RELATOS

EL ÚLTIMO SHEDU: CAPÍTULO III

Capítulo III

La niebla se mueve despacio desde el valle y, con ella, la humedad del bosque me traslada todos los aromas de la mañana. Este lugar es espectacular y está cargado de magia. Hace mucho frío. Lo agradezco. Me hace sentir despierto. Me hace sentir vivo. Por un momento, me olvido de mis problemas. Me limito a disfrutar de lo que tengo delante: las nubes moviéndose lentamente sobre el cielo de un azul puro, las píceas llenando el espacio de un verde salvaje, el hielo salpicando de blanco el paisaje. Puedo sentir a los zorros pisando la nieve, incluso a las truchas rompiendo las aguas del lago… Lo puedo sentir  todo. Participo de todo…, de cada rincón…, de cada latido…, con todos los sentidos a flor de piel, dedicados exclusivamente a ello.

Algo positivo debía tener el ser lo que soy, haberme convertido en esto.

Es maravilloso.

Inspiro con ganas el aire que me corta los pulmones y que me recuerda la humanidad que todavía conservo antes de volver a entrar en la cabaña.

Ni rastro de Vàlerie.

Junto al lecho donde he dormido veo ropa limpia, doblada sobre una banqueta. Dejo caer la piel sobre la cama y me la pongo despacio. Huele bien. Me acerco al espejo colgado sobre las láminas de roble. Ni una cicatriz. Ni una herida. De nuevo otra ventaja de ser lo que soy. Me paso la mano por la cara. Tendré que afeitarme.

Salgo de la habitación y paso por delante de Fénix, que se encuentra de pie junto al umbral de la puerta, de guardia, imponente, impasible. El iris claro de sus ojos mira al vacío. Después de tantos años, todavía me impresiona su presencia…, su piel blanca…, su olor a muerte…, siempre dispuesto…, siempre feroz.

En la chimenea, los troncos crepitan mientras se consumen iluminando tenuemente el salón. Las ventanas están cerradas. Lena está acurrucada en el suelo, apoyada en uno de los grandes sillones junto al fuego, y me habla sin dirigirme la mirada, adivinando que estoy aquí:

– Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos, Misha.

Su voz suena sensual, provocativa, encendiendo mis deseos más básicos, como siempre. No llego a acostumbrarme.

Intento ignorar las imágenes que excitan mi mente.

– Supongo que tengo que darte las gracias por sacarme de allí.

– Supones bien. Si no llego a entrar a por ti, ahora mismo serías un trozo de mojama colgando en una cabaña abandonada. No deberías jugar a polis y cacos sin contar con nosotros, no es justo que nos prives de la diversión.

Hace un gesto con la mano señalando a Fénix y esboza una sonrisa perfecta, diseñada para conquistar.

– Hasta tu marioneta esa de la puerta estaba preocupada.

– ¿Qué hay del chico? – le pregunto.

– Estaba allí pero ya no había nada que hacer. Le habían dado una buena paliza y no le quedaba una gota de sangre en el cuerpo. Los del poblado volvieron después a por él y lo trajeron de vuelta. Por lo menos podrá descansar con los suyos.

– Menuda ayuda hemos resultado ser… Además de no haber evitado ninguna muerte, casi me matan a mí también.

– No te martirices, Misha. Únicamente debes recordar que somos un equipo y que el llanero solitario no puede con todos los malos sin ayuda. Aunque lo parezca, no eres superman.

Me toco el cuello al recordar lo cerca que he estado de perderlo y le contesto:

– Lo sé, Lena, ya lo creo…

– Por cierto, héroe, supongo que quienes te hicieron eso no serían solo los tres que seguíamos. ¿Me vas a decir cuántos eran?

Tardo un poco en responder. Necesito revivir la experiencia en mi mente, contar cada uno de los bichos que recuerdo:

– Demasiados… Unos diez… Los suficientes para acabar conmigo en un suspiro… Y eso es algo que no entiendo. ¿Por qué me dejaron allí colgado? ¿Por qué no me liquidaron enseguida cuando lo tenían tan fácil? No sé, no tiene sentido. Algo se me escapa…

– Tal vez querían que la cosa fuese lenta, Misha, disfrutar del momento, ya sabes. Probablemente quisieran pillarte pero, por otra parte, puede que ni siquiera supieran quién eres. ¿Has pensado que pudieron tomarte por un humano curioso que estaba en el sitio erróneo en el momento equivocado? Al fin y al cabo,  mi gente y los bichos han estado enfrentados desde hace siglos. Maguyuk no es el primero que desaparece. Recuerda cómo nos conocimos… Y recuerda por qué estamos aquí.

– Puede ser – comento sin ninguna convicción-, pero sigo pensando que no tiene sentido…

Me froto la nuca, acompañando cada una de mis palabras con la duda escéptica que no deja de dar vueltas en mi cabeza.

– Bueno, en realidad nada de esto lo tiene ¿no crees? – contesta ella mientras se toca las piernas perfectas, haciendo que mi mente humana la imagine ofreciéndome más.

Este no es un buen momento para sus juegos. Creo que muchas veces ni siquiera es consciente de lo que provoca en mí…

Quizás todo es fruto de mi mente…

No…

Si no supiera de lo que son capaces los kurtadam, pensaría que estoy loco, pero ya la he visto…, los he visto en acción. Sé lo que pueden hacer. No estoy tan chiflado.

– Parece que hemos venido hasta aquí para nada – le digo mientras me apoyo sobre el respaldo de una de las sillas con las manos y cojo aire para continuar -. Lamento lo del chaval. Nadie debería acabar así, ni siquiera…

Dudo un poco antes de continuar y ella me interrumpe airadamente, sin dejarme terminar, sorprendiéndome con su reacción, clavándome una mirada acusadora:

– ¿Ni siquiera uno de nosotros? ¿Eso ibas a decir? ¿Es que ahora piensas que estás por encima de los demás?

Está muy nerviosa, de modo que intento explicarme manteniendo la calma.

– No, no era eso, Lena – respondo suspirando -. Jamás se me ocurriría despreciar a los tuyos. Me conoces. Sabes que no lo haría. Sólo pretendía decir que ni siquiera vosotros, que os preparáis para la muerte desde que nacéis, deberíais pasar por algo parecido. Ha sido horrible. El chico era una criatura. No debía terminar de esa manera. Lamento no haber podido hacer nada por él. Eso es lo peor de todo, no haber sido capaz de ayudarle. Me siento totalmente inútil, ¿entiendes? Si hubiese aparecido antes, quizás habría podido hacer alguna cosa para salvarlo… Pero no lo hice, y eso me está matando. Estaba allí, a mi lado, y no pude hacer nada…

Ella escucha el tono roto de mis palabras y gira la cabeza. Sabe que me ha malinterpretado y que mi dolor es real, pero es orgullosa. No va a admitir que se ha equivocado, así que sigue hablándome con un tono seco y duro:

– Es una forma como otra de terminar. Nosotros no tenemos ese miedo a morir que tienen los humanos. La muerte es la fase última de la vida. Cuando llegas a aceptar que forma parte de ti, todo lo demás cobra mayor sentido. Se disfruta de cada segundo como lo que es, un regalo con fecha de caducidad.

– Sólo quiero que entiendas que no era mi intención…

– Lo entiendo…No importa.

– Por favor… – insisto.

Y me interrumpe de nuevo con un grito de enfado, volviéndose del todo hacia el fuego de la chimenea:

– ¡He dicho que no importa, ¿vale? Déjalo estar!

Está dolida, aunque tengo la impresión de que el enfado es más consigo misma que conmigo. Sea como sea, lo cierto es que nunca antes había tenido una reacción tan vulnerable. Jamás dejará de sorprenderme.

– Alguien debería vigilar el lugar por si decidieran volver – me limito a comentar, intentando sonar tranquilo y que ella lo interprete como una oportunidad para zanjar el tema.

– Un grupo ha estado haciendo guardia desde que te traje pero esos bastardos no han vuelto por allí. Ni rastro de ellos. Es como si hubieran desaparecido en el hielo – contesta en voz baja.

– ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? – aprovecho para preguntar -. Tengo la sensación de que ha sido mucho. No me duele nada y no tengo ni un rasguño en el cuerpo.

Estiro los brazos, desperezándome, y ella se gira hacia mí, haciendo que el camisón se le pegue aún más al cuerpo.

Mi deseo crece.

– Llevas así tres días. Para alguien que se recupera de las heridas tan rápido como tú, eso es bastante tiempo, pero es que estabas muy mal cuando te traje, ¿sabes? Hasta yo me asusté un poco. Casi no lo cuentas esta vez. Apenas te quedaba sangre en el cuerpo. No me extraña que tu chica se haya cabreado tanto contigo. Has estado a punto de dejarnos de verdad.

Me regaña, pero en su tono de voz adivino que en el fondo le divierte que Vàlerie y yo tengamos problemas. Disfruta con la situación que he provocado. Ahora sí vuelve a ser ella y, aunque pueda parecer paradójico, la prefiero así.

Me siento junto a la mesa de roble, acercando la silla sobre la que he estado descansando. Apoyo los codos y me acaricio el pelo hacia atrás con las manos.

– ¿Dónde está? – le pregunto.

Lena se levanta y viene hacia mí contoneándose, provocándome como solo ella sabe. Al llegar a mi altura, se inclina sobre la mesa para mirarme a los ojos y abre sus labios perfectos para soltarme una dulce bofetada:

– Ya deberías saber que no soy su niñera, Misha.

Por una milésima de segundo me fijo en sus senos, que aparecen apetitosos a través de su escote, y ella se da cuenta.

– Podrían ser tuyos si los quisieras – me dice en un susurro embriagador, como una sirena atrayendo a un marinero a su perdición. Algo en su voz me invita a tomarla pero me contengo. Sé que todo es una mentira, una hermosa y peligrosa mentira.

– Escucha Lena, ya hemos hablado de esto muchas veces. Te quiero mucho pero sabes que no puede ser.

Su risa rompe bruscamente el momento, bufándome al oído, como una gata. De hecho, siempre me ha parecido más felina que otra cosa.

– Ya lo sé, tonto – me dice con tono irónico mientras se incorpora hacia atrás -. Además, no me durarías ni dos segundos. Te comería vivo.

A veces me planteo cómo reaccionaría si no estuviese seguro de que bromea. Mientras estoy ocupado con este pensamiento, se incorpora y pone los brazos en jarra, ladeándose, marcando sus voluptuosas caderas y señalándome hacia la puerta.

– Tu chica salió hace un rato y no parecía muy contenta. Por el ruido, juraría que cogió una de las motos. Puede que se haya hartado de ti y tenga ganas de volver a casa.

Desde luego, no hay duda de que vuelve a ser ella. Le encanta ser mala.

Me dirijo a la parte de delante dispuesto a seguir el rastro de Vàlerie. No debería resultar difícil para alguien como yo.

Antes de salir, lo intento otra vez:

– ¿Lena?

– ¿Misha?

– Respecto a lo de Maguyuk…

– ¡Te he dicho que lo dejes, olvídalo!

Tanto dolor me sorprende. Me asusta. Me acerca a ella.

– Solo dile al jefe que lo intenté, ¿vale? De verdad que lo hice.

– Se lo diré.

– Una cosa más…

– Tú dirás.

– Sabes que puedes contar conmigo. Si necesitas…, no sé…, hablar…

De nuevo se ríe, pero esta vez la carcajada es forzada.

– ¿Crees que necesito contarle mis penas a alguien, Misha? Me parece que no me conoces tan bien como crees.

Claro que la conozco. Más de lo que piensa. Por muy dura que se haga, sé que el corazoncito de la niña que me conquistó sigue estando ahí.

La miro fijamente y ella hace lo mismo conmigo. Reconozco en sus preciosos ojos el miedo que ha pasado por mi causa. Jamás lo admitiría pero sé que es así. Finalmente, me atrevo a decirle lo que no quiere oír:

– Gracias.

Ella se siente incómoda ante el gesto y me responde apartando la cara de nuevo:

– Sí…, bueno…, de nada. Será mejor que te vayas ya, Romeo, o tu Julieta se perderá en el bosque.

Podría intentar hablar con ella pero no sé qué decir. No hay nada que no haya dicho ya. Además, creo que no solucionaría mucho, de modo que me callo y decido dejar la oscuridad del salón que oculta sus lágrimas.

Dos de dos: dos personas a las que quiero y dos personas a las que he hecho daño. Supongo que aún estoy a tiempo de arreglarlo al menos con una de ellas.

Giro la llave de la puerta maciza y salgo a la luz fría del exterior. Efectivamente, falta una moto. Me monto en la que queda y le doy  al contacto.

Mientras bajo por el camino que lleva a la carretera, de vez en cuando cierro los ojos y los mantengo así. No me hace falta ver nada. Puedo sentirlo todo. Acelero. Cada vez más rápido. El aire me golpea en la cara. El frío entra por todos los poros de mi cuerpo, tensando mis músculos. Adoro esta sensación: el riesgo, la adrenalina mezclándose con la toxina. Es como una droga. Mi lado oscuro toma el control.

Derrapo en cada curva. Freno. Bloqueo. Acelero. Subo de marcha. Rápido. Más y más rápido, haciendo saltar las piedras del camino bajo las ruedas. Las rocas heladas ponen el límite, cada vez más estrecho.

Disfruto.

Me siento más vivo.

Qué ironía.

(Luis García del Real)

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