Literatura RELATOS

Avaricia

Noe Martínez / SIETE PECADOS CAPITALES

4.- AVARICIA

No es besar, que también, es hacerlo incluso cuando los labios no se tocan, en ese instante previo en el que las intenciones se arrodillan ante el olor a boca que quiere más de la otra boca y todo se llena de calorcito y humedad. Besar es mucho más que chocar dos trenes blanditos, cargados sentimiento y necesidad. Besar es parar el tiempo para que los ojos de tu otro yo pidan clemencia y babitas para siempre jamás. Por siempre jamás. Por eso, cuando estreno ligue, sé enseguida si se va a convertir en amor o se va a quedar con mi piel entre las sábanas.

Mi amiga Piluca dice que moriría por una vida llena de primeros besos, esos que se te quedan tatuados y tantos años después sigues rememorando con los ojos cerrados, mientras te malbesa cualquier otro impostor, disfrazado de elegido. Una vida de primeros besos suena pistonuda, mmmsí, pero vete tú a saber si yo no echaría de menos el segundo, el tercero, el cuarto y quizá el quinto beso, ese que me suele resulta cómodo, mullido, suave y seguro. Nunca he sido yo de experiencias extracorpóreas, porque ni levito ni vuelo, que no tengo edad ni Biodraminas suficientes, así que lo de ir con hormigas en el estómago todo el día, hasta el fin de los tiempos, no va conmigo.

El primer beso tiene sentido cuando el que te lo da, te lo regala desinteresadamente, como dádiva al encuentro. No suele pensar el afortunado que va a hacer historia en tu maniquea psique de señorita del XIX, en la que sólo hay cabida para caballeretes y chuflagaitas. Mal saben los chicuelos que me prestan sus labios cuando el destino nos hace cosquillas en el alma, que no morirá del todo nuestro fortuito juego, porque aunque su presencia sea fugaz, quizá lo que duren sus caricias en mi cuerpo, sus labios, su sabor a ‘chico desea a chica porque chica es lo único que importa a chico’ se quedarán para siempre conmigo, para hacerme compañía en las noches en las que esté más sola que la una y no deje de preguntarme qué hace un corazón como el mío, tocando una tamborilada a solas, de madrugada y haciéndome sentir una caca. Una caca abandonada a su suerte y su no suerte. Caca singular, siempre el verso suelto en las fiestas de cumpleaños, en los que, por cierto, beso muchos labios, pero nunca unos que me reconforten y me hagan exclamar al carajo con todo, que yo me quedo aquí.

Por eso y desde entonces, todos mis besos me llevan a ti, que maldito el día respiré tu aire como si fuera mío. Dejé que rompieses la barrera de la cordura y ahora estoy donde estoy, comiéndome el tarro y preguntándome en qué instante bajé la guardia, y cual torero de rodillas a puerta gayola, dejé que entrases en mi pasillo de la fama, ese columbario de amores perdidos, que dejan su huella en la hornacina en la que guardo las cosas que valen la pena y a las que recurro noches como la hoy, en las que el lado frío de la cama me sabe a mi burro, a mi burro le duele la cabeza y el médico le ha dado jarabe de cerveza. Me sabe a qué hago yo ahora con los escalofríos que me provoca pensarte de nuevo. Me sabe a yo quiero más, y lo quiero ya, porque besarte fue y siempre será como intentar comerte sólo un Donut del paquete gemelar: so imposible, my dear! Y digo fue, porque fue, y digo será porque siempre estaré pensando en que una llamada sin identificar puede ser tu nueva vida que me reclama.

Pero con el paso de los años, la llamada es cada vez menos probable, casi tanto como volver a verte y, mucho más impensable aún, volver a oler el café de la mañana en tu cara recién afeitada, sabiendo que ocho horas de oficina son un océano abarcable sólo cuando estoy segura de que al regresar y abrir la puerta, eres tú lo que me hace sentir en casa, que no es lo mismo que estar en casa. En casa estoy ahora mismo, entre cuatro paredes, tres armarios, dos zapateros de Ikea y un improvisado cesto de la ropa sucia que no es más que un canasto de pisar uvas. También tengo una nevera grande con No Frost, que no hipercongela ni deja que las cosas se pudran antes de tiempo. Tentada estoy de hacerme un sitio al ladito de la mostaza y el jamón cocido, porque igual que la arañita pijamera, esa que se cuela en la pernera del pantalón mientras duermes, y te muerde desde el tobillo hasta el elástico de la cinturilla buscando salida con sus patitas de araña pequeña y jodona, cuando la soledad te da el primer mordisco, la crionización no suena mal del todo. No hay frío que cien pupas dure. Ni pupas que cien glaciaciones soporte. Pondré el refrigerador en la función ‘a toda hostia’, por si me entra prisa por no ser.

Es lo malo de no saber controlar las emociones y mucho menos los tempos: querer y quererlo todo, quererlo todo y quererlo ya. Si mi vida fuera el escaparate final de ‘El precio justo’, bastaría con poner una banquetita de tres patas con un cojín mullido, porque esperar es mi destino, mientras alcanzo a dar un valor irrazonable a lo que me pasa. Y ese precio eres tú. Cueste lo que cueste. Valgas lo que valgas. Porque eso es otra, no sé si eres o te supongo, pero para el caso es lo mismo, porque cuando la chispa arranca, no soy capaz más que de echarte de menos tal y como te quiero recordar, dejando a un lado esas otras cosas que te quitan qué sé yo, pero que, en todo caso, no están invitadas a mi cuadro de las lanzas. Imaginarte en plena potestad y plenitud de superpoderes, esos que te gastas con tan solo arrastrar las pantuflas por el pasillo, fusfás, fusfás, fusfás, creando un campo magnético tal que tanto se te pegan las pelotillas de polvo del parqué como mis ganitas de vente aquí conmigo, que me duele perderte de vista.

Saberte como te sé un ‘ya nunca más, y que te den, morena’, te da un extra de atractivo, y sé que está mal en decirlo. Está mal en decirlo, y mucho peor en no asumirlo, porque entonces ¿de qué tanta pichochez con lo nuestro? ¿De qué eres el epicentro de casi todo lo bueno que quiero que me pase? ¿De qué un Euromillonazo es nada comparado a que el puto teléfono suene otra vez, como antaño, para preguntar a qué hora voy a cenar, que estás haciendo ravioli y no quieres que se queden en pegotones? ¿De qué sentirme así, cual periquito viudo, periquiteando lagrimas verdes de tanta soledad de mierda? Lo dicho, es lo malo de querer y quererlo todo, que te olvidas de preguntar cuánto está dispuesto a dar el otro. Doble o nada, hagan juego, señores…

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