Cultura RELATOS

La tristeza

Fotografía de Francisco Álvarez

Noe Martínez / LAS EMOCIONES

3.- LA TRISTEZA

– Un día me echarás de menos, a mí y a mis tonterías…

Y yo me río. Me río como solo se ríen los que se saben con el as en la manga y la seguridad de que por muchas que vengan, la baza la tengo ganada de antemano. Eres un regalo. Eso lo sabes tú, lo sé yo y lo sabe hasta el perroflauta que nos pide una monedita, a la voz de ¡pareja, que vosotros os tenéis el uno al otro, pero yo duermo solo! Ese muchacho siniestramente joven, sin más oficio ni obligación que soplar y pasar la gorra, vio que tú y yo somos ‘algo’ mucho antes de que yo, gilipollas de mí, cayese en la cuenta de que efectivamente, a mí ya el resto del pescado, me vencía la red. Y aun así, cada noche, sin faltar una, la pesca es un arte al que nunca digo no.

– ¿Qué somos, Gabi…? – Me preguntas, frenando las lágrimas con la yema de los dedos.

– Pues somos lo que somos… – Te digo, encogiéndome de hombros y acariciándote el pelo.

– ¿Y eso qué es…? – No quieres llorar, pero también sé que hacerlo es tu única forma de no explotar de tristeza. Lo sé, quizá porque antes de conocerte, yo también bebí de esas penas tuyas.

– Miriam, las etiquetas no me van… – Con tu cabeza sobre mi hombro, te oigo respirar, agotada. Llámame cabrón, pero si tanto te hago sufrir: ¿qué haces conmigo? Me callo, no quiero lastimarte más. Ya tienes lo tuyo.

– A mí tampoco me va ser parada y fonda, y sin embargo, aquí estoy. Siempre… – Suenas tan angustiada que no puedo evitar sentirme un capullo, pero yo no estoy engañando a nadie. Somos lo que somos, eso es todo.

– ¿Cómo podemos arreglar esto, nena…? – Te abrazo, porque yo también lo necesito. Y alguien no necesita abrazar a otro alguien si tan sólo es parada y fonda. Te abrazo, porque quizá eres final de trayecto, pero sólo de pensarlo, tengo ganas de salir por patas.

– Esto no tiene arreglo… – Suenas a dolor a chorro vivo. Pero también muy a verdad. Te cojo la cara con las manos.

– ¿Cómo no va a tener arreglo algo que aun no empezó…? – No sé lo que acabo de decir. O sí lo sé, pero no sé de donde lo he sacado. A mí no me gustan las etiquetas. Nunca me han gustando, ni ahora, aunque verte llorar me parta el alma.

– Esto no va a empezar nunca, Gabi. ¿Y sabes por qué? – Ya no me abrazas, te dejas abrazar, que parece lo mismo, pero no lo es. Claro que no lo es.

– ¿Por qué…? – Algo me dice que no me va gustar tu respuesta.

– Porque hasta para amar hay que tener cojones para sufrir, y tú no los tienes… – Lloras otra vez. Lloras tanto que sentirme culpable ya no llega.

– Sí que los tengo, parece mentira que tú me digas eso… – Y te pongo la mano en mí. Sobre mí. Por si en el fragor de tanta lágrima, te habías olvidado que los tengo bien puestos.

– E-s-o-s no te van a ayudar nunca en el amor, Gabi. Puede que te lleves a la cama a un ciento de tías locas por tocártelos, pero nada más… – Sacas la mano de mi pantalón como si te quemase. El suelo es lava. El suelo es lava. El suelo es lava.

– No te entiendo, Miriam, y mira que lo intento… – Dejo caer mi cabeza en tu regazo, buscando esa caricia molona con la solemos zanjar batallas afines. Pero la caricia no llega. Te miro desde aquí abajo, y veo como una lágrima gorda como una pena gorda rueda por tu cara hasta caer en mi nariz.

– No me entiendes porque no sabes lo que es querer a alguien hasta que te cruja el cuerpo, y aun así, saber que por mucho que te esfuerces, nada lo acercará a ti lo suficiente como para sentirlo tuyo, y para siempre… – Te quedas mirando al vacío, supongo que recreando la película ñoña en la que se ha convertido lo nuestro.

– No me reconozco en lo que dices, porque yo sí soy tuyo. Mientras estoy aquí, lo soy… – Arguyo, sin saber muy bien dónde me meto, en qué jardín he caído.

– ¡Esa es tu mierda, Gabi! Que cuando estás aquí eres mío, pero en cuanto cruzas la puerta eres un gato sin dueño… – Te tiembla el mentón. Esto está durando más de lo habitual, tienes mucha cosa dentro que sacar y yo no tengo munición preparada para tanto.

– ¿Qué quieres, Miriam…?

Te miro, pero no veo a nadie. Te miro a los ojos tanto, que creo que te voy a atravesar. Pero detrás de esas ranuras bonitas, con párpados hinchados y brillantes como dos piedras de hielo en el fondo de un vaso, lágrima va, lágrima viene, no hay nadie. Me estremezco, porque por un momento es como si te hubieses esfumado. Como si sosteniendo mi cabeza no estuviese más que un corpóreo con tu silueta, tu olor, tu calorcito cómodo y adictivo, tu cadencia al respirar, que hace tus pechos sean para siempre mis tetas, esas por las que un día perdí la cabeza, aunque tú no lo sepas, porque decírtelo te convierte en igual de sabia que yo, y ya sabes, Miriam, que a mí no me gustan las etiquetas, sobre todo, cuando estoy seguro de que contigo, la llevo puesta hace tiempo.

– Esto no, Gabi… – Sigues sin mirarme, quizá porque en no cruzarme la mirada esté el éxito de tu plan. Hasta este momento, yo aun no sospechaba que ya todas las cartas estaban repartidas.

– Y entonces, ¿qué…?

Una vez leí en un sitio una de frases de esas cojoneras de autoayuda y self coaching o cómo sea, que decía que hay que tener cuidado con lo que se pregunta, porque a veces la respuesta es un proyectil que va directo al bazo. Supe, en el mismo instante en que lo pregunté, que tu réplica me iba a dar en zona blanda. A dolor. Sin escudo. A bocajarro y sin poner las manos delante de las pelotas. La patada llegaría. Y llegó.

– Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación.

Y me das un beso tan pausado y bonito como todos los tuyos, pero esta vez me sabe a sal, quizá porque amar y dejar a la vez es un binomio con regusto propio. Te paso las manos por el cuello en un qué sé yo para retenerte, sabiendo que soy yo el convidado de piedra invitado a irse. En una décima de segundo, me parece que todo es mentira <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Todo es una Fake New de mi cabeza, un trampantojo emocional para que me tire a la piscina sin red y te diga que quererte en secreto ha sido una tarea complicada, que ha necesitado de otras piernas para no caer redondo en medio de las tuyas para siempre <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Aun recuerdo la primera vez que te vi. Eras novia de alguien que hasta ese día fue mi amigo. No soy un truhán, joder, pero fue verte y saber que si eras para alguien, era pa’mí. Me pasé por las pelotas la lealtad y la ley de se mira pero no se toca: las novias de los colegas son sagradas <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Yo no soy de las que se lían con el primer guapete que se cree guapo Cum Laude: tengo novio, ¿lo sabes, verdad? Y lo sabía. Y tú también, pero qué importaba eso si electrizábamos el espacio solo con sabernos cerca. Tu novio y mi amigo. Tu ex novio y mi ex amigo <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> No quiero que te quedes a dormir si esto va a ser una cosa como otra cualquiera: a mí no me gusta vivir pensando que soy una pieza de un puzle que jamás acaba de encajar, me dijiste. Y me quedé; de lo más a gusto, me quedé. Me quedé ese día y otros muchos, quizá menos de los que debería, ahora que siento un soga al cuello solo de pensar en no volver a hacerlo <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Tardes que se hicieron noches, de sofá, manta, menú del Chino para dos con pan de gambas hervido y un tazón de helado de vainilla con dos cucharas. Besos. Muchos besos. Risas, otras tantas. <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Mañana por fin, último examen del Máster. Gracias por ayudarme a estudiar y aguantar mi mal humor. A mí me gustas como sea, Gabi, incluso más cuando sé que me necesitas <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Tengo un retraso de tres días. No me jodas. Créeme que en este momento, ni aunque te pongas en pelotas sobre la cama. Y no reímos mientras esperábamos raya o dos rayas. El Predictor negativo es el mejor humorista del mundo. Carcajada, abrazo y polvo de los de sudar hasta la apnea, para festejar, claro <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Gabi, ¿quién es Tania? ¿Tania…? Sí, Tania. Pues no sé. Claro que sabes, ayer me mandaste por error un mensaje para ella. Te daría una hostia con la mano abierta, si tuviese fuerzas para respirar, me dijiste. Debiste dármela, ahora sé que me la merecía <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Gabi, ¿quién es Noelia? ¿Noelia…? Pues no sé. Claro que sabes, ayer abrí tu WhatsApp sin querer y vi que te manda corazones y te echo de menos. Te echaría de mi vida ahora mismo, sin pensarlo, pero ¿Qué somos, Gabi? ¿Qué puedo exigir a quien no da nada? Somos lo que somos, Miriam <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Gabi, yo me ahogo. <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> Piensas demasiado, nena. ¿No estoy aquí contigo porque quiero? Pues eso es: porque quiero. No te engañes, Gabi, eso no es lo mismo que quererme <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>> ¿Me quieres…? ¿Y tú a mí…? Yo no te he preguntado eso. Pero yo sí: ¿y tú a mí…? <<Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación>>

Me levanto y te veo tan frágil y vulnerable, tan echa mierda por mí que lo único que me apetece es abrazarte. Lo hago, aun a sabiendas que no lo merezco y, posiblemente, esto nos haga más daño que bien. Pensé que me ibas a rechazar, esa mierda de no te acerques, que ya bastante tengo con lo mío. Pero eres tan sensata, tan buena y estás tan triste, que te acurrucas dentro de mis brazos, buscando un lugar que por derecho te has ganado y que yo, por hijoputez y cobardía, he perdido. Quiero decir algo, lo que sea pero que funcione. Que pare esto de una vez, por Dios. Que esto sea una escenita como otra cualquiera y que en una hora, después de habernos reencontrado en una batalla piel con piel, a mí de tu cuerpo me vale todo, porque nada hay de ti que no me vuelva loco, podamos pedir ese menú del Chino para dos, con pan de gambas hervido, y zamparnos el tazón de helado de vainilla con dos cucharas. Pero no sé qué decir. Sigo con ese dolor vertiginoso en el estómago, un nudo apocalíptico en la garganta y con los ojos ardiendo en ganas de llorar contigo. Quizá si lo hiciese, dejase de ser un capullo integral.

– Gabi, te he querido tanto y te ha importado tan poco… – Y me das un beso en la mejilla, evitando mis labios, que ya se sabían besados.

– ¿Hay alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro…? – Te beso los párpados. Sigues sabiendo salado, penas en salmuera.

– ¿Ahora…? – Sollozas y te limpias los mocos con la manga del pijama.

– ¡Ahora…! – Dios, dime que sí, dime que sí, dime que sí.

– Ahora ya no…

Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación. Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación. Déjame la llave en la cocina. Tienes una bolsa con tus cosas en el armario del pasillo. No intentes llamarme: cambiaré de número para ponerme fácil la desintoxicación.

¿Qué haré ahora cuándo te eche de menos a ti y a tus tonterías, Miriam…? Echarte de menos duele tanto o más que no haberte sabido querer a tiempo. Tarde, chaval, muy tarde…

www.noemartinez.es

FOTO ORIGINAL Francisco Álvarez

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