Opinión

¿Quién pagará la fiesta?

Enrique Arias Vega / A CONTRACORRIENTE

Todas las instituciones europeas lo han avisado ya: la economía del viejo continente empieza a ir cuesta abajo. ¿Hasta dónde? “Ésa es la cuestión”, que diría el clásico.

En estas últimas décadas, Europa se ha convertido en una potente máquina de bienestar colectivo, tanto, que se ha creído capaz de todo: integrar a nuevos países receptores de ayudas, subvencionar productos de todo tipo, atender a colectivos —como ahora se dice— más necesitados que otros, recibir toda clase de inmigrantes, independientemente de sus orígenes, motivos, idoneidad y hasta requisitos legales… No es de extrañar, pues, la equiparación para muchos de Europa con esa Jauja imaginaria donde no se trabaja y sólo se comen dulces.

Esa política Europea de querer extender y compartir su bienestar es loable y en el fondo sería deseable en una sociedad utópica. Pero, ¿quién pagará esa fiesta? Porque pagarla alguien tiene que hacerlo.

Según todas las estadísticas, la maquinaria del bienestar —que comienza a andar renqueante y con agujeros en su carcasa— la han venido manteniendo los impuestos cada vez mayores de un porcentaje cada vez más reducido de la población que trabaja. Las cuentas, obviamente, no pueden acabar saliendo.

Cada vez, pues, son más los grupos sociales beneficiarios de una ayuda u otra —y no hablemos del coste multimillonario de nuestra Seguridad Social, que proporciona gratis los tratamientos más caros del mundo— mientras que, por otra parte, cada vez resultan mayores las limitaciones —procedimentales, ecológicas, animalistas, sanitarias…— para fabricar cualquier cosa, desde automóviles hasta comestibles envasados.

No digo que esto no deba ser así. Lo que critico, en cambio, es que no he oído decir a nadie de qué está dispuesto a prescindir —que habrá que hacerlo— para que todo este castillo de naipes no se derrumbe.

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