Opinión

El octavo pecado

Antonio Gil-Terrón Puchades

El pecado que más detesto, de entre los siete pecados capitales que recoge el Catecismo de la Iglesia Católica, es la envidia. Sin embargo, hay uno que aborrezco más si cabe, a pesar de que no solo no está incluido entre los siete, sino que además ni tan siquiera tiene la consideración de pecado. Estoy hablando de la tibieza; esa marca en el termómetro del espíritu que delata a los cobardes.

Curiosamente, cuando me sumerjo en la Noche de los Tiempos para intentar averiguar de dónde surge la lista de los siete, me encuentro con que ésta nace el siglo IV, obra de un ermitaño llamado Evagrio el Póntico, con la salvedad de que en la lista del eremita no figuraban siete pecados, sino ocho. El pecado que originalmente figuraba en el listado, y que posteriormente es suprimido por la jerarquía eclesiástica, es el de la cobardía.

Bueno, pues al final resulta que no soy tan pretencioso como para inventar pecados nuevos, como si ya no hubiera bastantes. Pero claro –pienso-, quién soy yo para poner en tela de juicio la labor de los sabios doctores de la Iglesia… Entonces, ante la duda, hago lo que hago siempre cuando con la Iglesia he topado, y es preguntarme qué opina Dios sobre todo esto, y veo que su respuesta es clara como el agua:

«Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca…» [Apocalipsis 3:16, Nuevo Testamento, Sagrada Biblia].

¡Zasca! ¡Ese es mi Dios!

NOTA: Hace unos días manifesté públicamente, sin tibieza ni ambigüedades, mi firme posición con respecto a la ley aprobada en Nueva York, que permite sentenciar a muerte y ejecutar legalmente a los bebes aún no nacidos, con la única condición objetiva de que la vivisección y desmembración quirúrgica del bebe, y su posterior extracción a trozos, sea antes del parto.

Han pasado dos semanas desde la firma de la ley, y esta es la hora en la que aún estoy esperando que el Papa Francisco, tan aficionado él a dar titulares de prensa, diga esta boca es mía.

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