RELATOS

Ácido

FOTOGRAFÍA ORIGINAL FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez

– ¡Oye, los caballeros no hacen fotos así a las señoritas…! – Te digo, tirándote un cojín, mientras me cubro la cara.

– Tienes razón: los caballeros no dejan escapar a señoritas así… – Te ríes, con esa risa sugestiva que jamás he vuelto a reconocer en nadie.

– ¿Sabes que lo nuestro no tiene más recorrido, verdad…? – Podría estarme callada, no decir obviedades, pero conviene no errar en las intenciones, para que el resultado sea siempre inodoro, incoloro, insaboro, un traguito de agua en medio de un cálido viento de Levante.

– ¿Siempre hablas tanto o es sólo porque tienes miedo a que te guste de verdad? – La seguridad con la que hablas me da vértigo, me seduce; sin embargo…

– Ahórrate esa movida de seductor conmigo: los dos sabemos jugar a este rollo…

Y ese, precisamente, fue el principio de mi fin. El germen del caos, la locura perpetua que todo lo enreda, bendita mi suerte. No sé si fue tu discurso despreocupado, tan de pasaba por aquí y me dije, esta chica bonita, por favor, me la envuelve, que me la llevo puesta. No sé si fue esa tendencia suicida tan mía, de sentir sin razón, a cualquier precio, sabiendo que la moneda de cambio siempre suelo ser yo. No soy muy hábil con los números ni cambiando bombillas, pero pillo un cuelgue en cuanto lo veo. El tuyo tardó en salir a relucir, ahora el mío, la primera noche, después de aquella foto, preludio de una relación en la que la ropa siempre sería un escenario de fuga, una instantánea de los ochenta en la que para reconocerse, había que tocarse. Oda al granulado y al desenfoque, al hambre y a las ganas de comerse. Cuando dos cuerpos celestes se rondan, el Big Bang está tan cerca, que el aire se vuelve lava. Ese día en el que sentencié, chulita y juiciosa, que los dos sabíamos jugar a este juego, se me olvidó preguntarme si yo sabía perder. Tanto tiempo después, la pelota en tu tejado, ahí, tan pelota y tan sola. Algo me dice que la cosificación de los seres, conmigo hizo historia.

No era la primera vez que nos veíamos, o quizá sí, pero de lo que estoy segura es de nunca habíamos estado en la tesitura de pillada tras pillada, mirada va, mirada viene, antes de que uno improvisase una visita al ropero, a buscar vete tú a saber qué, que no había encontrado dos minutos antes. Si tardo un instante más en interponerme en tu camino, agujereas el forro de la blazer. Y lo sabes. No lo asumes, porque de esto hemos hablado largo y tendido, entre risas y pellizcos. No lo asumes, porque si lo haces, tocado y hundido, muchacho. Cuando la vulnerabilidad nos deja el corazón al descubierto, estamos perdidos. Yo no estaba preparada para una historia como la nuestra. Me alegra pensar que tú, tampoco. Y esa fue la magia. El factor suerte, el por favor si te vas de aquí, que sea conmigo, nos pilló con la guardia baja y las ganas de inmortalizar esa sensación inconfundible de caída libre, sin red, sin manos… sin dientes. ¡Zas! En toda la boca. Yo, que presumía de saber jugar bien jugar a esto, no contaba contigo. Ya lo creo que no.

– Podría acostumbrarme a la sensación de necesitarte… – Te digo, aun sobre ti.

– Pues no lo hagas: quiero ser incertidumbre…

Y te empleaste tanto en ello, que llegué a dudar si sabría nadar entre tanta zozobra. Sin explicaciones no siempre es sinónimo de sin complicaciones, porque cuando no sabes porque no te cuentan, es peor que saber sin querer. Ninguno quería una relación de casa, mantita y sofá, pero dudo que lo que pusimos en marcha, nos hiciese bien a alguno de los dos. De lo tuyo, de tu herida y tu mierda de huída, hazte cargo, ya tú sabes, mi amol. De lo mío, de mis celos fundados, infundados y medio pensionistas, ya peno yo solita, gracias. Llevar a gala haberla cagado no es plato de gusto para nadie, y menos para mí, que daría hoy un año de mi vida por rebobinar y volver a lo nuestro. A nosotros. A lo que nos forraba el cuerpo entero, como un traje de neopreno. Apretaditos, sin costuras ni etiquetas. Pegados el uno al otro, reconociendo, oliendo y respirando, reconociendo, oliendo y respirando, reconociendo, oliendo y respirando; tanto, que cuando no bien dejábamos de estarlo, mi cabeza comenzaba a bailar sobre sí misma: la atracción no tiene dueño, la atracción no tiene dueño, la atracción no tiene dueño. Pero el amor sí, y ahí daba en hueso. No contaba con enamorarme de alguien como tú, esa es la verdad. Y aun así, pasó. Hasta la médula, fluías en mí como un torrente de locura y miedo. Miedo a casi todo, porque la idea de tenerte y no tenerte estaba tan próxima que presentía la inmolación antes del estallido. Me descuidé y abandoné el escudo y la espada sin valorar que el enemigo robaba besos de madrugada, caricias esperadas e inesperadas, en medio de una noche que siempre albergaba tiempo para una última vez, antes de que rompa el día. Sábanas que si hablasen, el único idioma que clamarían sería el tuyo y el mío, porque el resto del mundo, para nosotros enmudecía dentro de aquellas cuatro paredes.

– Sé que hay otras… – Suspiro, mientras sigo el ritmo conocido de un vaivén que es ya mi forma de saber que no hay otra forma de ser que no sea a tu abrigo.

– Sé que hay otros… – Me sujetas con fuerza, demostrando arte y oficio, que no hay amante que te haga mella.

– ¿Y qué si los hubiese…? – Cierro los ojos y dejo caer la frente sobre la tuya – ¿Y qué si los hubiese…?

– No hay normas, no hay leyes, no hay condición… – Me atraes tanto hacia ti, que tu anatomía y la mía ya no tienen fronteras, y de haberlas, qué coño, se vienen abajo cuando el amor toca a filas.

– Te quiero, Álex…

Me cogiste la cara con las manos, buscando algún atisbo de cordura en medio de aquel sindiós de sudor, candor y cursilería. Me comiste la boca, quizá para callar mi secreto, quizá para que mi secreto no arrancase el tuyo. No esperaba que me dijeses que me amabas, que sé bien a quien tuve entre las piernas, pero entendí en aquel beso tu manera de decirme, Clara, todo está bien, todo va a ir bien, deja de decir gilipolleces de las que tengas que arrepentirte mañana: entre nosotros, los sentimientos no funcionan. Y te miré y me di cuenta de que, por mucho que te esperase, que por mucho que pensase que lo nuestro era algo más que cena, peli y polvo tres veces por semana, tú no estabas dispuesto a hacer de la estabilidad nuestra tarjeta de visita, nuestro vídeo de gatitos durmiendo la siesta y poniendo caritas. En ese beso que me supo a despedida, blandito y agradable, tan dulce y a la vez tan ácido, entendí que lo nuestro se había esfumado, como se esfuman las fragancias caras si dejas el frasco abierto. Alehop, allí estábamos, como dos piezas metal noble en la fragua, esperando el golpe maestro del martillo de platero sobre el tas. Tan, tan, tan, tan, tan. No hay llama que cien años arda, ni frío que una vida dure. Podré vivir sin ti, me dije, buscando otra vez con mi mano tu sexo. Podré vivir sin ti, falta saber si aun quiero…

– ¿¡Clara…!?

Oigo como alguien me llama, calle abajo. Me giro.

– ¡Claritaaaaaaaaaaaaaaaaaa…!

No tengo tiempo a reaccionar, porque cuando me recupero de la emoción de volver a verte, me veo rodeada de unos brazos por los que he suspirado cada día, cada noche en el último año. Te miro en silencio, porque besarte, después de tanto tiempo, lo mismo es un atrevimiento. Pero tú me lo pones fácil…

– ¿Qué pasa, que no se saluda a los amigos…?

Y me das un beso de esos que jamás he vuelto a encontrar en nadie, en ninguna boca bonita en las que he ido olvidándote de mentirijillas. Esas bocas efecto placebo, que me sirvieron de mantita de los fríos cuando la noche se ponía llorona, y pensarte hacía de mi corazón un nudo as de guía. Pero allí estabas, trescientos días después, sosteniéndome en alto, con mi cadera contra tu pecho, y regalándome esa sonrisa despreocupada, tan de nuestro primer día, el día de aquella foto en braguitas, en la que me dijiste que los caballeros no dejan escapar a señoritas así.

– ¡Te he echado tanto de menos, Clara…! – Me dices, y suena a verdad, a verdad de la buena.

– En cambio, yo a ti nada… – Y suena tanto a mentira, a mentira podrida.

– ¿Será muy tarde para hacerte una proposición…? – Te ríes y me quiero morir. Bueno, creo que estoy muerta, porque me siento tan liviana que creo levito.

– Solo acepto proposiciones indecentes, te lo advierto… – Estoy tan nerviosa, que tiemblo como un flan para ocho.

– ¿Qué hay de aquel te quiero…? – Posas tu nariz contra la mía. Te respiro tan profundo que temo meterte dentro de mí. Inspiración, expiración. Inspiración, expiración. Inspiración, expiración. Delirium tremens.

– ¿Te doy las coordenadas…? – Sonrío y respiro, que, dadas las circunstancias emocionales, mucho me parece.

– No hace falta: tu cuerpo no tiene secretos para mí…

Y me besas. Me besas tanto y tan bien, que entiendo que haya contiendas por amor, por pasión y por decreto. Entiendo todo lo que conlleve no despegarme de ti, prolongar ese instante fugaz y apetecible en el que estar en mi piel es un vaivén de emociones y zarandeo. Para siempre. Sin remedio ni contención. Así, no me sueltes, Álex, no me sueltes. Nunca más.

De entre todas las casualidades bellas. De entre todos los sueños rotos e inconclusos. De entre todos los abrazos desordenados. De entre todas las historias que tienen aun cosas pendientes que decirse. De entre todos, tú…

 

print

Agregar comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario