Opinión

Melilla, como síntoma y disculpa

Melilla /Aena

Enrique Arias Vega / A CONTRACORRIENTE

Una historia de amor ha llevado a Encarna, camarera en una cafetería melillense, a trasladarse desde Zaragoza a la ciudad autónoma del norte de África. Lo mismo le sucedió hace más de un siglo al arquitecto catalán Enric Nieto i Nieto, quien convirtió a Melilla en la segunda ciudad española (tras Barcelona) con más edificios modernistas.

Es algo de lo que poco se sabe. Esa incultura tan generalizada en nuestro país la comparte también el guía turístico de nuestro grupo de jubilados, al hablar de la “expulsión de los musulmanes de España” por los Reyes Católicos. Me costó convencerle de que sólo fueron expulsados los judíos en 1492 y que la expulsión de los moriscos (musulmanes bautizados) no ocurrió hasta 1609.

Ya ven qué poco sabemos de lo nuestro. Y eso que Melilla se sustrae a algunos aspectos colaterales de la Memoria Histórica, como la pervivencia alterada de un Monumento a los Caídos, o la estatua de Franco cuando sólo era Comandante de la Legión, así como la pintura de la bandera republicana visible en la fachada del Casino Militar.

No es de sorprender, por ello, que Melilla reciba muchos menos turistas de los que merece y que la gente la sitúe en el norte de Marruecos, cuando resulta que existió mucho antes que él, que su abrupto contexto rifeño y de cultura bereber siempre se mostró indomable tanto a árabes como cristianos, y que su pertenencia al Califato de Córdoba fue más breve que el de muchas ciudades peninsulares.

Con todo, poco tiene que ver la Melilla de hoy (con la paulatina desaparición de judíos emigrados a Israel, el crecimiento demográfico de la población musulmana y la desaparición en la calle de la presencia militar, debido a la concentración de cuarteles) con aquella otra ciudad fuerte de los años 50.

Es una pena, sin embargo, que los españoles ignoremos una localidad que con dos universidades, tres bellos parques, un Parador Nacional y cantidad y calidad de recintos deportivos, rivaliza en sus 13 kilómetros cuadrados con cualquier otra de su tamaño (86.000 habitantes) de la geografía nacional y sólo es noticia, en cambio, por los periódicos asaltos de subsaharianos a la valla fronteriza con el afán de penetrar en El Dorado europeo.

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