RELATOS

La vista

Noe Martínez / Serie Cinco Sentidos

2. LA VISTA

– ¡No te muevas, así, con la vida de fondo, tienes una fotaza que parece un lienzo…!

Y no me moví, me quedé flotando en algún lugar entre mis manos y la tuyas. La ciudad dormía o despertaba, nunca lo supe, porque aquella fue la única vez en la vida en que la madrugada no dio sorpasso, porque apuramos tanto el amarnos, que oscureció dos veces antes de cansarnos, tú de mí, yo de ti.

No era la primera vez que coincidíamos en fiestas de amigos, pero sí la primera en la que los dos por fin estábamos solos. Nunca nos habíamos acercado: llámale miedo, llámale total para qué, he venido con alguien. Nunca nos habíamos acercado, pero entre los dos había algo intangible que nos obligaba a mirarnos una vez, otra vez y otra vez más. Al principio, jugábamos al despiste, eso de vaya pillada, coño. Al rato, era tan obvio, que no podíamos controlarlo: más que una pillada, aquello era una quedada. Nos buscábamos sin querer, de un modo tan natural como involuntario, sabiendo que en cuanto diésemos el uno con el otro, ¡Zas! Tocado y hundido, y vuelta a empezar.

A Bernardo, mi novio, no le gustaste nunca. Jamás. No sé muy bien cuáles eran sus bazas para asegurar que eras un gilipollas integral y un puto engreído, si, por aquel entonces, yo aun no había entrado en tu cama con las mismas ganas que de no querer salir. A Bernardo le dolió mucho aquel encuentro fugaz y extraordinario, fruto de la monotonía típica de las parejas que se conocen como hermanos siameses. Eso dice él, Bernardo, tras seis meses de terapia, intentando recomponer lo roto. Lo roto éramos él y yo. Seguimos siéndolo, pero ahora paseamos un parche, como las abuelas con ciática. En fin. Yo, a falta de cojones para ser franca con él y conmigo misma, creo que acabé en tu cama porque no se me ocurre un lugar mejor en el que perderme y no encontrarme, como llave en el fondo del mar, matarile, rileró. No pensar en nada, sólo hundir la nariz en tu cuello, respirar tu piel sudada y oír tu respiración, exhausta, tras haberme dado lo que por locura era mío y a lo que dormiré abrazada mientras viva, porque es lo malo de haber conocido el zenit, que a partir de ahí, todo es muy Made In China, un jodido fake de lo que ya sabes existe, de lo que ya sabes sientes, de lo que ya sabes morirías por volver a sentir, aunque fuese una vez más y así dar crédito a que lo extraordinario fue real.

Bernardo dice que aquella noche, en la que a ti y a mí sólo nos faltó follar sobre el piano de cola del Jazz Club, acabé contigo por vulnerable, porque nosotros habíamos discutido y yo quise vengarme de él y de su tendencia a enfrentarse a mí como un gladiador, a dolor, aquí sólo puede quedar uno. Dice que la culpa de que nada más regresar a la fiesta sola, hecha un mar de lágrimas y con la absoluta seguridad de que esta es la última vez que te aguanto, Bernardo, eres un amargado y un capullo, y tú me propusieses subir al tejado a ver Madrid a vista de halcón, fue mía, porque soy muy de contarle mis penas a cualquiera. Tú, un gilipollas integral y un puto engreído, ya sabes, te aprovechaste de mis lágrimas y mi pena, y te pusiste por montera mi voluntad. Mi novio, el del parche que dice que somos pareja, que no me presione con las etiquetas, pero que visualice que somos pareja, dice que aquella noche, mientras tú me dabas abrigo dentro de tu biker negra, para que el relente de la madrugada no acabase de matarme de una pulmonía, sabías que yo era presa fácil. Deduzco, pues, que Bernardo tiene otras mil justificaciones al respecto de tu masculinidad maldita, esa misma que hizo inevitable que toda yo, de izquierda a derecha, de arriba abajo y vuelta a empezar, buscase clemencia en una boca que parecía haber estado esperándome toda la vida. Supongo, por ende, que haberte tenido dentro una y otra vez, hasta que los dos pedimos indulgencia, también debe tener alguna explicación; pero si la tiene, no se llama Bernardo, ahí la llevas.

– Hace tiempo que no estaba tan a gusto con nadie…

Pude decirlo yo, pero tú me lo ahorraste. Me ganaste por la mano, por décimas de segundo, en un alarde de irrepetible serendipia, que nos condujo a los dos al mismo punto de partida: es hoy, pero pudo ser ayer, o antes de ayer, mañana y siempre. Tan mala es la monotonía de Bernardo, del que predigo un pedo antes del sonido, como los elefantes con la tormenta, como la ansiedad por hacer perdurable lo efímero. Quizá lo épico y la trascendencia de lo nuestro, de ese encuentro colosal, fuese que los dos percibíamos el agridulce aroma de lo perecedero. Como cuando abres un bote de guacamole fresco y sabes que tienes que comértelo sin descanso, degustando cada bocado pensando en el siguiente, porque cual Cenicienta, en cuanto el tiempo anuncia meta de llegada, el guacamole siempre sabrá a consumo preferente, su tabaco, gracias. Tu piel, tu cuerpo rudo y enérgico, tu pecho tan armario ropero de dos puertas y altillo, tu boca, que no quede un lugar en mí que no reconozca, tus manos fuertes y decididas. Tu sonrisa. Tu sonrisa enorme y sin ataduras, que celebraba sin recortes cada ocurrencia nerviosa de una novia vulnerable y perdida, según Bernardo. Pero aquella noche, en tu cama no hubo novia, ni velo ni pedida. En tu cama, la señorita se quedó fuera, porque el fuego no respeta galones. Me entregué a ti con ganas implacables, sabiendo que en cuanto me quitase las bragas, se iría de mí el perfume a mujer atada. No lo dudé, porque tampoco me lo pregunté; eso Bernardo ni se lo imagina, cosas del orgullo, qué sino. Supongo que en su dolor contradicho, saberme amada por otro que no era él, sólo puede mitigarse desde el remordimiento, esa lanza cabrona que hace de lo bueno, una herida que no cierra nunca. Pero no hubo pupa, no hubo mierda, ahora qué hago, haberlo pensado antes. Esa extraña comodidad de sentirte bien con lo que está mal, te aleja del cosmos, pero te regala un extra de libertad. No está bien hacer daño, no está bien lastimar. No lo está. Pero qué mal podíamos estar haciendo tú y yo, desnudos bajo la misma sábana. Aquella montaña rusa de sensaciones nuevas y mediopensionistas, no podría estar jamás en una lista de cosas malas. De estarlo, este mundo está muy podrido…

– Me tengo que ir…

De entre todas las excusas poco originales y desgastadas, la mía fue muy top, top. Recuerdo que te sentaste en la cama, me cogiste en volandas, poniéndome a horcajadas sobre ti, y apoyando la frente en la mía, me preguntaste por qué. Por qué, repetí yo, respirando a medias el poco aire que quedaba entre nosotros. Me voy porque si me quedo, al final, tendrás que echarme y la magia se irá al carajo. Eso dije. Te reíste, sin dejar de abrazarme, estrujando todo lo que abarcaban tus manos. No tenía gracia, y, sin embargo, te reíste. Lejos de mí y de mi circunstancia de mujer herida por un novio del montón, que me hacía sentir una novia del montón, tú y tu ecosistema de tío molón que te cagas, con olor a tío molón que te cagas, con tu rollo déjame a mí, mamita, que soy un jodido seductor molón que te cagas, me dejasteis sin argumentos para seguir viendo la botella medio llena. Bernardo y yo no habíamos tenido tanta conexión en la vida. No vale escudarse en la convivencia, que más que erosionar, dilapida: esa cosa que llaman química, pero que suena a no me sueltes, no me sueltes, por favor, se tiene o no se tiene. No hay grados. No me imagino valorando la química de aquella noche como una química entre cojonuda e irrepetible. Simplemente, fue. Química, física, un mapa de geografía humana, trazado sobre mi cuerpo a golpe de dedo y saliva.

Nunca más nos volvimos a ver, quizá por eso, hoy, cinco años después, sigo mirando a la azotea de tu edificio, en busca de aquel instante en que más que una foto, yo tenía una fotaza…

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