RELATOS

El oído

Noe Martínez / Serie Cinco Sentidos

EL OÍDO

De entre todas las cosas buenas. De entre todas las cosas que no lo son, pero que cuando tú las tocas, las conviertes en otras. De entre todas las ocasiones que pintan calvas, ésta fue mi suerte. No recuerdo si te tenía y te reencontré, o si, por el contrario, el camino de rosas y espinas que conducían a tu falda, estaba marcado con miguitas de pan, como el cuento éste con el que dormir desde que no estoy contigo, es ya mi única fábula con final feliz.

Quererte fue mi suerte, un dardo envenenado al que no consigo acostumbrarme ahora que lo hago a solas, en medio de esta mierda de vida que llevo, recordándote en cada lo siento, no sé en qué estaba pensando, no volverá a suceder. Amarte a lo lejos, en la distancia inabarcable de un desamor que parece no tener vacuna, porque cuando te marchaste, olvidaste llevarte los buenos momentos, esos a los que hoy me agarro como una tirolina en la que sé que, en cuanto coja impulso y te oiga respirando fuerte cobijada en mi cuello, del otro lado sólo me espera el abismo. La soledad pare infiernos y tempestades: nadie me había preparado para eso; ni siquiera tú, que mil veces me dijiste que no ibas a estar aquí para siempre, que un día te ibas a cansar de ser mi pan nuestro de cada día. Como cuando toco la guitarra de oído, debí escucharte como escucho a Melendi, con pasión e idolatría, a pecho descubierto, gozando que cada nota parece estar escrita por mí. Como tú, tan para mí que me rompo, y aun ahora me doy cuenta, hay que joderse…

A veces, la trampas te pillan los dedos donde menos te lo esperas y esta casa está llena de trampas en las que tú me persigues, quieras o no. Quiera o no. Haber compartido vida implica un universo en común de difícil resolución, y como aquella movida pangeática, la de los continentes a la deriva una vez se han separado por vete tú a saber qué, en esta casa que un día fue de los dos, ya nada encaja; ni la habitación con dos mesillas, ni el baño con ducha y una única estantería en la que aftershave y salvaslips compartieron tálamo y abismo, ni la cocina con mesado que hizo de apoyo para un polvo desesperado, fortuna de pantaloncito el tuyo, tan corto, que dejaba tu culo a mi antojo. Nada encaja, porque este cosmos entre cuatro paredes era habitable gracias a ti. Tú lo hacías todo fácil, un mar navegable y sin olas, en el que si los reproches o las desconfianzas nos dejaban ciegos, tus manos hacían de faro en la tormenta, poniéndonos a los dos a cubierto, como si aquella atmósfera irrespirable no tuviese nada que ver conmigo y mi afición a fallarte. Si alguna vez fui bueno, créeme, nena, lo aprendí de ti.

Los días sin ti son largos de cojones, pero se llevan. Lo malo, lo inabarcablemente malo, son las noches, porque el ritual de meterme en una cama en la que no estás, me convierte en un faquir reposando en un colchón de ausencias y púas. Me giro, y la sábana, qué cabrona, me recuerda que tus pies ya no me esperan del otro lado. Ya no hay movidas sobre si hace frío o hace calor, si déjame más almohada, que te la quedas toda. En esta cama, 1.50 m de desamparo y abandono, campa a sus anchas tu imagen desnuda, tan bonita y llena de luz, que sólo de pensarlo me muero vivo. Qué gilipollas, qué imbécil, qué hijo de la gran puta. Me merezco echarte de menos dos vidas y una reencarnación. Puedo con todo si, después de esto, alguien me asegura que puedo volver a levantarte en brazos, como bailarina con tutú, mientras te hago girar y girar, oyendo como tu risa lo vuelve todo loco y genial. Hoy, que esta cama tiene por edredón una mortaja, creo que si hay vida después de muerto, por cojones tiene que ser bajo tu falda, nena. Quiero ser un pliegue de tu braga, oír como respiras, el frufrú de tu ropa a cada paso, sentir el calor de tu piel morena y dulzona, tan mía que si la imagino más, lo mismo exploto. Hoy que toda culpa es poca, pido eutanasia o patada en las pelotas, pero vivir así, no puedo.

Hoy, que sobrevivo a base de a tomar por culo y alcohol, te oigo en cada rincón de este tipo muerto en el que habito. Sin corazón, sólo una máquina de bombeo que nutre mi cuerpo, sin melodía ni pumpumpum. Vivir sin ti es ya la justa condena por haberte hecho daño y pensar que, como siempre, acabarías por entender al adolescente malcriado, al tipo rotundamente equivocado, que ve siempre la oportunidad en otro charco que parece un lago. A mí, ese al que un día morías por tener entre tus piernas y que yo di por hecho iban a estar siempre abiertas para mí. Cuando te vi tan frágil, tan rota en un puzle de emociones en el que las esquinas se habían colado por el sumidero de los quererte más no puedo, mejor olvidarte, supe que todo había acabado para siempre. Vi el cartelito de The End como el que ve la luz al final del túnel, y entonces, me acojoné. Te miré. Te miré. Te miré. Quería, porque lo necesitaba y no sabía cómo pedírtelo, que me ayudases a arreglarlo. Nunca he sido hábil con los sentimientos, ya lo sabes, quizá por eso, cuando oí los tambores de tu adiós, supe que se me venía encima la estampida y marabunta. Me quedé paralizado, sabiendo que debía retenerte antes de que cruzases la puerta, poniéndote a salvo de este gilipollas, egoísta y coleccionista de coños en el que me había convertido. Pero no hice nada, te dejé ir, porque aunque no te lo creas, tu valentía y tu dolor eran mi castigo. No esperaste un abrazo de oso, ni un beso de despedida, ni una promesa de enmienda de las mías, porque sabías entonces, como yo lo sé ahora, que sufrir el no tenerte era tu revancha a tu amor maltratado, vejado por indefensión y abandono. Yo no soy como todas, me decías, a mí tienes que cuidarme más que a nadie porque yo a ti te hago sentir el único, porque así te siento. No sé si ya dije que soy gilipollas, pero si lo hice, déjame añadir que lo soy, pero en grado de donante. No te vi venir ni a ti ni a tu adiós, porque siempre me has consentido más de lo que me merecía. Hice de ti una princesa triste, y esa mierda la llevaré conmigo donde quiera que vaya.

02:48, viernes 1 de mayo de 2018, era post ‘Yo lo tuve todo y la cagué’. Cuatro meses, dos semanas y un día, un cómputo inabarcable de horas en las que no paro de pensar que sin ti, ya no. Que no, para qué.

> Hola, Tania!
> No son horas, lo sé…
> Sólo saber cómo estás…

*********** Después de tanto tiempo?

< Después de tanto tiempo…

*********** Después de tanto tiempo, creo que bien…

> Duermes?

*********** Ya no…

> Claro, lo siento… 🙂

*********** Y tú…?

> No puedo, te echo tanto de menos que muero

*********** Dani…

> Déjame hablar…

*********** Dani…

> Ya sé que soy un capullo, pero déjame hablar…
> Siento haberte fallado, haberme comportado como lo hice. Siento todo lo que no te haya hecho feliz. Siento las peleas, los gritos y hasta las reconciliaciones, porque si las hubo, es que te lastimé.
> Siento que me hayas conocido, y sin embargo…
> Te quiero que me ahogo

*********** Dani…

> Dime…

*********** He conocido a alguien…
*********** Dani?
*********** Dani?
*********** Sé que estás ahí, veo que estás en línea

> No sé si estoy…

*********** Hace mucho tiempo que no hablamos,
*********** lo nuestro fue y ya…
*********** No…?

> Fue y ya…!?
> Fue y ya…!?

*********** Tú sabes lo que te he querido????
*********** Tienes idea de lo te he querido, imbécil?
*********** Lo sospechas siquiera…?

> Hay algo que aun podamos hacer por salvar lo nuestro…?

*********** Dani tengo que cortar este rollo, estoy temblando…

> Eeeeh, no te vayas, Tania, no te vayas!!!!

*********** Hazme un favor: ódiame mucho
*********** Yo lo intento y no me sale, así me va
*********** Te voy a bloquear en WhatsApp
*********** Guardar el perímetro de seguridad se llama

> Te quiero
> Te quiero
> Te quiero
> Te quiero
> Tania, estás ahí?
> Tania?????
> No me jodas
>Cómo hago yo ahora para olvidarte…

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