Opinión

¿De verdad existió Franco?

A contracorriente / ENRIQUE ARIAS VEGA

Lo mejor es que Franco no hubiese existido: nos habríamos evitado cantidad de problemas. Lo malo, en realidad, es que existió y que además ganó una guerra civil. Por eso, con ochenta años de retraso, se trata ahora de revertir una guerra a toro pasado, al menos en el imaginario colectivo, y hasta borrar físicamente al responsable de aquella barbarie colectiva.

Craso error.

Hoy día casi nadie se acordaba del fulano en cuestión, tan perdido en la bruma de la historia como el rey godo Chisdasvinto o Fernando VII, por poner en forma de caricatura otros dos de los muchos jefes de Estado de nefanda actuación.

A honrar al general golpista sólo acudían ocasionalmente al Valle de los Caídos —por cierto, grandiosa obra arquitectónica a la que en otro país habrían sabido sacar el correspondiente partido turístico—, cuatro nostálgicos aventados, ante la indiferencia general del resto.

He visto que lo mismo sucede en el cementerio bonaerense de La Recoleta ante la tumba de Evita Perón, la cual había sido aclamada en su día por millones de argentinos. Hasta yo mismo he tenido que indicar su ubicación exacta a algún paisano despistado e ignorante del paradero de sus restos.

Ya ven lo que pasa cuando no se habla de la gente: que deja de existir en la memoria colectiva. Ahora, en cambio, las vueltas y revueltas sobre la exhumación de Franco lo han traído al primer plano de actualidad, han rescatado su recuerdo y hasta avivado la curiosidad sobre el personaje.

Craso error, repito. Si nadie iba, de hecho, a ver su lápida funeraria a Cuelgamuros, ya no será lo mismo en otro paradero más apropiado. Por eso, el Gobierno de Sánchez se revuelve ahora como una lagartija para impedir su entierro en una tumba familiar, a la que tiene derecho como cualquier hijo de vecino. ¿O es que prefiere, mientras recupera viejos cadáveres abandonados en zanjas ominosas, enterrar el de Franco en cualquier cuneta ignota y borrar luego las señas de su localización?

Ése es el lío de magnificación en el que se ha metido, en lugar de permitir inteligentemente que el olvido impidiera para siempre cualquier forma de homenaje.

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