dime que no’.

– ¡No me lo puedo creer…! ¿¡Carol…!? ¿¿Carol…!? ¿¡Mi Carol…!? – Supongo que eres tú el que me hace girar en tus brazos, pero no te esfuerces mucho: ya estaba en órbita desde que te vi. ¿Cómo puede ser? ¿En Roma?

– ¿Qué haces aquí, Dani…? – Te pregunto, con los ojos cerrados, agarrada a tu cuello tan fuerte, como si la idea de salir despedida me quemase más que la de que esto no sea verdad.

– ¿Sabes eso de si no me subo a un avión, exploto? – Aun en tus brazos. No me sueltes, no me sueltes, no me sueltes. Asiento – Pues eso y Ryanair, una combinación que te cagas… ¿Y tú?

– Yo vengo a la boda de Vera. ¿Te acuerdas de mi amiga Vera? Lo mismo no, hace tanto tiempo que perdimos contacto…

Me dejas en el suelo, pero sigues cogiéndome. Me sudan las manos, a mí, que jamás me suda nada. Tengo miedo de que te des cuenta y te dé de grima sostenerme. Mierda, soy un acopio de infortunio, un imán para el desastre. ¡Tienes unas manos tan mías, ay, Dios mío! Seguimos encajando como un rompecabezas de Foam. Socorro. Quiero morir. Ahora me tiembla el labio, lo que me faltaba para parecer una gelatina de fresa.

– ¡Vera…! ¿Cómo no me voy a acordar de Vera? Vera fue novia de mi hermano, hasta que se lió con su mejor amigo. ¡Menuda movida…! – Te ríes a carcajadas. Yo no le encuentro tanta gracia; debería decirte que tampoco fue exactamente así, que tu hermano, previamente, se había encamado con Adela, una guapa guapísima que dijo ser amiga nuestra hasta que se folló a quien no debía. El caso, esa Vera.

– ¡Verita, sí…! – Aporto, nerviosa como nunca antes en los últimos veinte años.

Mira que antes de salir del hotel pensé en pasarme las planchas, pero por vagancia, aquí estoy, delante del hombre que más me ha importado en la vida, con una coleta de mierda, sin gracia, sin volumen y sin nada a lo que acogerme cuando mis manos necesitan algo qué hacer. Si por lo menos tuviese la melena suelta, podría juguetear con un mechón, lo que, sin duda, sería de mucha ayuda para secarme este sudor tan de estibador de puerto.

– ¡Caramba, se casa Vera! ¿Y con quién, lo conozco…? – Me preguntas, poniéndome las manos en la cintura.

Como si cada centímetro de mí estuviese imantado, estoy pegada a ti hasta los huesos. Así llegase un tornado como el de El Mago de Oz, a mí me transportarían, no te digo que yo no, pero contigo. Allá donde tú vayas, por lo visto, mi cuerpo tiene pensado seguirte. Y mi corazón también. Ahora tiemblo. Qué bien, no me falta detalle. Lo que son las cosas, tanto tiempo después, mis ojos quieren verte como entonces. No es generosidad, que no la necesitas porque estás como un queso de bola, uno de esos quesos redonditos y rojos, que entran bien a cualquier hora, en medio de un bollo de pan fresquito. Un queso de bola, tierno y salado, cremoso y suave, que lo mismo te quita una pena que te alivia un olvido. Siempre has sido un guapo de los de fijarse, que lo tuyo nunca fue de arrebatar, pero en las distancias cortas, tocada y hundida. Un guapo de perfil bajo, de los que solo miras, hasta que lo ves. Y yo te vi venir entonces, tanto como ahora, que por más que lo pienso, no acabo de creerme que la suerte nos haya juntado otra vez, a tantos kilómetros de distancia física y emocional. Alguno de los debería ser cabal, y preguntar en qué momento de la vida nos encontramos los dos.

– Se casa con un italiano monísimo que conoció en un tren hace seis meses. ¡Flechazo fulgurante…! – Me llevo la mano al corazón y arqueo las cejas – Esas cosas existen todavía…

Noooo. Como cuando juegas al Tabú y en la tarjeta te sale la palabra ‘mar’ y estás pensando no puedo decir mar, no puedo decir mar, no puedo decir mar, pero te sale mar en los estornudos, en los ataques de hipo, en las ganas de hacer pis, me muero de ganas de decir mar, a mí la pareja de la Guardia Civil. Hablar de flechazos contigo es un pantano de emociones movedizas tan increíblemente inestable, que tengo el corazón bailando flamenco. Hablar de flechazos y hacer alianza de civilizaciones con el adverbio ‘todavía’, me produce vértigo de barriga, como cuando vas en un columpio, sube, baja, sube, baja, suuuuuuuuubeeeeeeeeee, baaaaaaaaaajaaaaaaaaaaa. Claro que existen todavía. Aquí estoy yo, hecha un asco, con coleta y pelo lamido hacia atrás, como una gimnasta de rítmica, sufriendo saetazos cupidescos por doquier.

– Vera siempre ha sido muy temperamental e impulsiva: ¡me encanta lo del italiano y el tren…!

El único pelo de mierda que la goma del pelo no ha convertido en una pista de descenso de esquí olímpico, se me está metiendo en un ojo. Tú te das cuenta, y lo retiras, intentando darle cobijo tras mi oreja. Quieren los Dioses de la movida ésta de morir de amor ipso facto, que me roces el cuello con los dedos. No tengo ni idea de si el calambrazo b-r-u-t-a-l que me recorre la espalda tiene que pagar un extra por contaminación energética. Cierro los ojos, porque si los dejo abiertos, lo mismo te salto encima. Las chicañoras no se comportan como gacelas en el Serengueti, me digo, pero dudo que valga de algo. Eres eso que se me quedó clavaíto a falta de pelotas para seguir intentándolo. No sé qué fue lo que falló en lo nuestro, pero sea lo que sea, debió ser muy débil y transparente, a juzgar por cómo reacciona cada átomo de mí ante todo lo tuyo. Debo estar resultado ridícula, pero de ridícula, lo más grande.

– Sí, a ella también; tanto, que se casa… – Qué ocurrente, que me den un premio.

– Bueno, a ti lo de casarte no te gustó nunca: ¿o ya sí…?

Con gracia, buscas un anillo en mi dedo. Mock! System failed. No hay anillo. No lo hay, porque tampoco lo hubo nunca. Ya es raro, ya, que una chica a mi edad no haya encontrado con quien querer ir a Ikea una vez al mes a hacer acopio de servilletas de papel tamaño folio, mantas para el sofá de estampados imposibles y darse un festín a base de albóndigas de reno (siempre he pensado que son c*jones, pero vamos, que al que le guste las pelotas de reno, felicidá pa’él). Es raro, pero no imposible, porque aquí estoy yo. En este mismo instante me siento una solterona del Medievo, que pena y qué suerte, según se mire. Me imagino este momentazo Romeo y Julieta, pensando en que mi marido no entendería jamás que soy capaz de recordar todos los lunares que perfilan tu espalda. Madre mía, otra vez el calambrazo.

– No, no me he casado, quizá porque no encontré quién me aguantas recién levantada… – Río, por no llorar, porque un poco de verdad, aun filtro.

Me miras, risueño, te mesas el pelo, sacudes la cabeza, me coges la otra mano y las balanceas. No tengo ni idea de adónde nos lleva esto, Dani, pero sí adónde nos conduce. Esa mirada tuya ya la saboreé antes y sé, tantos años después, que lo que tienes para mí me gusta. Me gusta ahora tanto como antes, pero esa ahora cuando creo que si pruebo, no podría soltarte. ¿Y si tú tienes novia? ¿Y si estás casado? ¿Por qué yo no busco un anillo en tu dedo antes de seguir aquí, meciendo la barca, me dijo el barquero, las niñas coladas, siempre recuerdan aquel beso…? Ah, vale, que no era así. Ya, pero es lo que me sale, dadas las circunstancias.

– Yo tampoco, pero lo mío porque nunca encontré a nadie con quien me apeteciese compartir mañanas más que contigo…

¡Zaaaaaaaaaaaaascaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

¡Zaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaascaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

¡Zaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaascaaaaaaaaaaaaaaaa!

– No sé si sentirme ha-ha-halagada o pedirte perdón… – Tartamudedo, soy una joya, la Virgen…

Se me sale el corazón por las orejas. Tengo la sensación de que en Teruel deben de estar escuchando mi repiqueteo cardíaco. Así me caiga frita aquí mismo, oírte decir esto me llena de gusto y satisfacción, que diría el otro. Siempre has sido un zalamero, un embaucador atractivo de los que saben qué tecla tocar (mmmmm auxilioooo, e-s-a tecla. El placer no existe, el placer no existe, el placer no existe… a ver si así) para volverme loca. No tengo mucho riego el cerebro, está todo en mis orejas, rojas a punto de ebullición, pero hago acopio de fuerzas para recordar qué pasó entre nosotros. Por qué rompimos, Dani, si está claro que lo nuestro nunca acabó.

– No sabría qué decirte, Carol, porque tampoco he sufrido mucho mi soltería hasta hoy, que empiezo a pensar que la casualidad me tenía preparado un truco final…

Y entonces, empieza lo bueno. Eso que tan bien se te da y que no he visto hacer a nadie más en mi vida. Ni sólido ni líquido ni gaseoso. No hay ser en este planeta que sea tan seguro en el cortejo. Improvisas con tus brazos una jaula, metiéndome entre tu pecho y la pared. Obvia decir, que no moví ceja para zafarme de tamaño vergel. Me miras. Me miras mucho y a mí me vuelve a temblar el labio, como si fuese a arrancarme por el Aserejé. Me siento estúpida y vulnerable, el orden de los factores no altera el producto. Bajo la vista, porque me pones tan nerviosa que me descoordino por entero. Al bajar la mirada, veo que tus brazos siguen siendo fornidos y grandotes como recordaba, aunque con Tatoos de dudoso gusto, pero que, en todo caso, agradezco no reconocer ningún nombre de mujer entre corazones y guirnaldas. Dejo caer la cabeza hacia un lado, y sin querer o queriendo, ya qué más da, acabo con los labios contra tu piel. Cierro los ojos y puedo olerte ahora como antaño. Que me muero, coño: yo de ésta, te como o me muero.

– Carol, ¿En la escala del atrevimiento, como cuánto de arriba estaría invitarte a ver las vistas de mi habitación del hotel? – Pegas tu frente a la mía, que también me suda. Qué femenina me siento, la verdad…

– ¿Se ve el Coliseo…? – Te pregunto, acercando mis labios a los tuyos, pero sin rozarte siquiera.

– Se ve lo que tú quieras, porque si no está, te lo dibujo… – Con el dedo índice, perfilas el contorno de mi boca. Ahora mismo, soy Flame Woman.

– Pero tengo que ir a por las flores de Vera. No se pude casar sin ramo… – Te roneo el cuello, pero me reprimo y no te lamo como un gatito. Hay que ver la contención de la que soy capaz cuando algo me gusta tanto que no quiero que acabe.

– Tú ya no te vas de aquí si no es conmigo…

Corremos por la calles como locos, felices también un poco, para qué negarlo. Cruzamos Via dei Condotti, dejamos atrás Appia Nuova y Antica, dejamos atrás calles y callejuelas hasta llegar a tu hotel. Tengo los pies molidos y unas ganas jodidamente indescriptibles de quitarte la ropa. Lo primero no tiene solución, lo segundo, hago lo que puedo. En recepción están convencidos de que nos ha atacado un enjambre de abejas velutinas, porque tan pronto alcanzamos el ascensor, ya nos sobra jersey, blusa y, si tarda más en llegar a la planta baja, hasta el pantalón. Noto tu mano en mi culo. En otras circunstancias te diría que soy una casi señora, que ya no estoy en edad de que alguien piense de mí lo que sea que seguramente no tardaré en ser. Pero hoy, Dani, hoy todo es tan para mí, que no puedo más que besarte y gozar de la suerte y la coincidencia. Veinte años después, nuestros cuerpos reaccionan igual que aquella última vez, en la que mientras me vestía al borde de tu cama, te dije, no me eches de menos, porque da muy mala vida. Ódiame si eso, que se olvida antes. A juzgar por cómo me tocas, creo que te quedaste en la primera opción: mira que te lo avisé. Consejos vendo, que para mí no tengo…

– Dani, creo que nunca he dejado de pensar en ti… – Te veo con la cámara en la mano, haciéndome una foto. No lo impido, porque si todo se queda en hoy, por lo menos tener la certeza de que pasó. Vaya si pasó.

– Mejor, tiempo que tenemos ganado…

Noto tu peso sobre mí y la sensación de no respirar es también conocida y agradable. Besarte es una disciplina para la que no he perdido cualidades. Un baile brutal, voy, vengo, voy, vengo, vooooooooooooooy, veeeeeeeeeeeeeengo. Sé que Vera necesita un ramo para casarse: no hay novia sin bouquet, pero qué coño, todos mis caminos conducen a Roma. Conducen a ti. Y yo sin saberlo…

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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