Cultura RELATOS

La ira

IMAGEN: FRANCISCO ALVAREZ

Noe Martínez / LAS EMOCIONES

2.- LA IRA

Dicen que la primera y la última vez que ves a la persona que amarás para siempre comparten emociones y escenarios comunes. Pistas efímeras, casi intangibles, que te atrapan, conduciéndote, sin querer, hasta ese túnel sin salida que es el de los adioses que nunca debieron haber llegado. Y es ahí donde están todas mis despedidas, atropellándose, pisándose las unas a las otras, preguntándose quién da la vez, quizá esperando el momento en el que regreses y preguntarte por qué, para que me expliques cómo. Aquel amor indolente, tan loco como adictivo, que todo eran prisas, abrazos a destiempo, besos robados a cada esquina, ávidos de retener ese regalo maravilloso que nos había regalado el azar: tú y yo, bonita pintada en un muro, no me digas. Ese amar de las primeras veces que se quedó para siempre en mí, Greta, es ya mi forma desesperada de seguir echándote de menos a solas y a escondidas, puede que sin saberlo siquiera, te busco en otros cuerpos, tanto tiempo después, mientras pienso ¿qué habrá sido de ella…?.

– ¿En qué piensas…? – Me dices, con la cara hundida en mi brazo.

– En ti… – Me muerdes el hombro. Duele, claro que duele, pero también mola. Cosas que pasan.

– Haz el favor de no ser cursi, que te queda fatal…

Te ríes. Y ahí se para el mundo. Tienes los ojos más negros que he visto jamás, pero eso no solo los hace bonitos, sino que le da misterio a la luz que desprendes cuando te ríes. No sé si lo sabes o lo intuyes, pero cuando me miras, algo en ti hace chispas. Te veo como una bengala coqueta, apoyada en el borde de una copa de cóctel, una de esas copas de boca ancha y pie elegante y distinguido, como tu pierna preciosa, desde la ingle hasta el tobillo. Te miro otra vez, aunque no he dejado de hacerlo, y tendida en la cama, en mi cama, que los recuerdos son posesivos y celosos, eres como una guitarra. Como si tu cadera pidiese mi afinado, te recorro el perfil con el dedo, subiendo y bajando en cada loma, en cada colina bonita, que sabe que dedo que toca, no sale libre de pecado y culpa. No tienes un cuerpo cualquiera, Greta, tienes el cuerpo por el que cualquier cuerdo renegaría de certeza. Ahí mismo, en lo mullido de tu ombligo, podría dejarme morir de todo menos de hambre, porque olerte es ya mi alimento y mis jodidas ganas de volver a verte. Mezclar pasado con presente, como un oasis lleno de espejismos, parece ya mi sino y mi suerte.

– ¿Estaremos en contacto, no…? – Te pregunto, acariciándote el pelo.

– No me voy en una expedición lunar, lo sabes, ¿verdad…? – Me vuelves a morder. No sé si es tu intención, pero si incides en ello, es probable que mi dedo ya no dibuje tu contorno, sino que lo explore. Desnuda, eres un imán para mí y todo lo mío, tómatelo como quieras. Y a mí, también.

– Te estoy hablando en serio, Greta: ¿estaremos en contacto, no? ¿No…?

Te quedas mirándome, con esa cara de niña consentida que me pones cuando quieres algo sin pedirlo. Tienes un don para la comunicación corporal, pero cuando se trata de hablar a corazón abierto, ahí ya dudas. No sé si lo nuestro es o no tu historia, esa historia que por muchos comienzos y finales, siempre deja un cabo por el que tirar, ese hilito rojo que me ata a ti, ayer, hoy y siempre, que por más que avanzo, me muevo o intento superarte, siempre me enreda, como sólo se enredan los recuerdos bonitos y que valen la pena. Te miro, Greta, tan redondita y bien hecha, tan suave y delicada, tan pequeña como el botón de una camisa, y pienso que por muchas vueltas que dé la vida, yo quiero quedarme en tu línea de partida. Llámalo amor, llámalo deseo, llámalo sin ti, te juro me muero, pero así como estamos ahora, desnudos de intención y artificio, yo no quiero más ná. Nada. Solo a ti. Para mí. Para siempre, hasta que el mundo deje de girar. No sabía mucho de amor entonces, eras la chica que me movía el suelo, mi primer beso de verdad, de los de dar con los ojos cerrados, a punto de volar, pero ahora, al albor de las noches en las que aun me sorprendo buscando tu pie en el fondo de la cama, sé que lo era. Amor, bonito palíndromo que por más que lo grito, siempre me suena a tu nombre.

– Jacobo, ya hablamos de esto: no empecemos otra vez…

Te incorporas, y poniéndote sobre mí, me besas los párpados. No sé a qué saben las despedidas, pero algo me dice que huelen así. Te abrazo fuerte, tanto, que si te abrazo más, te meto dentro. Hay mundo fuera de esta habitación, lo sé, no soy tonto, pero lo único que necesito lo tengo encima. Es curioso como la felicidad puede ser tan fácil y tan difícil. En este mismo instante, oírte respirar y notar tu peso sobre mí, es suficiente para hacerme creer en que todo se puede arreglar, que lo de tu Máster en a tomar por culo, es solo una parada boxes para seguir nuestro camino hacia el Edén. Pero sé, porque hoy nuestras caricias tocaban a ópera de Puccini, que quizá esta sea la última vez que yo sea un tipo con suerte. No soy de lágrima fácil, seguramente porque aun estoy en esa etapa absurda que considera las lágrimas son signo de debilidad, pero te juro, Greta, que es tanto lo que me duele pensar que mañana ya no estarás aquí, que tengo el alma inundada de penas que no saben nadar. Mañana suena a ya mismo, pero ahora, te tengo para mí y cada centímetro de piel que toco a voluntad, es mío. Lo siento mío, porque la piel no tiene oídos, Greta, vaya que no.

– Eso que haces me gusta tanto… – Con el dedo, te dibujo una línea infinita desde la nuca hasta el coxis. Voy y vengo, voy y vengo, voy y vengo. Te oigo suspirar y quiero atrapar tu mmmmmmaaaayyyyy, quizá para inyectármelo en el corazón cuando ya no estés y el recuerdo de nosotros se diluya.

– Te voy a echar tanto de menos, que sólo de pensarlo me ahogo… – Te digo, perfilando tus labios con mi lengua.

– Encontrarás a otra enseguida: te sobran Julietas… – Cierras los ojos, dejándote reconocer por mis manos, que necesitan perpetuarte como sea, porque saben que cuando se mueran por tocarte, tendrán que recurrir a tu mapa.

– Pero yo no quiero a nadie que no seas tú… – Te cojo por la cadera y te pego a mí. Te respiro, te respiro fuerte y lento, porque en cuanto salgas por esa puerta, seré carne de morgue.

– No me lo pongas tan difícil, Jacobo. Ya lo hablamos: si a la vuelta del Máster los dos estamos in the mood for love, lo intentamos de nuevo…

Aquel beso con el que me cerraste la boca y me abriste las heridas, se me quedó en algún lugar entre el corazón y la pena, ese lugar secreto en el que me retrepo a esperar que pase la tormenta, casi nunca solo, esa es la verdad, pero cómo liberarme de esta ira que me puede, cuando pienso en lo que puedo haber sido y no fue. Volviste de tu Máster hace dos semanas, lo sé, porque alguien siempre conoce a alguien que le dijo que le habías preguntado por mí. Sigo teniendo el mismo número de teléfono, y sin embargo, los días van pasando, pero las noches como hoy, se hacen largas esperando no sé muy bien qué. Estas noches en las que mis manos frías recurren a aquel recuerdo de tu piel suave y bonita, estremeciéndose cada vez que mis dedos se entretenían aquí y allí, me siento más solo que nunca. Porque no vale saber que has amado como nadie para sentirte afortunado. No me vale perderme en otras bellezas que no son la tuya, pensando que quizá, si suena la flauta y quiere la casualidad, deje de buscarte en cada cara bonita, en cada espalda con lunares diminutos y definidos, como un manto de estrellas pizpiretas y deliciosas, que si las unes con el dedo, siempre dicen cómeme y calla, tontito. Noches como la de hoy, en las que sin querer, el Google Photos me ha recordado que hace un año de esta foto, la última vez que tú y yo, Greta, formábamos parte de una felicidad en común. Un año de mierda, qué te voy a contar, en el que día tras día he preguntado si aun me querrías. Dos semanas después de tu vuelta, debería tenerlo bastante claro: no llamas, no amas. Pero aquí estoy, con el letrero de libre parpadeando, por si por lo que sea, te acuerdas de que un día lo nuestro valió la pena. Y, entonces, esta foto, que me enfada y me alegra, me ayuda y me castiga, me acercan tanto a ti que salir indemne de tu recuerdo, es una proeza para la que no tengo aun suficiente alcohol. Los chicos no lloran, ¿ya te lo había dicho? Pues debo ser un hombre, porque esto ya no hay quien lo contenga.

– ¿Si…? – Cojo el telefonillo del portal y miro el reloj. Joder, qué tarde.

– ¿Jacobo? – De entre todas las cosas bonitas, ella. ¡Ella! ¡Ella!

– ¿Greta…? – Dejo caer la frente contra la pared, se me sale la vida por el pecho.

– Ya sé que venir sin avisar es una movida, que lo mismo tienes compañía, pero es que…

Y no sé muy bien cómo, abro la puerta de casa y bajo al portal. Desde dentro, te veo hablando con el telefonillo, mientras te limpias las lágrimas y te muerdes las uñas. Quiero salir a abrazarte, sea lo que sea que estás diciendo, es para mí tu discurso, pero me quedo mirándote un segundo, parapetado por la puerta, disfrutando de ti. Un año y dos semanas después. Un año y dos semanas de silencio y no saber. Un año y dos semanas después de que tu cuerpo vibrase a cada roce con el mío, estás aquí. Tiemblo, qué coño, tiemblo y muero por abrazarte. Abro la puerta, pero no te inmutas. Y entonces, vuelvo a oír tu voz. Tiemblo y muero por abrazarte, tic, tac, tic, tac.

– … siento tanto todo, Jacobo, pero si me dejas subir, te juro que no volveré a fallarte… ¿Jacobo? ¿Jacobo? ¿Jacobo, estás ahí…?

– Nunca he dejado de estarlo…

Y te borro la boca. Sabes a lágrima, porque lloras como no te había visto llorar nunca. No sé si es nervio o tristeza, pero sea lo que sea, tengo la vida entera para ocuparme de ello. De ti. De mí. Y si me dejas, de nosotros. Dicen que la primera y la última vez que ves a la persona que amarás para siempre comparten emociones y escenarios comunes. Al mamón que sentenció que segundas partes nunca fueron buenas, habría que preguntarle que mierda de primera parte ha tenido él. Un año y dos semanas después, todo empieza hoy.

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

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