Cultura RELATOS

Agrio

Imagen de Francisco Álvarez

Noe Martínez / LOS SABORES

AGRIO

A la vida le faltan horas para poder contar besos que se nos han quedado entre los labios. Esos besos, que cuando vuelves a ellos sin querer, te sacuden como un remolino inesperado en medio de la corriente tranquila de un río mil veces navegado. Esos besos que se quedan anclados para siempre en el lugar en el que se anclan las cosas bonitas y que nunca se han dado, abrázame fuerte, hasta que te duelan los brazos. Un lugar al que volver cuando la noche se cierne oscura y las sábanas frías te devuelven el recuerdo nítido de lo que pudo haber sido y fue, pero que, posiblemente, en este mismo instante esté siendo de otra, ya nunca conmigo. Ya nunca para mí. Ya nunca yo, mi, me, contigo. Permíteme que te evoque una última vez, la última, te doy mi palabra, antes de ponerle a mi corazón el cartel de se vende, aquí ya no vivo. Desde que tú ya no, a mí ya nada…

Lo nuestro empezó como empieza todo lo bueno: sin querer. No era la primera vez que coincidíamos, pero, probablemente, la primera en la que el tonteo entre los dos era máximo. El juego de me miras, no te miro – te miro, no me miras, se nos había quedado pequeño, porque al segundo brindis por el año nuevo, nos quedamos enganchados, como se engancha una pelusa de diente león que se encapricha de tu abrigo. Nos miramos, llevados por la algarabía de los buenos deseos, de los abrazos atropellados e histéricos de un año que termina, gloria al nuevo año. Nos miramos, ya sin miedo ni condición, porque el alboroto y la locura jugaban a favor. La distancia infranqueable de dos desconocidos, reducida a nada. Invadiendo el perímetro de espacio vital, la burbuja de no estoy lista para otro hostiazo, activado el radar para los hombres que me hacen daño. Con dos copas en la mano, te hiciste un hueco entra la gente, sin dejar de mirarme. Equilibrio y milagro a partes iguales, llegaste a mí sin deponer tu intención de brindar. Mis amigas, que son muy de no mires, pero Darío viene hacia ti, tía, viene hacia tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, me dieron un codazo y un abrazo, como si lo nuestro, además de un regalo, fuese un duelo de gladiadores, adiós, chao.

– Bonito tatoo…

Así, sin más, rozaste mi espalda descubierta con tu mano, dejando que una gota de cava se deslizase por mi cadera. No sé muy bien si fue deseo o frío, pero un escalofrío delirante me recorrió de arriba abajo, de abajo arriba, de izquierda a derecha y vuelta a empezar. Di un respingo y sonreí; dadas las circunstancias, era todo lo que podía hacer, salvo comerte la boca, que era lo que me pedía el cuerpo, pero para eso, aun me faltaba valentía, una copa y un silla: las bajitas no podemos ir por ahí besando caballeros sin previo aviso, porque la naturaleza nos lo pone difícil. Sea como fuere, el calambrazo brutal que provocó tu dedo en mi espalda y la gota gélida y fortuita pantalón abajo, hasta el elástico de mi braga, me impulsó hacia ti. Empotrada en tus brazos, que no hay otra forma de decirlo, acepté tu copa, tu halago, tu sonrisa y tu seguridad apetecible, tan promesa sin dedos cruzados de que posiblemente, contigo, las ranas volviesen al estanque.

– ¿Por qué brindamos…? – Te dije, sonriendo y buscando tu copa con el borde de la mía.

– Por esa boca bonita, qué sino… – Hiciste sonar tu copa contra la mía. Chinchín, mientras con una mano me tocabas los labios.

– No suelo dejar que los desconocidos brinden por partes de mi cuerpo. Es una norma que tengo, por lo menos hasta habernos besado… – Mierda. Lapsus lingue. Eso de no digas besar ni beso ni besito ni te borraría la boca de tanto ven que te doy un motivo para estar calladito. Siento que me estallan las orejas. La vergüenza lleva mi nombre.

– Pues eso hay que solucionarlo cuanto antes…

Mientras los demás festejaban dejar atrás un año chungo en busca de otro que, sin duda y por cojones, debía ser mejor, nosotros cerramos los ojos, respiramos, oímos como del pecho se nos salía un corazón desbocado, y aun aupada en unos brazos grandes y largos como dos remos de trainera, sentí vértigo de altura, de locura y de atracción a los infiernos. Fuese lo que fuese lo que el destino tenía preparado para mí, sólo en tus labios tenía sentido y cobraba forma. Si alguna vez me habían besado bien y me habían besado bonito. Si alguna vez deseé quedarme quieta y dejarme ir. Si alguna vez olí y olí y olí un cuello sudado y grandote, mezcla deliciosa de perfume y piel. Si alguna vez me dije date por jodida, Larita, que este tipo te ganó la baza, fue aquella. No sé si girábamos nosotros o el mundo, que ya lo dijo Davince, ma si muove. Oí como mis amigas hablaban de nosotros, de ti y de mí, como si además de predestinados, fuésemos sordos. Qué me importaba a mí ya que tú supieses que soy un imán para las relaciones que acaban mal. Qué me importaba a mí que supieses que tengo debilidad por los guapos y gilipollas, el orden de los factores no altera el producto. Qué me importaba a mí que supieses que de la última ruptura salí con diez quilos menos y la promesa de convertirme en la chica que envía vídeos de gatitos haciendo cucamonas. Qué me importaba a mí, a estas alturas y aun con mi boca sobre la tuya, que supieses que llevo esperando este momento mucho tiempo, más del que seguramente te haya esperado nadie, porque tú eres de los que no pierdes comba, que te sobran oportunidades y Julietas. Con todas y con esas…

– No quiero que te confundas, yo no soy de las que se besan con el primer guapo que se lo pide… – Me río, mientras te cojo la cara con las manos, y dejo caer mi nariz contra la tuya. Plas. Alguien dice que no hay fin de año sin Abba, que vaya mierda de DJ. Coincido plenamente, pero no digo nada, sólo cierro los ojos, no quiero emplear más sentido que el tacto. Quizá también el gusto, porque el sabor agrio de los finales infelices, me persigue allá donde voy, por muy bien que me vaya.

– No quiero que te confundas, yo no soy de los que se besan con la primera belleza a la que muero por besar… – Ahora nos reímos los dos. Reconozco la melodía de Waterloo de Abba. Por fin, algo encaja, además de tú y yo, claro, que parecemos un rompecabezas, ready to fit.

Aquella noche no la pasé sola. Tampoco la siguiente, ni otras tantas en las que tu casa fue mi casa, hasta que convirtió en nuestra casa. Aquel fin de año, trémulo y raro, un día de esos en los que no iba a salir porque no tenía nada que ponerme que me hiciese sentir bonita, me había venido la regla, el pelo, fruto de mi ausencia de ánimo vital, se afanaba por recordarme que mi infausta idea de adoptar un flequillo, era, en realidad la enésima inocentada del año. Aquel 31 de diciembre, en el que andaba mi corazón herido ansioso por volver a sentirse tan corazón y tan loco como cuando tenía 15 años y me enamoraba del amor. Tanta era la necesidad de volver a sentir lo que fuese, hasta un fracaso si con eso conseguía salir del letargo, que me eché a la calle, al frío, a la lentejuela, a la sandalia sin medias, al abrigo de cinturón y hasta la cadera, que más que tapar, adorna, y me fui a tu encuentro. Nada sabía de que ibas a aparecer, ni mucho menos a quedarte, pero me hice a ti, como se hacen al mar las gotas de lluvia que sorprenden al verano. Me hice a ti, Darío, porque una vez probé tus brazos, para qué más. Aquel atrevimiento de rozar mi espalda, dibujando mi tatoo con tus manos, mientras una gota bajaba hasta mis bragas, me devolvió mi habilidad natural para soñar con que no todo tiene por qué salir mal.

Cada noche, desde aquel 31 de diciembre en el que la vida parecía un carrusel con sus caballitos y sus postes de colores, cuando me meto en la cama, busco tus pies con la punta de los míos. A veces doy con ellos, como Oasis en el desierto, que no sabes si es o lo sueñas. Otras no, porque la realidad es tan obstinada, que te persigue incluso con los ojos cerrados. Esas veces, Darío, en las que te echo tanto de menos que me duele la piel, donaría tiempo a cambio de besos, pero besos de esos que tú y yo sabemos, los que son preludio de una batalla cuerpo a cuerpo, sin palabras, sin peticiones ni deseos, porque donde tú y yo nos rozamos, amor, no hay idioma que llegue. Eso lo saben él y ella, estos seres estupendos y muy plan B que hemos tomado como parche, que nos ayudan a entender que sin nosotros, también hay luz, una luz tenue que siempre sabe a galleta de coco, tan huérfana como rechazada, en una caja de dos pisos; esa galleta, que no es que no te guste, que sí, pero no te la comes mientras tengas de chocolate, de gianduja o de guirlache. Esa galleta de coco, mil veces evitada, pero que si lo piensas bien, tampoco está tan mala. Él y ella, tan buena gente pero tan galleta de coco, al fin y al cabo, Darío. Ese sabor delicado y roto que deja una historia que empieza y acaba como lo que es: única. Quizá por eso, yo ya no beso como entonces, como aquel día en el que te dibujé los labios, mucho antes de saber tu nombre. Y no me importa reconocerlo, besar a un desconocido fue una gran idea. La mejor, Darío. Sé que no es el momento, pero volvería a ti una y otra vez, sin equipaje, desnuda y con sed, porque contigo y en ti, todo sacio. ¿Qué hemos hecho mal? Ayúdame tú, amor, a ver si entre los dos centramos jugada. Mientras tanto, estado civil: pensándote. Claramente, pero en él. Sino en ti, y eso también es un drama. Amar sin dirección, ese es mi drama. Te echo tanto de menos, tanto de menos, que si te echo más de menos, exploto.

– Lara, tienes un mensaje… – Él me acerca el móvil desde la mesilla, aun con los ojos cerrados.

Es 31 de diciembre. Dos años después de la separación de los continentes, lo has vuelto a hacer.

>>> No sé si es correcto decirlo a estas alturas, pero podría dibujar tu tatoo como entonces y dejar caer una gota de cava sobre tu espalda.

>>> No somos los mismos, pero seguimos siendo nosotros.

>>> Dame un señal, la que sea, y lo mando todo al carajo

– ¿Todo bien, nena…? – Él me pregunta, con la cabeza bajo la almohada, al verme levantarme a toda prisa.

– Todo bien… – Respondo, mientras me visto, acelerada.

– ¿Compro algo esta noche para cenar y vemos una peli…? – Me dice, mirando la hora de reojo.

– Creo que no… – Con la mirada perdida en algún lugar que tiene tu nombre, le contesto.

– Lara, otra vez, no. Ya hemos pasado por esto… – Él se incorpora en la cama y verlo tan hombre y tan vulnerable, me da una ternura infinita. En cualquier otra circunstancia, me tiraría a su pecho, para sentirlo mío y de nadie más. Pero hoy no, porque hay cosas que remueven, porque jamás han dejado de arder.

– Yaaaaa… – Suspiro – ¿Y qué quieres qué le haga si le quiero todavía? ¿Qué hago yo si le quiero y creo que le querré mientras viva?

– Pero a mí también me quieres, no hace ni dos horas que me recordaste, ¿o era solo porque en la cama hago que te olvides de él?

– Javi, eres tan imbécil a veces…

No es una gran despedida, lo sé, quizá no es la que él se merecía, porque me ha aguantado muchas y mucho. Pero qué puedo hacer si amar a la persona equivocada puede ser mi suerte y mi destino.

**** Darío, no va a salir bien. Los dos lo sabemos, ¿verdad?

>>> Sí, esta vez sí. Por favor, un café, un abrazo y hablamos…

**** Tú y yo no sabemos hablar…

>>> Sí que sabemos, pero nos gustamos demasiado…

**** Y si la cagamos de nuevo?

>>> Me muero por estar contigo…

>>> Lara…?

>>> Laraaaaa…?

**** Sabes esa movida de vértigo cuando te subes a un columpio…?

>>> Esa…

****Esa…

>>> Ven, por favor, pero si vienes, que sea para quedarte…

**** Voy. Cómo no voy a ir, si nunca he dejado de estar…

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