Cultura RELATOS

El olfato

Noe Martínez / SERIE CINCO SENTIDOS

EL OLFATO (I)

Podría reconocer tu piel con los ojos cerrados. No has sido la primera mujer bonita que he desnudado. No has sido la primera boca rica que he besado. No has sido el primer cuerpo hermoso que me ha atrapado. No lo has sido. Con todas y con esas, podría reconocer tu piel con los ojos cerrados.

Hay otros mares, miles de sirenas. Y entonces, tú.

Aquel verano que nos conocimos, ninguno de los dos era libre para hacer con su deseo lo que le viniese en gana. Tu novio, uno más de esos grandes amigos que fraguan el sol, la arena y la cerveza fría, se presentó contigo sin avisar. Tampoco tendría que hacerlo, salvo por la particularidad de que una chica como tú no se la puede llevar a ningún sitio, sin advertir antes cuerpo a tierra, aquí tiran a dar. Allí estabas tú, tan morena y pequeñita, tan sonriente y bronceada, que parecías un bombón de praliné. Yo no estaba solo, Patri, mi novia, que era buena pero no idiota, me dio un codazo:

– ¡Tú pareces tonto, Guillermo! Cierra la boca al menos…

Razón no le faltaba, en lo de tonto y lo de la boca abierta, que no, pero qué podía hacer yo si fue verte y saber que estaba perdido. Tocado y hundido, como un barquito de papel en medio de la tormenta, que por mucho que el capitán rece a Santa Bárbara mientras se trinca los cojones, allí ya está todo el pescado vendido. Tú no me miraste ni una vez, para qué, si yo era uno más entre todos. Sin embargo, cuando por fin nos tocó presentarnos, sé, porque lo sé y a esto me agarro hoy que te sigo recordando hasta la apnea, que tú también pensaste que la vida te estaba poniendo a prueba. Yo, que soy un tipo echado pa’lante, de los que no espera a que la suerte le toque el hombro y le invite a una caña, me quedé paralizado, viendo como aquella niña linda, de cara redondita y graciosa, me regalaba un beso, un abrazo apretadito y un qué bueno conocerte, Lucas me ha hablado mucho de ti. No pude corresponderte: él no me había hablado de ti. Nunca, quizá consciente de que, si lo hacía, nos jodería la vida a los tres: porque cuando las cosas estar de ser, son. Y ahora, al albor del recuerdo de mi lengua en tu ombligo, estoy seguro de que él ya lo sabía.

Aquella noche, todo parecía orquestado para que tú y yo nos encontrásemos. El destino jugó sus cartas, entonando aquello de no os lo voy a dar todo hecho. Hablamos incluso sin hablar; tomar posiciones era delicado: lo suficientemente cerca como para saciar las ansias de no separarnos, pero lo suficientemente lejos como para que nadie saliese herido. Patri y Lucas eran buenos tipos, ya digo, por eso, lo tuyo y lo mío los pilló con el pie cambiado. Intuyo que algo en sus cabezas les decía que no debían dejarnos solos, pero ponerle puertas al campo, ¡no me jodas…!

Alguien tuvo la feliz idea de ir a bañarnos a la playa. Patri fue la primera baja. Estoy sin depilar, yo paso, dijo. No quiero ser un cabrón, al menos más de lo estrictamente necesario, pero pensé, nena, eres una señora incluso cuando no me lo merezco. Con mi novia fuera de escena, a mí las cosas se me ponían más fáciles. Te miré de soslayo, cogí de la mano a Patri y besándole la frente, la llevé hacia mi coche. Mientras avanzábamos, sentí cómo me mirabas, sin verte. Al rebasarte pude oler en tu piel una aroma tan a verano que no dejaba de gritarme cómeme, tonto. Me giré y ahí estabas, con la misma sonrisa coqueta y luminosa.

– ¿Os vais…? – Preguntaste, sin dejar de mirarme.

– Yo no, Patri sí… cosas de chicas – Dije, sonriendo.

Patri nos miró, rollo ping pong, uno, otro, uno, otro. Podría haberme espetado ¿qué mierda es todo esto, Guillermo? ¿En serio te vas a follar a novia de tu amigo? ¿Crees que soy tan gilipollas para no ver lo evidente? No sé, por favor y no hubiesen sido mis respuestas, pero a Patri no le acompañaron las ganas de sufrir y la valentía para verbalizar lo jodidamente evidente. Ella no se merecía lo nuestro, eso es verdad. Pero nosotros sí, y eso ya es mío y solo mío para siempre. Nos despedimos en la puerta de su casa. La besé, pero ella no a mí. Algo en aquel choque de labios supo a despedida. Se lo vio venir, así que echó el cierre, puso el cartel de cerrado por defunción, y me advirtió que probablemente no volviese a cogerme el teléfono. Que probase, si eso, pero que haría lo imposible por no hacer el ridículo por un tío que no merece la pena. Ese tío que no merecía la pena, era yo.

Cuando llegué de vuelta a la playa, quizá amparados por la tontería del atardecer y el alcohol, todos estaban en bolas. Todos, menos tú, que por alguna razón llevabas bikini. A contraluz, con el sol dorado dándote de frente y el viento enredando tu pelo, aun eras más bonita. Tu redondez casi adolescente, tu piel bronceada que invitaba a lamerte como un helado de crema, tu actitud despreocupada de diosa que se sabe admirada, y qué le voy a hacer. Quería abrazarte, abrazarte tan fuerte que meterte dentro de mí dejase de ser una puta metáfora. Pero Lucas era un buen tipo, no gilipollas. Sé de su aprecio, al menos hasta entonces, así que esa especie de guardia pretoriana a tu alrededor, tenía todo el sentido y ninguno. Nos miraba y se preguntaba en qué momento nos olvidaríamos del mundo. De todos. De la playa. De las risas. De los el agua está fría que se caen las pelotas. En qué momento nos olvidaríamos de él.

– ¿No te bañas? – Te pregunté, poniéndome en tu espalda.

– Creo que no… – Sin girarte, jugabas con el agua, sin dejar de mirar el guirigay de complicidad y amistad que provenía del mar.

– ¿Tienes miedo al agua? – Yo, aun detrás de ti. La brisa del mar arrastró tu pelo hasta mi pecho. Te acaricié un mechón, y un aroma dulzón se me quedó en los dedos. Me olí la mano, y me temblaron las piernas, quizá vencidas de deseo, muriendo por enredarse en las tuyas.

Silencio. Olas yendo y viniendo. Alguien nos increpó para que entremos al mar. Risas. Chapoteos. Silencio. Olas yendo y viniendo.

– Tengo miedo a moverme de aquí y no volver a verte… – Musitaste, sin volverte hacia mí. Jugueteabas, nerviosa, con el agua, provocando ondas que se expandían, perdiéndose en la infinidad de un mar que ya no nos abarcaba.

Sin tocarte, me acerqué más a ti. Así llegase el fin del mundo. Así me pidiesen un riñón a cambio de poder hundir mis labios en tu pelo. Así Lucas saliese y me rompiese la cara por capullo e hijoputa. Así a todo lo malo que me pudiese pasar y seguro merezco, rozar tu piel, erizada por el frío y la sorpresa de saberme cerca, era el arancel a mis ganas de libarte por entero. Podía oír tu respiración por encima del júbilo etílico que salía del mar, y esa vulnerabilidad maravillosa de saber que vibrabas por mí, aun me volvía más loco. Por ti, por mí y por todos mis compañeros, como en el Escondite, puse mi mano en tu cintura y me dije: Guillermo, ahora o nunca.

– Esto ya no hay quien lo pare…

Atropellados, sabiendo que el bien y el mal a veces van de la mano, te cogí en brazos, arena arriba, dejando cada vez más atrás la playa. Desde el mar, Lucas pronunció tu nombre infinitas veces, pero ni tú ni yo teníamos mucho más que decir que lo evidente. Me supo mal aquella despedida, con tan poco valor para hacerle frente y decirle que sentía mucho haberle fallado, que asumía todo lo chungo que él pensase de mí y que tenía una espalda ancha y un buen par de cojones para sobrellevarlo. Pero que me moría por hacerte mía, y en el castigo, va la penitencia. Arrancamos el coche, sabiendo que probablemente lo nuestro no tuviese más recorrido que un buen polvo y una noche de estrellas, pero era tanto lo que ardía, que aquello sólo admitía un sofoco: amarnos como lo hicimos.

– ¿Y tú dónde has estado todo este tiempo…? – En el mirador, buscando unas vistas que ninguno de los dos disfrutó, te besaba de arriba abajo, como un torbellino que por donde pasa, difícilmente todo vuelve a quedar igual.

– Esperándote… – De todo lo tuyo, delirio absoluto, tu forma de mirar, indescriptible mezcla entre ingenuidad y picardía.

– Pues de aquí no te vas ya sin mí… – Sobre ti, lugar más cómodo y apetecible aun por inventar, te susurré al oído.

– Mañana se acaban mis vacaciones… – Tú arqueaste tu cuerpo, dejándome entrar en un lugar que ya sentí mío por derecho y pasión.

– ¿¡Te vas…!?

¡Zas! ¿Cómo? Sentí que me faltaba sangre en la cabeza para entender aquello. Quería parar, hablar de aquel zambombazo en todo el hígado, pero no podía, porque me sublimaba nuestro baile para dos, dulce melodía en la que no había compás de espera. Saber que quizá, como después lo fue, que aquella sería la única vez en la que mi piel y tu piel se fundiesen en una, rozando, sintiendo, oliendo y saboreando un cuerpo que ya nunca volvería a tener entre mis manos. Tus piernas, entonces mi cinturón de Orión, se cernieron sobre mí, regalándome tu levedad y tu inconsciencia. Te sentí tan mía, tan mía, coño, que recordarlo aun me provoca calambres. Aquello fue ya un punto de partida, el mismo que pocas horas después, pondría entre tu recuerdo y el mío un meeting point de cosas cojonudas e imborrables, a las que, sin lugar a dudas, me abrazo mientras pruebo zapatos a hermanastras de princesas, con el pie gordo y desgarbado, buscando en todas ellas, a la chica pizpireta, de piel morena y delicada, que un día como otro cualquiera, me dejó sin novia, sin amigo y sin capacidad para ser feliz con nadie que no fuera ella. Tullido y gilipollas, soy un cuadro, ya te digo. Y después dicen que ellas son las sentimentales. Hay que joderse…

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