Cultura RELATOS

El miedo

IMAGEN: fRANCISCO áLVAREZ

Noe Martínez / ÁLBUM LAS EMOCIONES

1.- EL MIEDO

Hay abrazos que son el botón de Reset, ese reinicio que el alma necesita para ir tirando con un parche, mientras te recompones y coges impulso para reconocerte. Hay abrazos, que más que rodearte, te encajan las piezas, entrante con saliente, siguiendo el patrón de colores y sentimientos. Hay abrazos que llegan porque sí, que no se piden, porque el dueño de los brazos que reconfortan ya saben cuándo, cómo, dónde y por qué. Lo único que no sabe es qué, porque saberlo es tanto como asumir que ser amigos ya no llega. Ninguno de los dos estábamos preparados para lo que pasó. Y sin embargo.

– Tienes afición a los gilipollas, Martina. Una adicción como otra cualquiera…

Y, como siempre, me atraes hacia tu pecho, como si ahí mismo fuese el único lugar en el que el mi mundo no duele. Inspiro, expiro. Inspiro, expiro. Inspiro, expiro. Llevas puesto el perfume que te regalé por tu cumpleaños. Genial idea la mía la de regalarte el mismo aroma que usaba uno de los gilipollas por los que perdí la cabeza, el sentido, la cordura, las bragas y la dignidad. Pensé, como pienso siempre, que aquel tipo extremadamente atractivo, con don de gentes rayando la ostentación y con una dosis de seguridad al borde de lo psicopático, que esta vez yo era la elegida. No me digas en qué basé mi juicio y mi esperanza, Dani, porque tú, en cuanto le pusiste la vista encima, me auguraste más lágrimas que polvos. No te equivocaste ni medio, y eso que lo nuestro, lo mío con el enamorado de sí mismo, fue una historia ‘nivel de albañil’: horizontalidad perfecta, la burbuja en el medio y medio del marcador, follando a todas horas, vente mamita, que se acaba la raza blanca. De todos aquellos ayuntamientos carnales eras conocedor, porque contártelo formaba parte del placer recibido: uno tan carnal, el otro tan de piel, poro y razón.

– No hace falta tanto detalle, Martina: me hago cargo… – Te reías como si tuviese una caja de resonancia por costillas. La cafetería se giró a oírte. No era para menos – ¿Sabes que yo también sé hacer eso, verdad? No necesito una Master Class…

Y entonces, te miré y lo vi. No sé el qué, pero lo vi. Sonreías y te mesabas el pelo como tantas otras veces, pero nunca antes te había visto así. Tú, mi corazón ortopédico, mi tirita curapupas, mi almohada de los desastres, mi cojín de los no puedo más. Tú, el hombre de sana, sana, culito de rana, consuelo de 8 a 21, como las farmacias de guardia, al que jamás había visto una cara de reproche o de ya te lo dije. Tú, el tipo extraordinario, que no me ha fallado nunca y que si llego a soñarte, no naces, te das a mí hoy, en medio de esta mierda de cabeza confundida que tengo, como lo único de mí que vale la pena.

Te miro, como tantas otras veces, pero te miro hoy, y eres otro, quizá el mismo, pero con renovado envoltorio. Bajo la vista, porque mirarte es ya una melodía sinuosa que no sé si sabré bailar sin miedo. Te quiero tanto, Dani, tanto, que la sola idea de quererte de otra manera que no sea la de siempre, me paraliza. Azorada y nerviosa, esquivo tus ojos, segura de que todo es una confusión, fruto de un desamor cruento de tantos, que ha encontrado en ti el contrapunto cojonudo a mi sufrimiento. Pero no es la primera vez que tus manos acarician mi pena. Ni tus labios los que me muerden el cuello, porque los cocodrilos extirpan penas. Ni tus ojos los que me dan besos de mariposa, bajando y subiendo esas pestañas largas y rizadas, que son y han sido siempre objeto de devoción y deseo. No es la primera vez que me echo en tus brazos, hecha una mierda, y te digo ¡toma, pégame los trocitos! No lo es, pero…

– Eeeeh… – Me levantas la cara, haciendo una casita con tus manos en mi mentón – No vale llorar y hacer pucheros todo a la vez, que uno no es de piedra…

Me río y sorbo los mocos, al tiempo que pienso que si sacas las manos de mi cara, probablemente, muera. Que sí. Que me muero. Ay, mamá. Si retiras las manos de mi piel, no dudo que mi corazón coja su trolley, su radar de mierda para las relaciones tóxicas y su colección de últimas penas, y se marche. En la estacada, sin corazón y sin muy mejor amigo-Dios-mío-palmo-si-no-me-tocas, ¿qué podría hacer yo, salvo morir? Bueno, podría comer Donuts a dos manos hasta que la ansiedad se volviese diabetes, pero eso ya, sin corazón para gozarlo, qué importancia tendría. Si tuviese un Kleenex, qué a gustito me quedaría…

– ¡Suénate, anda, que contigo ya he agotado mi cupo de paño de lágrimas…!

Me acercas un pañuelo a la nariz, como tantas otras veces. Pero hoy no quiero sonarme. Hoy no, hombre. ¿Es que no ves que acabo de descubrir que te tengo vergüencita? ¿Es que no ves que te miro y me tiemblan los labios? ¿Es que no ves que tengo todos los poros en rebelión, que parezco una bata de cola? ¿Es que no ves que hoy no es ayer, ni antes de ayer, ni el otro ni el de más allá? Es que no ves que todo lo tuyo es bueno, y de eso bueno ya sólo lo quiero pa’mí…

– Dani, yo…

– Shhhh… – Me sellas los labios con tus dedos – ¿Alguna vez sabrás estarte callada cuando debes?

Dejas caer tu frente en la mía. Cierro los ojos, y te respiro. Lo he hecho mil veces, o quizá mil y una, sin embargo, hoy hueles mucho a algo que me calma y me inquieta, me gusta y me descoloca, me asusta pero me apetece, vaya si me apetece. Te oigo respirar tan hondo, tan fuerte y tan desbocado que pienso que si te acercas más, me cuelo dentro. Sigues sosteniéndome la cara con las manos. Tus manos, enormes y seguras, esas que siempre saben cómo hacer para que lo malo se convierta en menos bueno, hoy me consuelan sin saber que no hay un lugar mejor en el que sentirse bien, que mi cara bonita no quiere salir de ti nunca más. Así llegase el fin del mundo, con sus fanfarrias, sus cornetas y sus mierdas apocalípticas. Así bajase a buscarme una bastión de arcángeles con alitas, arpas y pañales a lo Gandhi. Así la vida me pusiese delante a cualquiera de los Adonis capullos por los que sufro y me recompongo, por los que suspiro y me recompongo, por los que reniego y me recompongo. Así cualquier cosa que implique dejarme ir lejos de tus manos enormes y mías, esas que han hecho de mí una niña con suerte, una de esas que sabe que nada como el abrigo de un amigo cuando te pilla la tormenta.

– Tú que siempre lo sabes todo de mí: ¿tienes una explicación para esto…? – Te pregunto, rodeándote el cuello con los brazos.

– Martina, tengo que decirte algo… – Oigo tu corazón a lo loco. Seguimos pegados, frente con frente, compartiendo pensamientos y emociones, de eso ya no hay duda.

– Dani, ¿y si la cagamos bien cagada…? – Te acaricio la nuca, enredando mis dedos en tu pelo. Una y otra vez, como si entrar y salir de tu cabello, fuese un laberinto hecho para mí.

– ¿Sabes el tiempo que llevo esperando a que esto suceda…? – Mueves la cabeza, haciendo que yo mueve la mía. Ser tu siamesa es una sensación cómoda y excitante. Donde vayas, te sigo. Creo que estoy preparada para esto desde siempre, y sin saberlo.

– ¿Qué esperabas para decírmelo, Dani…? – Te dibujo los labios con mis dedos, delimitando mis dominios, mi campo de acción, mi helado de fresa y chocolate.

– Contigo, encontrar turno es complicado… – Te ríes, y me encanta. Te ríes tan bonito y tan de verdad, que a veces, verte reír es todo un plan. Hoy, es una de esas veces. ¡Dios mío, te como la cara toda! Cómo he podido estar a tu lado un segundo sin comerte la boca.

– Estoy libre… – Te sigo el rollo, como si yo fuese un taxi – Y presiento que si te subes, no volveré a estarlo nunca más.

Justo en ese momento, en el que tus labios y los míos se rozaron un segundo, quizá medio, porque a mí me supo a tan poco, tan poquito, tú te apartas y señalas a la ventana con la cabeza. Me giro, y veo en el paso de cebra a una chica bajo un paraguas, que nos saluda, contrariada, pero sonriente. Te miro y te veo nervioso, saludando a la chica. Me das un beso en la frente y te levantas a toda prisa.

– Martina, ¿te acuerdas de la chica del ascensor…? – Te brillan los ojos, y yo me muero. Ahora sí que me muero. Pero del todo, como un fiambre en expositor.

– ¿La chica de ‘caray, qué bien hueles ¿CK?’…? – Te pregunto sin dejar de mirarla mientras avanza hacia nosotros. El ventanal de la cafetería nos aísla como una pecera de la NASA. Si ella tuviese ébola, sarampión o un herpes zoster, la ventana nos pondría a salvo. Para lo único que aquella ventana descomunal, con sus vinilos bonitos a modo de visillo, no podía hacer nada era con su atractivo brutal. Viéndola avanzar, con sus piernas largas y bonitas, con su melena rubia y despreocupada, con sus mejillas sonrosadas sin llegar a ser Caperucita, con su bufanda kilométrica bien anudada y estilosa como no hay otra. Aquella ventana gorda como un culo gordo, no servía para aparte de ella y atraerte hacia mí. Hacía un minuto, incluso menos, te besé la boca, pero se ve que no los labios.

– Te va a encantar, Martina: ¡me recuerda tanto a ti…!

Y veo como te levantas, hecho un lío, y vas a por ella, a recibirla en la puerta. La abrazas, haciéndola girar por los aires. Cierro los ojos, y te juro que puedo sentir tus brazos rodeando mi cintura, perdiendo la cabeza en cada vuelta, segura de que ese es mi lugar favorito del mundo. Lo es, porque es mío. Tiene que ser mío, siempre ha sido mío: en el fondo, siempre lo he sabido. Sin embargo, ahí estás, haciendo feliz a otra que ya nunca seré yo. Tengo tantas ganas de llorar, que si me dejo ir, lo mismo me disuelvo. Otra vez los mocos, y tú no estás para sonarme. Bueno, sí estás, pero ya no para mí…

– ¿¡Martina, verdad…!? – Ella. Aun es más guapa de cerca. No me quiero morir, porque ya estoy muerta. Chismpum – Dani me ha hablado tanto de ti, que creo que ya te conozco…

– ¡Vaya…! – Te miro, con los ojos con el freno de mano: emociones, no, gracias – Pues espero que sea bueno lo que te ha contado… – Arguyo, mientras me levanto, cogiendo mis cosas.

– No hay nada malo en ti: tendría que inventarlo, y lo sabes… – Me regalas otra de esas risas, dardo en todo el ombligo. Dios mío, tengo que salir de aquí, como sea. Que me abduzca un OVNI o me arrolle un tren. Salir de aquí, por favor.

– ¿Ya te vas…? – Ella. Aun es más guapa de cerca. No me quiero morir, porque ya estoy muerta. Chismpum.

– Se me hace tarde…

Te doy un beso y un abrazo. Un beso y un abrazo atropellado, muy de la que cruza la meta a última hora, cuando ya no hay podio, ni fotógrafos, ni ramos de flores, ni botellas de cava. Te doy un beso y un abrazo, sin respirar, porque volver a sentirte tan cerca y tan lejos, acabaría de vapulear a mi maltrecho corazón. Ya por hoy, de angustia, voy servida. Salgo de la cafetería y en el paso de cebra me giro para veros por el ventanal de la cafetería. Os reís, y ella se levanta, al baño, supongo. Veo cómo tecleas en el móvil. Me entra un WhatsApp.

>> Por la noche capítulo final de ‘Arde Madrid’. Llevo pizza y la vemos en tu casa…?

<< Perdona, Dani, no vengas a cenar, no siendo que te quedes a dormir. Para siempre.

Levanto la mirada y te veo mirando la pantalla del móvil, sin pestañear. De repente, dejas caer la cabeza en la mesa, como las avestruces cuando se ven venir el peligro que te cagas. Ella vuelve del baño, te mesa el pelo. Mi semáforo abre: tengo que pasar, pero quiero saber qué vas a hacer. Ella no deja de tocarte el pelo, y tú emerges de tu reposo, dándole un beso blandito y maravilloso, tan blandito y maravilloso como yo he soñado harías conmigo esta noche y siempre. Avanzo por el paso de cebra, llorando como si mis ojos fuesen el manantial de Solán de Cabras. No veo el suelo, quizá tampoco a la gente, porque lo único que veo es que la ocasión la pintan calva, y la mía lo era, siempre lo fue, pero no lo vi a tiempo. Mi mejor amigo, el único tío que me quiere como soy, con mis mierdas y mis mierditas, siempre conmigo y para mí. Era él, y yo no lo vi. Como siempre, llego tarde a todo, incluso a mi destino. Si tuviese fuerzas, gritaría. Gritaría tanto y tan algo, que posiblemente salieses a mi encuentro, a pasarme la mano por el mentón, recordándome que soy una boba, que por los hombres no se llora.

– ¿Sabes, qué…? – Noto que me cogen por la cintura – Que a mí la pizza con los bordes rellenos de queso no acaba de gustarme, pero si te empeñas, que sean dos…

Y ahí estabas tú, con el mismo aire de tipo extraordinario de siempre, pero oliendo a eso tan nuevo que me ata a ti. Te miro y lloro, bueno, ya estaba llorando, pero ahora lloro para ti, como tantas otras veces, solo que hoy, además, son lágrimas por ti. Me sorbo los mocos, al tiempo que tú me acercas un Kleenex.

– He de decirte, Martina, que para ser una señorita, te suenas como una elefanta: ¿hace falta hacer tanto ruido…? – Te ríes, y me besas la frente.

– Eres un idiota, ¿lo sabes…? – Pues ahora río y lloro, y eso es una novedad en mi repertorio de dama doliente. Estoy tan contenta de que estés aquí, pero… – ¿Y ella, Dani…?

– Ella es perfecta, nena, pero nunca serías tú, y creo que no podría amar a nadie como te amo a ti.

En medio del paso de cebra, me coges en brazo y me besas. Me besas mucho y bien, sin prisa. A pesar de los coches, que nos pitan, enervados, a ver si no tenéis otros sitio en el que daros besitos, pánfilos del carajo. A pesar de la lluvia, que nos cala y no recuerda que hay que ir a casa a cambiarse de ropa, pero quien dijo a vestirse. A pesar de que ella nos mira desde lejos, segura de que lo nuestro va a salir mal, pero cómo puede ella luchar contra lo inevitable. A pesar de todo, y de mí, que tengo imán para convertir en finales los principios.

– Dani, ¿y si no sale bien? – Suspiro, sin dejar de abrazarte.

– Saldrá, Martina. Me voy a dejar la piel en ello.

Aquel día llovía tanto, tanto, tanto, que llegamos a casa como dos océanos. Afortunadamente, era viernes, y el fin de semana, hubo tiempo y ganas de dejar que la ropa se secase lentamente, porque cuando manda la piel, poco tejido se precisa. Arde Madrid, y tanto que arde, todavía…

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