ARTE Pintura

‘El fusilamiento de Torrijos. Una pintura para una nación’

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Antonio Gisbert. Óleo sobre lienzo, 390 x 601 cm. 1888. Madrid, Museo Nacional del Prado.

El Museo del Prado presenta hasta el 30 de junio la obra del pintor alcoyano Antonio Gisbert

Valencia, martes 26 de marzo de 2019

IV.COM (@informavalencia).- La muestra conmemora el 150 aniversario de la nacionalización de las colecciones reales con la única pintura de historia encargada por el Estado con destino al Prado, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1888), del pintor alicantino Antonio Gisbert Pérez (1834-1901), que se exhibe, con la colaboración de Ramón y Cajal Abogados, junto a su boceto preparatorio recién restaurado, óleos, estampas y documentos relacionados con la pintura.

Gisbert (Alcoy, Alicante, 1834-París, 1902), que fue precisamente Director del Museo del Prado de 1868 a 1873, gana reconocimiento en el momento inicial de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, cuando se valoran los grandes formatos y los argumentos historicistas, legendarios o de contenido literario. El pintor alcoyano logra tres medallas de oro casi consecutivas: 1858, Últimos momentos del príncipe don Carlos, remitido desde Italia; 1860, Ejecución de los comuneros de Castilla (Congreso de los Diputados), que a poco de ser premiado y conocido se entiende como un grito de rebeldía por la defensa de las libertades; 1864, Desembarque de los puritanos en América del Norte, otro argumento claramente reivindicativo. Se trata la suya, de una pintura ajustada, perfectamente dibujados los personajes y puestos en escena los temas con habilidad compositiva, tal y como hacían los otros artistas que buscaban el aplauso y la medalla.

Durante su mandato al frente de la pinacoteca tuvo lugar la nacionalización de las colecciones, antes de propiedad real, y la incorporación de los fondos del Museo de la Trinidad, tanto de las obras procedentes de la Desamortización como de las pinturas contemporáneas adquiridas por el Estado en las Exposiciones Nacionales, lo que daba un protagonismo nuevo a la pintura española en el Prado. En 1886 el gabinete liberal de Sagasta encargó la obra en torno a la que se articula la muestra, que se convirtió en un elemento simbólico de la construcción de la nación desde la perspectiva de la defensa de la libertad.

La primera obra importante de Gisbert había sido Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo, de 1860, también en la exposición, muy celebrada por los liberales y que le valió una primera medalla. El tema anticipaba, un cuarto de siglo antes, el del Fusilamiento, pues aquellos caudillos también habían sacrificado su vida en la defensa de las libertades.

Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo. Antonio Gisbert. 1860. Madrid, Archivo del Congreso de los Diputados.

El general José María Torrijos (1791-1831) era un militar de prestigio internacional, amigo del marqués de La Fayette, héroe de la independencia de EE.UU., de los poetas Tennyson, Espronceda, que cantó su muerte en un célebre soneto, y del duque de Rivas, que le retrató en el exilio. La última carta a su esposa, adquirida por el Congreso poco antes del encargo del cuadro, es testimonio elocuente de su humanidad valiente y generosa.

En 1831, él y sus compañeros, entre ellos un antiguo presidente de las Cortes, Manuel Flores Calderón; un ex ministro de Guerra, Francisco Fernández Golfín, situados a su lado, y el teniente británico Robert Boyd, que había combatido, como Lord Byron, por la libertad de Grecia, fueron fusilados sin juicio previo por orden de Fernando VII.

Muchos de los ejecutados habían luchado heroicamente en la guerra de la Independencia contra los franceses, de modo que unían en su mérito la defensa de la integridad de la nación y la de las libertades que debían fundar la legitimidad del gobierno fernandino.

Obra maestra

El lienzo se convirtió en un elemento simbólico del proceso de la construcción de la nación moderna, de un modo independiente y opuesto a la vertiente más conservadora, abordada por la derecha a través de sus ideólogos, el más destacado de los cuales fue Marcelino Menéndez Pelayo.

Considerada la obra maestra de toda la producción de Gisbert, este impresionante cuadro es también una de las indiscutibles y más bellas cumbres alcanzadas por el género histórico en España durante el antepasado siglo. Constituye además uno de los grandes manifiestos políticos de toda la historia de la pintura española en defensa de la libertad del hombre aplastada por el autoritarismo, siendo uno de los contados casos en que su claro mensaje propagandístico fue inspirado directamente por la oficialidad gubernamental. En efecto, el cuadro no ingresó en el Prado tras su paso por las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, como era habitual, sino que fue encargado directamente para el museo durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena por el gobierno liberal de Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) al alicantino Antonio Gisbert, ya entonces consagrado como artista abanderado de este partido desde que pintara muchos años antes su cuadro de Los Comuneros, en pugna -más ideológica y estética que real- con Casado del Alisal, maestro representante de la oficialidad conservadora, publicándose la noticia del encargo en los diarios madrileños incluso algunos días antes de su designación oficial.

Dentro de una orientación liberal se reivindicaba la identidad revolucionaria y de combate frente a los excesos de poder del pasado y se establecía una línea histórica de exaltación de figuras heroicas y mártires de la libertad que partía de las Comunidades de Castilla hasta llegar a las víctimas de la represión absolutista.

En el fusilamiento se producía la unión del pueblo con la burguesía revolucionaria, que había sido la base del triunfo del Sexenio. El gobierno de Sagasta recordaba con esta obra los valores que habían hecho posible la derrota final del absolutismo y la construcción de una nación regida por la voluntad popular a través de las Cortes.

Retrato. Sagasta fotografiado por Franzen

La implantación, con la Constitución de 1869, de la soberanía nacional, del sufragio universal masculino y de las libertades individuales, incluida la religiosa, supuso un primer impulso progresista que pudo después recuperarse durante el mandato liberal. La serena contundencia con la que Gisbert mostró la defensa de la libertad contra el abuso del poder evidencia su completa convicción acerca de la consolidación del triunfo de aquellos principios.

En París

Pintado por Gisbert en su estudio de la calle de la Bruyère de París a los cincuenta y tres años, ya en plena madurez de su carrera, el artista volcó en este encargo -sin duda el más importante de su vida- lo mejor de su arte, de un purismo académico extremo y una asombrosa precisión dibujística, desplegando en tan enorme superficie de lienzo una composición de una grandeza poderosa y sobrecogedora, precisamente por su extraordinaria y severa simplicidad.

La escena representada transcurre en la playa de San Andrés de Málaga, que se identifica por las vistas de la iglesia de la Virgen del Carmen, que aparece al fondo. El primer golpe de impacto de la composición reside en la elección del instante representado por el pintor, de tremenda tensión emocional, al reflejar el momento inmediatamente anterior al fusilamiento, en el que quedan de manifiesto los diferentes sentimientos de los que van a morir reflejados en cada uno de sus rostros, mezcla de preocupación, desaliento y rabia en unos, de orgullosa resignación o emocionado abrazo en otros, y de desafiante descaro o desesperada plegaria en los guerrilleros del fondo, expresándose así las diversas reacciones del alma humana ante la conciencia de su inminente fin, estremecedoramente palpable en la visión de los compañeros ya ejecutados.

El personaje principal, José María Torrijos, se ubica casi en el centro de la composición aferrándose a las manos de dos de sus seguidores. A su izquierda se encuentra Francisco Fernández Golfín (1771-1831, personaje al que dos frailes están colocando un vendaje en los ojos; y a su derecha, Manuel Flores Calderón (1775-1831). A su vez, a la derecha de éste, se encuentran Juan López-Pinto y Berizo (1788-1831), Robert Boyd (1805-1831) y Francisco de Borja Pardio.

Por último, el artista provoca con extraordinaria eficacia la reacción emocional del espectador al situar en primerísimo plano los cuerpos sin vida de los liberales fusilados, recurso de inevitable recuerdo goyesco, mostrando una inusitada modernidad en la elección de un encuadre que deja fuera de campo algunos de los cadáveres. De uno de ellos asoma tan sólo una de sus manos y su chistera de piel; rasgo de gran elegancia estética e intensidad dramática. (Texto extractado de: Díez, J. L., El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 266-272 y Pintura del Siglo XIX en el Museo del Prado: Catálogo General, Madrid: Museo Nacional del Prado, 2015, p. 231).

Toda esa objetividad, unida a una emoción muy contenida, ha sido el fundamento de la fortuna del cuadro, celebrado entonces por los críticos más destacados, como Francisco Alcántara y Jacinto Octavio Picón o, después, por escritores como Manuel Bartolomé Cossío, Ramón Gómez de la Serna o Antonio Machado.

 

 

 

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