A CONTRACORRIENTE Opinión

Más fácil protestar que hacer

Padres y profesores de la concertada, en una manifestación en Valencia /Archivo iV.com

Enrique Arias Vega / A CONTRACORRIENTE

Nadie debe ser criticado por participar en una protesta cívica: miles de injusticias lo merecen. Pero, ¿en qué consiste una protesta de ese tipo?, ¿cuándo debe producirse?, ¿qué resultados se pretenden conseguir?… son cuestiones que no parecen tan claras como el simple hecho de protestar.

Pongamos, por ejemplo, una marcha en defensa del medio ambiente y contra el cambio climático. Al finalizarla, ¿se ha conseguido que los ciudadanos sean más ecológicos?, ¿o que los propios participantes reciclen más y mejor, ahorren agua o electricidad cerrando grifos o interruptores cuando no los utilicen, usen transporte público menos contaminante que el privado…?

Un problema acuciante en nuestra sociedad es el de la corrupción. Quienes se manifiestan contra ella, ¿exigen siempre factura en sus compras, nunca aceptan una chapuza sin pagar IVA, se niegan a pedir o a conceder un enchufe en el trabajo, los exámenes, unas oposiciones…?

Hablemos de la violencia familiar y de género: ¿nunca han levantado la voz a su pareja, pegado una bofetada a los hijos o criticado a sus padres?, ¿jamás han espiado sus móviles?, ¿o menospreciado a un vecino o a un compañero de trabajo por su condición sexual?

A veces nos preguntamos con asombro por qué no son más eficaces las protestas, teniendo en cuenta el carácter masivo de muchas de ellas. Es como si los demás tuviesen que hacernos caso por bemoles.

Lo bueno del caso es que más útil que la protesta pasiva es la actuación positiva: si todos los que protestamos hiciésemos siempre lo que exigimos a los demás, a éstos no les quedaría otra que imitarnos; lo malo es que si sólo protestamos sin hacer nada para remediar las cosas, los demás también acaban por hacer lo mismo que nosotros.

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