Cultura RELATOS

Gula

Noe Martínez / SIETE PECADOS CAPITALES

2.- GULA

– ¿Oíste, Charo…? – Sentado en el váter, ojeo el Cosmopolitan de mi novia, mientras ella acaba de arreglarse el pelo con las planchas.

– ¡Hummmm…! – No me hace ni puto caso, claro, porque tiene la boca ocupada con dos millones de prendedores negros que utiliza para no sé qué cosa de ondas surferas. ¡Prf…!.

– ¿Este tipo está bueno…? – Señalo al tipo de la foto. No tengo ni idea de quién es, pero estoy seguro de que ella sí ¡hombreeee…!

– *Ñejamehveshummmtecagash...

*Déjame ver, hummm… ¡te cagas…!

Eso dijo. Déjame ver, hum, te cagas. Y aunque estaba sentado en el váter, no me cagaba porque lo que estaba haciendo era tiempo para que ella me dejara libre la pileta y poder afeitarme, pero, visto lo visto, y que el barbudo de la coleta que salía en el Cosmopolitan estaba bueno que te defecas, lo mismo tenía que dejarme pelos en la cara. Porque tenía que ser eso, ya que en ropa, el tipo de la foto no se había gastado mucho, no.

– ¿En serio? – Apostillé, riéndome con sorna, golpeando la foto – Pues ya me dirás: ¡una camiseta blanca de mierda, de las de toda la vida!

Si había algo sagrado para Charo, además del orden en la nevera y dejar la ropa conjuntada para el día siguiente en la silla de la habitación, era su sesión de alisado; así que, cuando vi que soltaba las GHD a toda prisa y me arrancaba el Cosmopolitan de las manos, supe que la faltada estaba cerca. ¡Zas, en toda la boca!.

– Paco, hijo, no es la camiseta, es lo que va d-e-b-a-j-o de la camiseta…

Y la muy cabrona pinzó uno de mis michelines como si sus dedos índice y pulgar fuesen unas pinzas de dar la vuelta al entrecot. ¿Se puede ser hijaputa? Pues sí, y eso que dice que me le gusto gordito, que los tipos delgados no le van. ¡¿Aaaaaah, no te van…!?, pensé, será que no te van los delgados que no están buenos que e cagas. Farisea, mascullé, dolido.

– No me toques los cojoneeeees, que me pongo en serio con lo del gimnasio y la lío parda…

¡Ay, mamá! Ahí empezó todo. Empezó mi declive humano y social. Perdóname, Señor, que no sabía lo que decía. ¿Dónde puedo uno arrepentirse de los calentones momentáneos sin perder chulería? El día que le dije a Charo que podía cumplir con mis objetivos deportivos, más allá de pagar la mensualidad e ir a la sauna una vez por semana, debí morderme la lengua. Más aún, debí tragármela. Entera. Sin masticar. Porque hay que ver lo infeliz que soy desde el día. Me cago hasta en mi sombra…

– Charo, ¿se acabaron las patatas Lays? – pregunto, muerto de hambre, abriendo y cerrando las puertas de las alacenas.

– Noooooo… – con la cabeza metida en algún cajón del armario, su voz sonaba a calcetín.

– ¿¡Nooooo…!? – Con los brazos en jarras, aguardo a oír su taconeo por el pasillo. TocTacTocTacTocTac. Silencio total. No viene – ¿¡Nooooo…!?

– Noooooo… – con la cabeza metida en el mismo cajón del armario, su voz sonaba aún más a calcetín, esta vez más escondido.

– Y si nooooooooooooooo, entoceeeeees… – Inquiero, con tonillo. TocTacTocTac. Esta vez sí que viene – Es que ya no te las compro – Me espeta.

– ¿Qué no qué…? – Incrédulo, me agarro al mármol del mesado de la cocina, intentando recordar por qué vivo con Charo, por qué quiero a Charo.

– Que ya no te las compro, porque te comes la bolsa entera y te cargas el esfuerzo del gimnasio… – Se me acerca, a traición, y me da un beso blandito, de los que saben a madre, no a novia que sabe cómo besarte cuando quiere gustarte.

– ¡Hay que joderse…!

Había, tal. Había que joderse hasta el infinito y más allá, porque era domingo, el colmado del Pakistaní de al lado de casa llevaba cerrado dos semanas por festejos nupciales y el bar más cercano no tenía Lays, tenía patatas mierda, de esas de marca chunga, que saben a borrachera de puticlub. Lo sé, los divorcios han de cimentarse en algo que no sea de risa, porque decirle a un juez que te marchaste de casa porque tu chica decidió no comprar patatas fritas en bolsa grande, sonaba, a priori, a chufla. Pero a mí, en aquel momento, no me hizo gracia alguna. Para risas estaba yo.

Me fui hacia el sofá con una cosa que Charo dice está buenísima y es muy sana, un aperitivo ideal para los que estamos a plan, apunta siempre que puede. Tortitas de arroz, reza el paquete. Mientras engullo una tras otra, viendo a ver si a partir de la quinta tortita me aficiono a lo insaboro, me digo que podían haberse llamado escobillas de váter, porque saben a culo. Charo ignora el mal que le deseo en este momento en el que mi ser necesita grasa hidrogenada y sal, pero lo nota, porque, más que acurrucados bajo la manta de ver la tele, estamos protegidos. El uno del otro. Ella se aferra a mí, intentado vencer mi resistencia a ser querido. Protesta, dice que soy un cáctus, que me cuesta mostrar mis sentimientos, que es culpa de mi madre, que, sentimentalmente, me educó como el orto.

– Sí, que a ti la tuya te educó mejor, ¡hay que tocárselos…! – Intentando tragar el amasijo de gomaespuma con el que están hechas las tortitas de arroz, defiendo el honor de mi santa madre.

– Oyeeeeeeeeeeee, si está irascible porque el gimnasio te cansa, no es mi culpa, eeeeh…

Charo se levantó, zapateándome el mando de la tele en toda la barriga, casi vacía, por cierto, porque las tortitas de caca no llenan ni comiéndote también el embalaje en el que te recuerda sus beneficios y sus calorías. ¿Y no va, la tía, y se enfada? ¿No había sido ella la que había arrestado mis patatas Lays? ¿No había sido ella la que había mentado a la madre que me parió?

– Charoooooo…
Grito desde el salón, sabiendo que no me va a contestar.

– Charooooo…
Vuelvo a gritar, pero sabiendo que pierdo el tiempo.

– Charooooo, me pica un huevo… – Digo, por provocar, mientras me rasco la entrepierna.

– Pero serás… serás… serás asqueroso y cerdo y puerco y boca negra… – No falla: ¡la pincho y salta!, pero le hago gracia, y eso es muy grande.

Charo volvió al salón a darme de hostias con los cojines y a tirarme de los pelos de la barba que me estaba empezando a crecer, como al tipo de la foto. Bueno, como al tipo de la foto exactamente no, porque a él le parecía tupida y molona, en cambio la mía, era rala por zonas, compensando con remolinos y canas en el lado contrario. Más que una barba hipster, la mía era una barba perroflauta, y mira tú que, a fin de cuentas, la cosa era la misma: no afeitarse y a tomar por culo. Pues nada, yo perroflauta y el de la foto del Cosmopolitan ‘bueno que te cagas’. Hay qué ver.

– Mira una cosa… – Charo interrumpió su guerra de almohadones y me eché a temblar, porque cuando una tía te dice ‘mira una cosa’ quiere decir ‘te vas a enterar’. Me castañeaban los dientes. ¿No me iría a dejar, verdad…? Me cagué… – ¿Cuánto tiempo va a durar esto?

– Joeeeer, nena, vaya pregunta… – tragué saliva – Pues lo que tú quieras, porque yo contigo estoy de la hostia, así que…

– ¿¡Perooo…!? – Charo se llevó el dedo índice a la sien, dejando claro que alguien allí estaba zumbado, pero que, por supuesto, no era ella – Digo, que cuánto tiempo va a durar esta matada de gimnasio, báscula, mal humor y comer bocata de panceta a escondidas…

– ¡Chechechéééé…! – Reí, nervioso, ¡no me va a dejar…!– Que no son de panceta, son de b-a-c-o-n, que lo compro en el Hipercor y ahí es todo más caro y más fino, so cabrona…

Agarré un cojín de flores que me parecía horroroso pero que daba muy buen sobar a la hora de la siesta, y le di su merecido, almohadazo va, almohadazo viene. Charo, que tiene tan buen perder como el mío, se dejó dar y requetedar, con tal de que al final, los perdedores tuviesen su sesión curapupas y abrazos de oso. Los abrazos de osos, en esta mi santa casa, lo curan todo, eh, pero sobre todo y más que cosa alguna, las tensiones de pareja, porque qué mejor que un amasijo de brazos y barrigas felices, así, campando a sus anchas, mientras nos mordemos las orejas en señal de cómo tú, ninguna, que canta el Bustamante. Lo sé, aludir a Bustamante, siendo yo quien soy, queda entre cursi y pelele porque cuando conocí a Charo era un aguerrido camiseta negra, aficionado a la cerveza de barril y los cacahuetes sin pelar, pero… león disfrazadito de cordero; o cordero disfrazado de león, que uno ya no sabe si era mejor el que era o el que es, porque estar con los amigotes mola mazo, pero hostiarme con los cojines con Charo, seguro de que después hay tema, mola mazo más.

– Charo, tengo un hambre mortífera… – Dije, casi en un suspiro, con el poco fuelle que me quedaba para protestar.

– Las patatas Lays están detrás de la caja de leche desnatada sin lactosa.

– ¿Pero no era que no había, nena…? – Separándola de mí, como queriendo llamarle traidora en versión ‘cariño no te enfades, no te estoy insultando, tal y como parece’..

– No, dije que ya no te las compraba… – Charo se reía, mientras me mordisqueaba los mofletes – Esas las compraste tú: ¡yo solo las escondí!

– Tú eres mala… – Dije, indignado.

– Tú aún no sabes lo mala que puedo llegar a ser…

¡Ay, mamá! Y dicho así, los dos tendidos en el sofá y tras el abrazo de oso de rigor, me sonó a maldad de la buena, de que sólo Charo es capaz, sabe y me gusta. Su maldad y mis ganas de patatas Lays no competían, no jugaban en la misma liga porque en la balanza de pecados, mi gula por sus planes de amante perversa siempre ganaba por goleada. ¡Nos ha jodío…!

– ¿Y las patatas, Paco…? – Masculló ella, dejándose el Push-Up en el pasillo.

– ¿Estoy a plan, recuerdas…? 

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