RELATOS

El gusto

Noe Martínez / SERIE CINCO SENTIDOS

EL GUSTO

– ¿Qué haces…? – Preguntas, viendo como tomo asiento al borde de la bañera.

– Te miro… – Es obvio, lo hago. Y cómo lo hago.

– ¿Y qué ves…? – Tic, tac, tic, tac… la elocuencia nunca ha sido lo mío, sin embargo, me tientas.

– Mis piernas… – Dos, preciosas, con la piel erizada por frío.

– ¡No son tuyaaaas…! – Replicas, divertida.

– Eso habría que preguntárselo a ellas…

Meto la mano bajo el agua y busco la manera de cerciorarme de que ese enigma sumergido, es mío y de nadie más. No te apartas, no me pides que te deje bañarte y que después, si eso, ya veremos. Te quedas mirándome, regalándome esa intimidad incandescente, que es tan sí, como por favor no pares, y que se convierte en magia, a golpe de abrázame, haz que sude el aire. Quererte no fue mi plan, sin embargo, sucedió como suceden las cosas buenas: de repente, sin avisar, como una tormenta en medio del mar, que te pilla nadando, y piensas vaya movida como me caiga un rayo. El rayo cayó y me cegó de tal manera, que cuando me di cuenta, ya era tarde para nadar hacia la orilla. Amarte como te amé, no fue mi plan, ya te digo, sin embargo, aquí estoy, tantos años después, abrazado a la imagen de tus piernas bajo el agua, disfrutando de aquella vez en la que mis manos tocaron el cielo sin saber que en el infierno también se desnudan las sirenas.

Hacía años que no nos veíamos. Cinco, para ser exactos. Cinco años desde la última vez que te vi pululando en camiseta y bragas por la cocina, haciendo la comida para los dos, a una hora en la que las parejas normales ya habrían puesto el lavavajillas y seguramente, uno de los dos estaría pensando en follar en una siesta improvisada. Nosotros, habíamos invertido los términos: comer puede esperar, bailar no, que se acaba la canción, nos decíamos entre risas, mientras te quitaba la ropa. Nunca he sido muy bueno con el lenguaje corporal, sin embargo, interpretarte fue fácil: algo pasaba, seguramente no desde ese día, pero para saberlo, hay que levantar la mirada y querer ver. Recuerdo que te sentaste en la banqueta, haciendo malabares para que las piernas y los brazos fuesen uno. Abrazada a las rodillas, me miraste sin decir nada. Yo, que para los huevos fritos con chorizo soy muy mío y si no están calientes, se acaba la bacanal, mojaba pan en la yema, sin reparar en que tú, ni hambre ni expectativas. Ya digo que soy torpe, Patri, pero vamos, que allí pasaba algo.

– ¿No comes…? – Pregunto mientras mastico.

– No… – Echas el plato hacia el centro de la mesa.

– No sólo de amor vive el hombre, nena… – Río y te guiño el ojo.

Tú no me lo guiñas.

Tú no me lo guiñas.

Tú no me lo guiñas.

Y yo, me lo veo venir.

Ya no hay huevos con chorizo, ni pan en la yema. Te miro, trago a medio masticar, y siento que la angustia me cierra la glotis. Como cuando el campanero sabe que si no se aparta, la campana le salta los dientes de una hostia, me retrepo en la silla, poniéndome a cubierto de no sé muy bien qué. Te miro y arqueo las cejas. Tú sigues en la misma posición, mirándome, abrazada a las rodillas, marcando los tiempos. Sea lo que sea que tienes que decirme, no parecía tan importante ni tan trascendente hacía veinte minutos, cuando mi lengua jugaba al escondite en cada pliegue de ti. Esa mierda que dicen que ven los que se van a morir, la movida de la luz al final del túnel, pues así, pero sabiendo que yo, como la polilla dominada, no podría hacer otra cosa que caminar hacia ti, porque cuando tú, yo ya no. Tan en tus manos, que no podía estarlo más.

– Javi, esto ha sido la despedida… – Se te llenan los ojos de lágrimas, pero no lloras. No veo pena. No interpreto pena, sino emoción a borbotones.

– ¿Los huevos…? – La ocurrencia, un flotador como otro cualquiera, pero no funciona cuando sientes la mierda al cuello.

– También. Tenemos que hablar…

Coges un miga de pan y haces una bolita, una pequeña bolita que haces deslizar entre tus dedos, esos mismos que hace minutos sujetaban con fuerza mi esencia y mi virilidad. Esos dedos que con maestría saben cómo y cuándo, así, mamita, así, no pares. Con esos dedos delicados y seguros, con los que recorres mi perfil doricojónico según tú, muy López como mi padre, presumo yo, orgullo de estirpe nariguda, de los López de toda la vida. Esos dedos que dibujan un retrato, uniendo, divertida, un 6 y un 4, arguyendo que hay obras de arte en el Museo Reina Sofía, que tienen menos guasa y menos encanto. Con esos dedos que lo mismo empujas mi miembro dentro de ti mientras arqueas la espalda, que te pones el tinte en el pelo mientras canturreas el Felices los Cuatro. Premonitoria la canción, las miguitas y tus dedos. Como la bolita de pan, yendo y viniendo entre tu índice y tu pulgar, sentí la patada en las costillas, mucho antes de que levantases la pierna. Como los elefantes en época de tifón, me lamí la herida antes de la estocada final.

– Javi… – Ahora, sí: en las lágrimas no manda ni Dios, y es lo que hay. Veo que te limpias los ojos, y me acerco para ver si la piel se pone de mi parte, pero por primera vez desde que somos uno, no tengo feed back: allí ya no hay sopa para dos.

– ¡Sea lo que sea, Patri, suéltalo ya…! – Fuese lo que fuese, el momento de arreglarlo, era este. En caliente, con el olor de su sexo todavía en mis labios. Si así no logramos remontar, no habrá WhastsApp ni Interflora ni tarjeta regalo de El Corte Inglés que me eche una mano. Aprieto los dientes, cruzo los dedos para que lo peor no sea verdad.

– He conocido a alguien…

¡Zas! De entre todas las cosas chungas, de entre todos los golpes en la línea de flotación, de entre toda la hijoputez de la que es capaz el destino. De entre todos mis males, saber que te perdía en brazos de otro, era la mierda más mierda de todas las mierdas, un Karma cabrón que me daba en la narices, por mi pasado capullo y desleal. Lo que vino a continuación, fue un tiovivo de tinieblas y miedos, un partido de ping pong, en la que ganar no era el objetivo, porque qué premio de mis pelotas puede ser ver cómo hacemos aguas, sabiendo que sólo uno de los dos lucha por mantener a flote el hinchable.

– ¿Qué nos ha pasado, Patri…? ¿Por qué ahora…? – No entiendo nada, no quiero entender nada, pero sé, porque alguna vez he estado en su lugar, que un nuevo amor no llega si no hay desamor erosionando.

– Te he querido como a nadie, Javi. No podré querer en mi vida a nadie como te he querido a ti, pero qué puedo hacer… – Lloras y lloras mucho. No dejas de mirarme, valentía la tuya, porque la culpa es un antifaz muy jodido de llevar.

– ¿Y si me quieres tanto, porque me dejas, Patri…? – Te beso las manos, las rodillas, los ojos, te acaricio la nuca, ¿lo recuerdas? Me muero ahora y hace cinco años de ello, imagínate entonces…

– Porque no sé amar a dos personas a la vez sin que alguna salga herida…

Me besaste, con calma, regodeándote en mi boca como un caramelo. Se me cerraron los ojos, porque los besos de verdad, los que salen del alma, te ponen en OFF el interruptor de la realidad, dejándote en StandBy. Sine die, sine tempus. Nunca antes tu boca me supo tanto a sí pero no, a hasta luego, chico, escríbeme cuando llegues, incluso cuando te mando a la mierda, quiero saber que llegas bien, fíjate si te habré amado. ¡Por Dios santo, Patri! ¿Dónde has aprendido a besar así? Yo, un tipo fajado en discotecas de extrarradio, que menos a la cabra de la Legión he besado a un séquito de ranas que he convertido en princesas en el asiento trasero de mi Corsa. Besar así, cinturón negro en no me sueltes, no me sueltes, mierdaaaaaa, me tengo que ir. Cerré los ojos y pensé, si es que podía pensar en algo que no fuese en tragarte y meterte dentro de mí, en un alegato de amor marsupial, tan mía que no fueses para nadie más. Pensé, posiblemente: ésta es la mejor historia de amor que tenga para contar. En los días de mi vida.

Sé, porque siempre hay quien cuente, que lo tuyo con ‘he conocido a alguien’ no funcionó, que tardaste en asumir que la habías cagado y que, seguramente, si me llamabas para arreglar lo nuestro, yo te mandase al carajo. No llamaste, para mi desgracia, porque te juro, Patri, que así tuviese que cortarme un cojón en señal de amor por ti, me hubiese dejado afeitar en seco. No lo llames, que Javi es muy orgulloso: no te perdona ni borracho, te decían. Mientras tanto, yo, sereno, ansioso y solo, muy solo, nos ha jodido, loco por verte otra vez por casa en bragas y camiseta; pegado al móvil, adicto a tus actualizaciones de estado de WhastsApp, queriendo ver mensajes ocultos para mí en cada una de tus entradas. Una vez pusiste una frase que me encajaba tanto, que me dije, llámala, coño, que sepa que además de espiarla, estás colgado por ella hasta las trancas. ‘Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz’, eso decía tu estado. Era para mí. Lo sé. Necesito pensar que estaba en lo cierto. No te llamé, porque si una verdad te dijeron tus amigos es que soy orgulloso, pero muy orgulloso de mi orgullo de mierda, qué te crees.Y así me va. Ser tío es una tara como otra cualquiera. Con los años, he curado pupas con ironía, salta a la vista, no me digas.

Y ya ves, hoy, cinco años después de aquel beso punto kilómetro 0, de aquel accidentado plato de huevos con chorizo, nos hemos vuelto a encontrar. Una cafetería, dos tés para llevar: oigo tu nombre y me vuelvo. Oyes mi nombre y te vuelves. Nos miramos, sonreímos, nos abrazamos y te hago volar, girando, girando, girando y girando sin parar. Temo que si te suelto, salgas disparada, literal y figuradamente. Dios, sigues oliendo tan bien. Sigues siendo tan menudita y ligera, tan muñeca con complementos, tan sonriente y pizpireta, que tengo miedo a dejarte en el suelo y que te robe un coleccionista. Me suda el nardo que tengas o no tenga novio, que estés o no acompañada. Te abrazo porque la vida me ha dado bola extra y porque, para cuando reparo en que puede ser que no estés sola, ya es tarde. Así llegase el fin del mundo con sus trompetas del fin del mundo. Así tu chico me rompiese el tabique y me patease el coxis. Así me cayese una de las diez plagas de Egipto. Tú. Yo. Qué boñiga de vida he llevado hasta este momento, dímelo si puedes, que yo estoy ocupado recordando el sabor de tu ombligo.

– No has cambiado nada, muchacho… – Me dices, sonriendo, en lo alto de mis brazos.

– En cambio tú, aun eres más linda… – Me quedo mirándote, con un beso contenido, aguardando una señal para salir de acampada.

– Javi, yo… – Me dices, con la cabeza agazapada en mi cuello.

– Shhh… – Te sello los labios con mi dedo

– ¿Estás con alguien…? – Mimosa, pegas tus labios a mi cuello.

– Contigo, nunca he dejado de estarlo…

La chica de los tés para llevar está hasta el coño moreno de nuestra escena ‘Diario de Noah’ y carraspea, a la voz de les cobro junto o por separado. Toda la cola que tenemos detrás, nos aplaude. Yo busco monedas en el bolsillo, sin bajarte de mis brazos: si huyes, me muero, ya está. Eso es, me muero. De camino a la puerta, sólo nos miramos, reímos, seguros de que sea lo que sea que nos depara esta segunda edición, ha tenido un puto comienzo de película.

– Nunca he querido a nadie como te he querido a ti, ya te lo dije… – Te ríes y lloras a la vez, sorbiéndote los mocos.

– ¡Pues mal hecho: a los hombres hay que quererlos, animalitos de Dios…!

Javi, el orgulloso, un título de mierda como otro cualquiera. ¡Al carajo con mi currículum…!

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